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Editorial de El Nuevo Día |
De nada serviría una marcha multitudinaria que concluya en un retorno a nuestros respectivos hogares para continuar con nuestras vidas privadas al margen de las urgencias del colectivo. Esta marcha debe prolongarse hacia rutas de compromiso capaces de sistematizar un proyecto colectivo que adelante la paz.
Creemos que este gesto tiene, igualmente, el potencial para ser la fuerza motora que nos permita abandonar la vereda de las soluciones superficiales y, en su lugar, ir a la raíz de los males para atajarlos, para combatirlos con todas nuestras fuerzas y encaminar la sociedad de paz que anhelamos.
No podemos concentrarnos únicamente en los criminales y en las víctimas, sin pensar al mismo tiempo en el tipo de sociedad que genera este panorama desgarrador. Es el enfoque causal fundamental que falta en el discurso y en la práctica.
Los criminales no deben gozar de impunidad. Hay que hacer todo el esfuerzo para esclarecer sin dilación todo tipo de delito. Pero hay que recordar que el criminal es apenas un síntoma de un mal más profundo.
El hogar, por ejemplo, es el espacio privilegiado para degustar los valores de la igualdad, de la justicia, de la belleza, de la solidaridad, de la paz, del diálogo que necesitamos para llegar a ser hombres y mujeres de bien.
¿En manos de quién estamos dejando la educación en valores de nuestros hijos e hijas? ¿De una computadora, del azar, de la nada misma?
Lamentablemente, se nos ha olvidado que la ética no se desarrolla sola, hay que educarla. Por otro lado, sabemos del estado de resquebrajamiento del sistema familiar, por tanto, urge el apoyo de instituciones cívicas y educativas independientes y de vanguardia empeñadas en una educación en valores, lejos de la intromisión politiquera que tiende a neutralizarlo todo.
El perfil mismo de la mayor parte de los criminales nos brinda de inmediato otra causa determinante: la mayor parte de los presos son desertores escolares, es decir, cientos de niños y jóvenes que la escuela no pudo o no supo retener a pesar de gozar de un presupuesto millonario.
Extrañamente, ese mismo sistema educativo, no tiene estadísticas confiables para determinar el grado de deserción escolar, lo que les permitiría evaluar periódicamente si sus programas cumplen o no con sus objetivos.
Las cárceles vienen a darnos, trágicamente, la estadística que ellos no proveen. ¿Hasta cuándo vamos a seguir tapando el cielo con la mano y no ver que el estado de violencia criminal que nos arropa está íntimamente ligado a la ineficacia de nuestro sistema educativo?
Otra causa fundamental que atañe directamente a nuestro Gobierno es la falta de una cultura del trabajo y de trabajo mismo. La dependencia crónica que vivimos y la ausencia de trabajo son males que se traducen tarde o temprano en formas enfermizas y patológicas de relación y de convivencia.
No vamos a desarrollar un elenco de causas que sólo podremos descubrir entre todos, pero sí dejamos apuntado que únicamente desde un proyecto de País nacido de un abordaje causal podremos detener el derramamiento de sangre y aspirar a la vida.
La marcha puede transformarse en buena nueva dentro de ese camino.