|
Editorial de El Nuevo Día |
La cirugía de reconstrucción de rostro a que un equipo de médicos y otros profesionales boricuas de la salud sometieron en el Hospital Pediátrico al niño haitiano Gerilon Mondesir, de 13 años, representa no sólo la gesta médica que transforma una vida, sino un triunfo grande de solidaridad y una puerta mayor que se abre a la esperanza.
En tiempos en que la violencia y la insensibilidad hacen que esa esperanza sea casi un esfuerzo cotidiano, el drama humano que protagoniza en nuestro suelo Gerilon nos sirve de espejo para revelar la esencia compasiva y solidaria del ser humano, en general, y de los puertorriqueños en particular.
Bastó como chispa su intuición de madre y su sentido de urgencia por asegurar el futuro de su hijo, para que Filiese Mondesir desatara la energía solidaria contenida en decenas de vidas allá y en Puerto Rico.
Sólo tenían que juntarse la sensibilidad y el sentido de deber de la enfermera Marie José Paul que la movió a un grupo de médicos boricuas en busca de ayuda para Gerilon, con el compromiso de los médicos de la Fundación Haití se Pone de Pie y el entusiasmo por ayudar de toda la cadena humana que hizo posible el traslado del niño, su madre y la enfermera Paul a Puerto Rico.
Esta cadena solidaria dispuesta a transformar el rostro de Gerilon dio un paso al frente, a su vez, para adelantar la transformación que también Puerto Rico necesita.
Y es que Gerilon nos ha permitido por el momento desperezarnos del letargo que nos mantiene ensimismados en nuestros propios problemas para mirar al lado y reconocer la necesidad que el otro tiene de cada uno de nosotros.
Gerilon representa, por ejemplo, la angustia y la pobreza extrema en que permanece Haití más de dos años después del fatídico terremoto que incrementó los estragos de un país azotado por años de miseria, abusos y olvido.
A través de Gerilon hemos conocido la cruda vivencia del niño carente de juguetes y cargado de trabajo, que ayuda a llevar sustento a su familia.
Pero hemos conocido también que Gerilon, que llegó a Borinquen con el rostro deformado por un tumor benigno aunque agresivo, mantiene una extraordinaria capacidad de sonreír ante todo.
Y lo mismo que esa sonrisa ha contagiado a personal del Hospital Pediátrico y al grupo de galenos voluntarios, ese mismo equipo ha puesto a sonreír a un país que lo necesitaba mucho.
Gracias a Gerilon refrescamos la conciencia sobre los grandes valores que tiene Puerto Rico y que con cada gesto construyen un país más solidario.
Hemos conocido orgullosos y agradecidos a los doctores Carlos Mellado, Ricardo Jiménez Lee, Pablo Mojica, Francisco Bermúdez y a la enfermera Paul, a las doctoras, Alicia Fernández Sein, Mirna Quiñones, Biaggi de Casenave y Lilliana Morales.
Y hemos conocido también el rostro solidario de la comunidad haitiana radicada en Puerto Rico, convocada por Edelle Colastin.
Con la historia de Gerilon se reescribe también la historia de nuestro Puerto Rico como la historia de un país con esperanza, de gente capaz de reconocerse en el otro y de extenderle su mano, sea que se encuentra al lado o en el cercano Haití que aún necesita muchas manos para ser levantado.