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Editorial

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7 de diciembre de 2012

COTO AL SECUESTRO

El asesinato en Ponce del joven Juan Carlos Ruiz Vega, de 18 años, dramatiza el horroroso nivel al que ha llegado la lucha por el control de los puntos de drogas y debe obligarnos a ponderar si el País está dispuesto a permitir que los criminales manden en él mientras los ciudadanos respetuosos de la ley tienen que encerrarse para proteger sus vidas.

Aceptar como normal este secuestro de comunidades sería ofrecer un salvoconducto al crimen organizado para que sus macabros designios suplanten la ley y se expanda su terror. Una y otra vez hemos planteado en este espacio que la lucha contra la alta incidencia criminal y el narcotráfico tiene que librarse desde la raíz, que es la educación que reciben nuestros niños tanto en la escuela como en el hogar. También debe combatirse desde la perspectiva de creación de empleos y de priorizar las condiciones sociales dignas, sobre todo para nuestros jóvenes.

Seguimos patrocinando dicha filosofía, a pesar del embate del crimen y de casos como el de Juan Carlos, sepultado el miércoles, y el del publicista José Enrique Gómez Saladín, también asesinado el pasado fin de semana.

Pero, que nadie confunda nuestro mensaje dirigido a las soluciones sociales y educativas y piense que no abogamos por un castigo justo y ejemplar para los asesinos que se apoderan de las calles disparando, repetida y viciosamente, contra inocentes que transitan por el lugar, sin percatarse de que hay bandos en guerra, como le ocurrió a Juan Carlos.

Es inaceptable para el País que la Policía, conociendo que allí operaba un punto de drogas en disputa entre bandas, haya permitido que un grupo de sicarios del narcotráfico decidiera convertir una calle pública de un vecindario decente de Ponce en zona de guerra, por la que transitar sin permiso de los delincuentes podía costarle la vida a un inocente.

Según testimonios de residentes de la zona, los delincuentes exigían a cualquiera que quisiera transitar por esa calle que se identificara previamente y obtuviera salvoconducto, a riesgo de ser impedido de transitar o incluso ser tiroteado.

Respaldamos el llamado de la familia de Juan Carlos a que los ciudadanos retomen el control de las vías públicas y saquen de ellas a los criminales, pero también hacemos una exhortación a la sensatez, a no apresurarse con acciones que pueden poner más vidas en peligro.

Por eso, nos complace que se haya decidido cambiar de lugar una vigilia por la paz, cuyos organizadores se proponían realizar justo en el lugar de la calle Méndez Vigo donde fue acribillado Juan Carlos, en un ataque en el que también resultó herido un amigo de 16 años.

Lo importante es que se realice la vigilia, que se congregará ahora en el Panteón Nacional Román Baldorioty de Castro, a varias cuadras de distancia del lugar del crimen.

Es cierto que la mayor parte de los asesinatos ocurridos en Puerto Rico desde la última década del siglo pasado, han sido atribuidos al narcotráfico, pero no podemos permitir que nos convenzan de que, como han dicho funcionarios en distintas épocas, lo que ocurre es que los delincuentes se matan entre sí.

Un gran número de víctimas fatales puede estar en esa categoría, pero hay también muchos ciudadanos inocentes en las estadísticas del crimen, seres humanos como Juan Carlos Ruiz Vega, una vida prometedora tronchada cuando apenas florecía su juventud. Ésa es la estadística que debemos vencer.

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