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20 de enero de 2013
Puerto Rico Hoy
 

El día que nacen los presidentes

En 1933, se determinó que la juramentación del mandatario de Estados Unidos sea el 20 o el 21 de enero

 

Por Jorge L. Pérez / jorge.perez@gfrmedia.com

Mañana, por segunda vez en su vida, Barack Obama levantará la mano derecha y, repitiendo las palabras que le dicte el juez presidente del Tribunal Supremo, dirá:

“Juro solemnemente que ejerceré con fidelidad el cargo de presidente de Estados Unidos y hasta el límite de mi capacidad preservaré, protegeré y defenderé la Constitución de Estados Unidos”.

Desde ese momento en adelante, comenzará formalmente su segundo término de cuatro años como presidente al haber “tomado posesión”.

Parece algo sencillo pero, naturalmente, es mucho más complejo –y tiene un historial más enrevesado– de lo que podría creerse a primera vista.

Para empezar, la vigésima enmienda a la Constitución de Estados Unidos –aprobada en febrero de 1933– estableció que tanto el presidente como el vicepresidente cesen en sus cargos al mediodía del 20 de enero siguiente a las elecciones generales.

Y también estipula que ellos mismos o sus sucesores juren entonces para asumir el mandato durante los próximos cuatro años.

En caso de que ese día cayera en domingo –como ocurre en esta ocasión–, de todos modos la juramentación oficial se llevará a cabo el 20 de enero en una ceremonia privada, aunque luego se repita el día 21 en la ceremonia pública.

El primer presidente electo en juramentar bajo estos términos lo fue Franklin Delano Roosevelt el 20 de enero de 1937, y se ha seguido al pie de la letra con la excepción de los presidentes que han tenido que juramentar al cargo en medio de un cuatrienio, ya sea por haber muerto el presidente (como ocurrió con Roosevelt o John F. Kennedy, por ejemplo) o, en el caso de Gerald Ford, por la renuncia de Richard M. Nixon.

Antes de la enmienda, y desde la presidencia de George Washington, la fecha clave era el 4 de marzo, seleccionada por haber sido esa la fecha de 1778 en que entró en vigor la Constitución de Estados Unidos.

¿Por qué el cambio de fecha?

Pues, porque ya para los primeros años del siglo XX los legisladores norteamericanos empezaron a darse cuenta de que, celebrándose las elecciones en la primera semana de noviembre, dejar correr cuatro meses con un gobierno que está apagando los motores –lo que los norteamericanos llaman lame duck– era demasiado arriesgado en una época moderna en la que los sucesos corren mucho más rápido.

DRAMATISMO ESPECIAL

Ha habido inauguraciones presidenciales que han tenido un dramatismo especial, más allá del mero acto protocolario.

Una de ellas fue la juramentación del vicepresidente Lyndon B. Johnson a bordo del avión presidencial Air Force One, en Dallas, justo antes de partir de regreso a Washington poco después del asesinato de John F. Kennedy. Fue una ceremonia precipitada y producida bajo intensas medidas de seguridad para evitar que el país se quedara mucho tiempo sin un mandatario reglamentario, cuando aún se desconocía si el asesinato formaba parte de una conspiración para derrocar el gobierno.

Y otra fue precisamente la primera juramentación de Obama, el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, celebrada el 20 de enero de 2009. Fue presenciada por más de un millón de personas en un ambiente de celebración masiva, y, mundialmente, por lo que se considera una de las teleaudiencias más grandes de la historia.

Es probable que ninguna, sin embargo, supere en dramatismo a la ceremonia inaugural del 20 de enero de 1981, cuando Ronald Reagan, a la edad de 69 años, se convirtió en el presidente más viejo en una toma de posesión.

En noviembre, Reagan había derrotado en las elecciones a Jimmy Carter, cuya presidencia en gran medida se había visto debilitada por acusaciones de incompetencia y de ser demasiado blanda en política exterior, mayormente debido a la crisis de los rehenes en Irán. En esta, más de 50 ciudadanos americanos habían sido retenidos desde hacía más de un año en ese país luego que una turba de estudiantes irrumpió en la embajada norteamericana.

Bajo Carter, nada funcionó en los intentos de liberarlos, pero Reagan apenas estaba terminando de pronunciar su discurso inaugural cuando surgió la noticia de que las autoridades iraníes habían soltado a los rehenes y que estos habían abordado los aviones que los traían de regreso a Occidente.

“Gracias al Señor Todopoderoso me han dado la gran oración final con la que todo el mundo desea terminar un brindis, un discurso o cualquier otra cosa”, diría Reagan poco después. “Hace unos 30 minutos, los aviones que portan nuestros prisioneros salieron del espacio aéreo iraní y ya están fuera de Irán”.

Algunos historiadores le atribuyeron la decisión del gobierno del ayatolá Khomeini al temor de que Reagan sí estuviera dispuesto al ataque armado que había prometido durante su campaña presidencial, pero otros han explicado que el gobierno de Carter llevaba meses negociando con los iraníes y que su mala suerte había sido no haber llegado a un acuerdo final –que incluía el descongelamiento de los fondos iraníes en el extranjero– antes de las elecciones.

De cualquier manera, todo el crédito se lo llevó Reagan, el otrora actor hollywoodense, quien no pudo haber hallado así un mejor happy ending para su primer día como presidente de Estados Unidos.

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