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Estilos de vida

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24 de enero de 2013
Amor y sexualidad
 

El jaque mate del amor

Busca la forma de llegar al corazón de la persona que te interesa

 

/ Por Romeo Mareo

Su nombre (ficticio, por supuesto), es Armando, ronda los cuarenta, está divorciado y desde hace varios meses anda de lo más impresionado por Amanda, una de las secretarias de la compañía.

Amanda, de paso, está soltera y nunca ha dado muestras de asco cuando Armando le da los buenos días al llegar por la mañana, algo que, en mi caso, yo hubiese interpretado desde el primer momento como un claro indicio de que podía estar loca por mí.

Pero en el caso de Armando, tal vez la situación fuera que el había quedado fuera de forma durante la época en que estuvo casado, porque, a pesar de que resultaba claro que la muchacha le atraía, él nunca había intentado con ella un acercamiento que no fuera estrictamente necesario, por motivos de trabajo.

Es decir, preguntarle “¿está funcionado el fax, Amanda?” no es precisamente un acercamiento romántico, según mi opinión, no importa la entonación sensual que uno trate de imprimirle a la frase.

En fin, una noche reciente, cuando compartíamos en mi pub favorito, Armando me abrió su corazón y, luego de un breve lloriqueo, me suplicó que le ayudara con su dilema.

“¿Tú juegas ajedrez, Armando?”, le pregunté de inmediato al pobre amigo. Cuando me dijo que “un poco”, proseguí.

“Pues en el ajedrez, como tú sabes, todo surge después de la apertura. Tú mueves la primera ficha –por lo regular un peón- y, por la forma en que el rival responde con su siguiente jugada, él te indica indirectamente cuál debe ser tu próximo paso”.

“Lo mismo pasa en el amor”, le dije.

Le expliqué yendo más al grano.

“Supón que un día, a la hora de salida, tú te acercas a Amanda y le preguntas: ‘¿A ti te gusta la comida china?”.

Aunque ella puede responder muchas cosas, las posibilidades pueden agruparse en tres grupos: positiva, negativa y neutral.

Una respuesta positiva pudiera ser, digamos, “Mucho, ¿y a ti?”.

Si te premia con este tipo de respuesta, claro, ya tú sabes que tienes en bandeja de plata tu próxima jugada. “¿Si? Pues un día de estos, si quieres, te puedo invitar a …”.

La respuesta negativa pudiera ser, en cambio, “la verdad que no, siempre me cae mal”.

Pero aun así, un buen jugador puede insistir en atacar por otro flanco. Digamos, preguntando: “¿Y la mexicana?”.

Y si a la muchacha también resulta que le cae mal la comida mexicana, entonces por lo menos uno va dándose cuenta de algo: o la chica padece de un estómago demasiado sensible, o sencillamente es uno el que le cae mal.

¿La respuesta neutral?

“¿La comida china? Más o menos, cuando no aparece más nada…”.

Ahí tiene uno la opción de hacer otras jugadas, aunque solo sea para averiguar cómo está el tablero pero, en todo caso, uno debe tener mucho cuidado al mover sus fichas, manteniéndose en todo momento pendiente de las jugadas que ella va haciendo.

Eso sí, una respuesta neutral puede transformarse rápidamente en una jugada negativa si, ante la siguiente jugada arriesgada de uno –“acaban de abrir un restaurant chino fantástico en…”- la muchacha entonces responde: “¿Ah, sí? Pues dame el nombre… a veces mi novio y yo estamos que no sabemos adónde ir a comer”.

En ese caso, un buen jugador de ajedrez sabe que no puede ganar la partida y, por consiguiente, propone tablas.

Por salvar las apariencias, si quieres a continuación le dices el nombre del restaurante y agregas: “Te va a encantar. Allí llevé a Bodine los otros días y ella quedó fascinada con los camarones al ajillo”.

Por muy falso que sea, si la muchacha a la que estás atacando se traga el cuento de que tú eres amigo de la Miss Universe boricua, este tipo de comentario debe levantar considerablemente la opinión que ella haya tenido hasta entonces de tus atractivos físicos.

Para resumir, Armando quedó sumamente entusiasmado con nuestra conversación y, al despedirse, me hizo una mueca de optimismo, levantando el pulgar... igualito que hacen los políticos en la noche de las elecciones, cuando salen a saludar a sus seguidores y a asegurar que, a pesar de lo que diga la CEE, los números del partido les dan claramente la victoria.

No obstante, pasaron los días y Armando no volvía a pasar por el pub, así que por buen tiempo me mantuve a oscuras acerca de si había puesto en práctica mis consejos o si, habiéndolo hecho, éstos le habían rendido frutos.

Finalmente, a principios de esta semana, me topé a la entrada del pub con un compañero de trabajo suyo.

“¿Armando? Pues desde que ese loco se unió a un club de ajedrez ya no está compartiendo con ninguno de sus amigos”, me respondió cuando inquirió por él.

“De lo único que se pasa hablando en el trabajo es de alfiles y caballos y siempre anda con unos libracos encima, llenos de tácticas de ajedrez”.

Pero entonces el sujeto dijo algo que dejó entrar un potente rayo de sol en el oscuro desván de mi vida: “La única que lo aguanta es Amanda, una secretaria de la compañía. Armando me dijo que se llevó tremenda sorpresa cuando, al asistir a la primera reunión del club él se la encontró allí. Parece que fue campeona de ajedrez en la escuela superior o algo así”.

romeomareo@elnuevodia.com
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