Yamil Collazo presenta su primer unipersonal
Por Ana Teresa Toro / ana.toro@elnuevodia.com
Hay un muchacho, es adolescente. Hay un árbol de acerola que es arrastrado por la calle. Es lo único que queda del patio bayamonés que alguna grúa ha deglutido. El muchacho alcanza el árbol. Salva una raíz. Con los años, el joven -ahora hombre- convierte el árbol rescatado en un bonsái elegante que gana premios internacionales y no olvida su pasado arrastrado.
¿Por qué un adolescente arranca a correr para salvar un palo de acerolas?
Es posible que la explicación surja en alguna de las viñetas que integran la pieza “Artista del patio” que Yamil Collazo estrena este viernes en la Sala Teatro Beckett en Río Piedras. Si es teatro o es performance, no importa. Las etiquetas parecen dar alergia a artistas como él, que se dejan llevar más por las exploraciones del cuerpo propio y sus relaciones con el entorno, más allá de cualquier estructura. Aunque a su vez no las debate. “Es una pieza que quiere ser pieza pero fuera de la estructura común, con su propio lenguaje”, explica el artista que, en cuanto a las etiquetas que caen sobre él, asume esa actitud de “go with the flow”. “Es más efectivo ser simpático que ser arrogante”, admite. “¿Qué es ser un actor para mí? Es alguien que de alguna forma, desde algún lugar sutil se puede conectar con una persona o un grupo; que sabe que la verdad es cualquier cosa que puedes creerte y puedes usarla, comunicarla”, responde el hombre mientras con su mano gesticula un puño del cual acaba de convencerme de que saldrá alguna cosa extraña disparada y me atacará.
Así, en una charla cotidiana emerge el teatro, que es de pronto un gesto, una posibilidad de ficcionalizar con los cuerpos.
Profundo y el fango
De cara a la puesta en escena de este proyecto, Collazo nos recibe en su casa-taller en Río Piedras. Su perro, Profundo, levanta sus patitas peludas y autoriza la llegada de los visitantes. No sorprende que este hombre tenga un perro con ese nombre. “Se llama así porque lo soñé”, cuenta el artista egresado del recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico.
El espacio evoca todo tipo de oficio manual. Mucho barro, herramientas, pedazos de cosas rotas esperando nueva vida y un palo que cuelga del techo. Le ha llamado “El indicador” porque “siempre que alguien llega señala hacia la puerta”. De fondo, música de tríos y en el centro una plataforma de madera rodeada de ventanas desde las cuales se observa el patio de su casa, que es particular, que se moja cuando llueve como los demás, que está lleno de plantas, de bonsáis, de mucha vida verde y un poco más de fango. Ahí ensaya.
Ese espacio vivo a lo salvaje ha sido indispensable en la creación de esta pieza. “Este es mi primer trabajo donde todo es mío, son mis inquietudes, mi propuesta, dirijo, escribo”, explica sobre esta pieza donde explora el complejo universo de los patios de las casas que, a su vez, son un microcosmos del patio grande, de esta Isla y de los artistas del patio que lo habitan.
“Con el tiempo los patios fueron quedando en la parte de atrás de las casas. El batey por ejemplo estaba al frente. Y no es que quiero irme en un viaje antropológico, pero veo en ese proceso un vínculo generacional con las abuelas”, reflexiona el artista que nutre la pieza de anécdotas personales que recuerda o imagina y desde las cuales se desprenden personajes e imágenes como “la abuela biónica” que se cae tumbando panas como si fuera un “cometa de pelos blancos”.
La infancia, la fantasía, los juegos con los primos, la curiosidad, la soledad y los recuerdos de las gallinas o del árbol grandote de aguacate que había en el patio de su niñez se intercalan con textos nuevos y otros que tenía guardados hace como 15 años. Y es que este hombre no bota nada, o casi nada. Para bien ha sido porque su exploración artística tiene que ver con el concepto del objeto encontrado.
“Tú me estás diciendo que soy un cachivachero”, reclama.
Precisamente. Pero dicho elegantemente, respondemos. Entonces la risa.
“Hay personas en la calle, familiares que saben hacer un poco de poesía con un objeto encontrado. Ese ingenio que es muy sencillo pero a la vez muy profundo es lo que a mí me interesa. En cositas como estas (trae un grupo de rocas) encuentro belleza”, ejemplifica.
Con relación a la experiencia puertorriqueña de interacción con ese cuadrado verde -que para muchos significó una traducción del campo a la vida en urbanización-, Collazo afirma que lo que busca con esta pieza es visitar una vez más esos temas donde hay espacio para la nostalgia, tanto como para la alegría. “Me siento con derecho propio a trabajar esa estética aprendiendo a resolver con lo que hay, valorando las cosas que uno tiene a la mano como materia prima”, dice.
No hay vestuarios fastuosos, ni escenografía agigantada. Hay un hombre y hay muchas historias que al rato te harán recordar la del patio de tu casa.