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Editorial de El Nuevo Día |
El reclamo que surge de todos los sectores del País en demanda de una campaña política de factura ética y de debate de altura, ha pasado de una petición rutinaria a una contundente exigencia colectiva de parte de un electorado que se siente rehén de un debate vergonzoso e insustancial.
Este sentir ciudadano se convierte en un tajante emplazamiento: el liderato político y sus partidos tienen que desistir de una campaña electoral alimentada en la falta de propuestas y en el insulto. Una campaña que inflige doble daño a un pueblo que vive en constante zozobra por el estado de intolerancia y de violencia física y verbal que hasta vidas nos cuesta cada día.
Esto va al liderato de todas las facciones partidistas, aunque principalmente a las mayoritarias de los partidos Nuevo Progresista (PNP) y Popular Democrático (PPD).
Un pueblo que vive en el actual estado de inseguridad lo menos que necesita es que sus líderes políticos -y aspirantes a serlo- y los funcionarios de Gobierno se inserten en ese mundo de violencia, de odio y de bajas pasiones políticas, con un discurso a través del cual lo que buscan hallar es, no la solución a los graves problemas de la sociedad, sino el deshonor de sus adversarios.
Desde esa perspectiva, vale anotar que el registro electoral ha venido dando cuenta durante las pasadas tres elecciones generales de una tendencia hacia la merma en la participación ciudadana en el ejercicio del voto, indudablemente como resultado de la apatía del pueblo por unas campañas electorales basadas en los personalismos y el insulto, no sólo contra los protagonistas de las contiendas sino también contra sus familiares.
Mientras la tasa de participación en la contienda de 2000 ascendió a 82.38%, en 2004 descendió a 81.7% y la más reciente de 2008 bajó a 79.05%, eso a pesar de las intensas campañas de invitación al voto auspiciadas por la Comisión Estatal de Elecciones.
Es fácil colegir que la frivolidad y la bajeza del debate público -que ha evidenciado una bochornosa escalada durante ese periodo- es la razón de esa peligrosa tendencia. Un giro hacia la discusión de los asuntos que importan a través de un creativo choque de ideas y de alternativas de opciones entre los candidatos a cargos públicos, de la gobernación hasta las legislaturas municipales, podría detener ese creciente enojo del País con las urnas electorales. Ese giro debe darse con ejemplos de tolerancia y transparencia en lo público y lo privado.
Elaborar una lista con los repugnantes ejemplos de discursos de barricada y de insultos a adversarios -de uno y otro lado del espectro político que nos agobia- parecería un ejercicio en futilidad.
Lo que demandan estos días de ansiedad y perturbación mental del pueblo es un compromiso firme de todos los actores de nuestro drama político de cambiar la ruta por la que andan extraviándose las propuestas -creíbles y coherentes- que el electorado deberá aquilatar, para emitir un voto informado el 6 de noviembre próximo.
Concluya la trivialidad y el tribalismo en el debate político. Comience el desfile de las ideas.
No puede continuar la campaña electoral basándose en el frío cálculo de adquirir o mantener poder público sobre los escombros de reputaciones arruinadas.
