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Editorial

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23 de noviembre de 2013

OBAMA, EXCARCELE YA A OSCAR LÓPEZ

El presidente Barack Obama, compelido solamente por principios de democracia, de justicia y de respeto a los derechos humanos, debe emitir el indulto para la excarcelación inmediata del prisionero político puertorriqueño Oscar López Rivera.

Es una decisión que el mandatario debe tomar ya, porque cada minuto de prolongación de ese injusto encierro constituye, por parte del Gobierno de Estados Unidos, una afrenta al decoro y un desprecio a la dignidad. Esta causa trasciende las barreras sociales, políticas, religiosas, comunitarias y hasta internacionales.

De hecho, la marcha que se organiza para hoy partiendo desde el Tribunal federal en Hato Rey, en reclamo de la excarcelación de López Rivera, el prisionero político de más antigüedad en cárceles estadounidenses, es la suma de todos los esfuerzos realizados, por encima de ideologías y colores, para lograr que vuelva a Puerto Rico, que vuelva a casa. Esa caminata solidaria, convocada por el Comité 32 x Oscar y el Comité Pro Derechos Humanos de Puerto Rico, culminará en el estadio Hiram Bithorn, donde se celebrará la “excarcelación” simbólica, con la participación de varios artistas.

Detenido el 29 de mayo de 1981, y acusado por el cargo de “conspiración sediciosa” debido a su actividad clandestina en favor de la independencia de Puerto Rico, a Oscar López Rivera no se le atribuyó ningún hecho de sangre, asesinato o daño corporal a persona alguna. No obstante, fue condenado a 55 años de cárcel, pena que comenzó a cumplir en la prisión de Leavenworth, Kansas. Años más tarde, acusado de participar en un supuesto intento de fuga, el puertorriqueño fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad de Marion, Illinois, recibiendo además quince años adicionales de prisión -para un total de setenta- de los cuales ha cumplido casi 33. En Marion pasó largos períodos incomunicado, en régimen de privación sensorial o “solitaria”, apartado de todo contacto humano, excepto por los guardias penales.

En 1999, cuando el presidente Bill Clinton concedió clemencia a varios prisioneros puertorriqueños -que en el caso de Oscar no equivalía a la excarcelación inmediata, sino a una reducción de condena-, el prisionero declinó aceptarla debido a que otros compañeros suyos quedaban excluidos del acuerdo. Su fortaleza espiritual, su carácter disciplinado y su talento para las artes plásticas y la enseñanza, le han permitido manejarse con una conducta ejemplar en la cárcel de Terre Haute, Indiana, donde se encuentra.

Nacido hace casi 71 años en el pueblo de San Sebastián, Oscar fue llevado por su familia a Chicago cuando era adolescente. En aquella ciudad estudió y vivió, y empezó a ejercer un liderazgo comunitario que reivindica hasta el día de hoy. En los años sesenta, fue llamado a servir en la guerra de Viet-Nam, por cuyo desempeño fue condecorado. Su condena dispone que deberá estar preso hasta junio de 2023, lo que significa que saldría con más de 80 años.

La marcha por su excarcelación apela a la fibra humanitaria de los puertorriqueños, pero también a la del pueblo estadounidense, que, en otras épocas e instancias, ha mostrado su sentir humanitario contra las injusticias y contra el encarcelamiento exagerado por cuestiones de conciencia, como fue el caso de Nelson Mandela.

Los esfuerzos para excarcelar a Oscar López han sido asumidos por encima de ideologías o símbolos de estatus. Este puertorriqueño, que llega a la ancianidad del mismo modo en que ha pasado casi toda su juventud, recluido en una celda, debe volver cuanto antes al seno de su familia y de su tierra.

El presidente Obama debe crecerse, excarcelando a Oscar.

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