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Editorial de El Nuevo Día |
Obligado por su realidad energética y ambiental, así como por su necesidad de servicios públicos más eficientes, Puerto Rico tiene la urgencia de adelantar en la implantación de un sistema de transporte colectivo integrado y ágil que responda a los reclamos de nuestra gente en pueblos y ciudades.
Para dar un amplio primer paso en ese sentido, el Gobierno tiene la oportunidad perfecta en el pésimo servicio que la Autoridad Metropolitana de Autobuses ofrece hoy a sus miles de clientes que, por inaudito que resulte, están obligados a esperar más de una hora y media en promedio para que llegue a su parada la guagua que les trasladará de un lugar a otro en la zona metro.
Nada justifica tal absurdo en una zona geográfica relativamente pequeña, si se le compara a grandes ciudades del mundo que cuentan con servicios de transporte urbano modernos y confiables.
Como la persona que, para correr, antes ha de aprender a pararse y caminar, tiene el Gobierno que demostrar que es capaz de superar con soluciones innovadoras y efectivas las graves deficiencias del servicio a escala metropolitana, si es que pretende inspirar confianza en los potenciales usuarios de un sistema de transporte más abarcador. Mientras la ciudadanía perciba que no puede contar con un servicio de transporte eficiente y confiable, cualquier inversión en un sistema más ambicioso será un derroche.
Mas los vientos recientes que vienen soplando anticipan el mismo modo de operación anacrónico y obsoleto que mantiene al País en la frontera del subdesarrollo.
El anuncio de que el Gobierno abandonó sus planes de expandir el Tren Urbano y el sistema integrado desde San Juan hasta las ciudades vecinas de Caguas y Carolina, demuestra que se desiste de la planificación centrada en las necesidades de la ciudadanía. Es una mala decisión del Estado, la cual condenamos más allá de la guerra de culpas que se ha desatado desde ayer entre administraciones sobre el origen de la cancelación de esas extensiones ferroviarias.
Es como si mientras el mundo entero se mueve hacia soluciones novedosas y sustentables, los ciudadanos en Puerto Rico fueran empujados a aferrarse a un vehículo ineficiente, desarticulado y arcaico.
Necesitamos dar un frenazo y ello requiere valor y firmeza. Debe tomar el volante la voluntad de crear un sistema de avanzada a todos los niveles. Y esto debe formularse al margen de consideraciones ajenas al ofrecimiento de un servicio de primera calidad y con un plan de desarrollo socioeconómico responsable con el ambiente.
A salvo del frenético paradigma de inmediatez que imponen los afanes electoreros, ese sistema deberá responder a un plan estratégico a largo plazo. Debe ser un sistema con altos estándares de eficiencia que responda a las necesidades de hoy y a las exigencias del Puerto Rico que podemos llegar a construir si hacemos las cosas de un modo distinto.
Ese plan tiene que incluir el diseño de rutas amplias e interconectadas por zonas de comercios, centros laborales, parques y residencias, pensadas para las personas y no para los vehículos. También tiene que incluir flotas y personal de alta calidad que aseguren la consistencia del servicio y mantengan los vehículos en las mejores condiciones. Y debe incluir ese plan, el uso de vehículos eléctricos o que operen con fuentes renovables de energía que reduzcan las emisiones tóxicas al ambiente.
Sobran en el País las ideas y mentes dispuestas a pensar en conjunto los mejores modelos para tal sistema. Debe primar la voluntad para encaminarlas.
