Top de la pagina

Entretenimiento

Cultura
14 de febrero de 2012
 

El fantasma del ballet

Resurge el tema de la anorexia en el mundo de la danza

 
 (Thinkstock)

Por Ana Teresa Toro / ana.toro@elnuevodia.com

La reciente noticia del despido de la primera bailarina Maria Francesca Garritano de la conocida compañía italiana el Ballet Teatro de La Scala, debido a las denuncias públicas que hiciera acerca de cómo la anorexia no solo abunda entre los compañeros bailarines, sino que es fomentada por los directivos de la compañía, ha abierto nuevamente la discusión en torno al mundo de la danza y la salud.

Durante años los desórdenes alimenticios han sido los fantasmas que han convivido con las sílfides y demás seres míticos que pueblan las historias del ballet clásico. No han sido pocas las campañas de orientación, tampoco han sido pocas las bailarinas que han fallecido a causa de ese afán desmedido por buscar la perfección dentro de la rígida estética del ballet clásico. La anorexia, la bulimia y el uso de laxantes han sido por décadas los grandes fantasmas que han ensombrecido mundos ya no solo como el de la danza, sino el del modelaje o incluso el mundo profesional de la equitación. Evidentemente, el problema persiste. A raíz de esta noticia exploramos cómo se ha desarrollado esa problemática en el ámbito puertorriqueño de la danza. Conversamos con múltiples bailarines boricuas, algunos cuyos nombres no figurarán en la historia para proteger sus identidades, acerca de cómo han lidiado con el fantasma del ballet.

“Hubo un momento en el que se le retiraban $15 del sueldo a cada bailarín por cada libra que aumentaran”, comentó Felipe –nombre ficticio- “eso ha cambiado mucho pero fue duro porque, además, aquel sueldo era miserable”.

“Toda persona que se haya dedicado a la danza ha experimentado esas presiones”, aportó por su parte la bailarina Lolita Villanúa.

“En los años 80 eso estuvo bien de moda. Las bailarinas del New York City Ballet eran esqueletos. El ballet se fue estilizando tanto, las líneas eran cada vez más largas que llegó a niveles absurdos”, observa de otra parte el bailarín Rodney Rivera. “Eso pasa sobre todo en el ballet clásico, donde la mayoría de los personajes son espíritus, sílfides, princesas, cisnes. No son cuerpos humanos”, señala.

Cuando empezaron a morir

La puertorriqueña Elisabetta Calero vivió los tiempos más extremos. Corría la década del 70 y la joven bailarina se fue de Puerto Rico a los 14 años para estudiar y bailar en el Boston Ballet. Llegó pesando 107 libras. Medía 5”3. Uno de sus maestros se lo dijo muy claro: “nunca se puede estar demasiado delgada para ser bailarina, y menos tú que eres latina”. Entonces, las vio. Sus compañeras eran esqueléticas. “Yo las encontraba hermosas, de verdad parecían cisnes”, lo cuenta ahora esta mujer que debido a las dietas extremas y a los desórdenes alimenticios que su pasión le generó tuvo que vivir en diálisis por siete años, recibió un trasplante de riñón y llegó a tener problemas cardíacos por tener sus venas tapadas debido a su alimentación.

“Tuve siete años para reflexionar sobre cómo pasó todo eso”, revela quien por estas fechas siente un compromiso total a la hora de denunciar esta enfermedad.

Pero antes de todo eso comenzó la obsesión. “Yo pasaba el día con un guineo o un yogur, un huevo duro o un caldo de pollo. Tenías miedo hasta de tomar agua”, cuenta. Eso era todo. Así, llegó a pesar 82 libras y se mantuvo en ese peso por 30 años. Pero los extremos iban más allá. A las bailarinas se les inyectaba adrenalina, las pesaban todas las mañanas en leotardos blancos, recibían inyecciones de hormonas o de proteínas, incluso en plena función. “Sentías como una energía falsa. Creíamos que eran vitaminas, como eran doctores quienes las administraban”, dice. Incluso recuerda una ocasión en la que en medio de un ensayo se quedó en un calambre por falta de potasio. “Yo tendría como 17 años, eso era lo más doloroso del mundo”, recuerda. “En la ambulancia yo lo único que gritaba era que le dijeran a Tommy (su director entonces) que yo no podría bailar. Nadie pudo entrar en mi vestuario. Era como 18 de cintura en ese momento”, narra.

Si aumentaban una libra no perdían dinero, perdían roles. “Eso era más doloroso”, cuenta Calero, quien luego de ese susto empezó a convertirse en una experta en comida saludable. “Buscaba lo que menos me engordara pero que me alimentara. Aprendí a descalorizarlo todo”, dice convencida de que comida y placer nunca estarán para ella en la misma oración. En parte lo hacía porque atrás quedaron los platos de arroz, habichuelas y carne. “Yo veía esa comida y me daba náuseas. Mi cuerpo no la resistía”, admite. Entonces, consumía batidas de verduras que “sabían horribles” y café, mucho café.

¿Cuándo paró esta locura? “Bajó de intensidad cuando empezaron a morir una tras otra”, sentencia.

Al sol de hoy, lo del café prevalece y aunque siente que ha superado con mucho esfuerzo la enfermedad, todavía come menos de lo que cualquier persona come cotidianamente. “No me da hambre, no me da sed. Pienso en cada bocado, como pausadamente. Soy consciente, pero no como antes”, dice. “Alguien me dijo, tu amas más al baile que a Dios y eso me marcó. Si no me hubiese enfermado no habría despertado”, finaliza.

Cargando..
Primer paso:
Conectar con Facebook
Primer paso:
Conectar con Facebook
Primer paso:
Primer paso:
Primer paso: