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Puerto Rico Hoy
5 de febrero de 2012
 

El Supremo rodeado de alambres de púas

La lucha interna en el máximo foro judicial da un muy mal ejemplo al país

 
La pugna en el Tribunal Supremo es una evidencia más de que ninguna institución en el país está exenta del egoísmo político que nos divide en tribus. (archivo)

Por Benjamín Torres Gotay / btorres@elnuevodia.com

La sede del Tribunal Supremo en Puerta de Tierra tiene todos los atributos que generalmente se asocian a la mesura y a la paz: fulgurantes pasillos, olor a limpio, el frescor de la abundante vegetación, canto de pájaros, el rumor adormecedor de una fuente, silencio.

Mas, como tantas otras cosas en este país, esa idílica imagen es engañosa, pues bajo el encantador rumor del silencio, la fuente y los cantos de pájaros, palpita con la fuerza de mil bestias una lucha de poder que haría palidecer cualquier otra que ahora mismo se desarrolle en nuestro país, y mire que, como todos sabemos, son muchas.

No podía ser de otra manera, ni debe sorprender a nadie, pues la causa de la mayoría, sino de todos, los males de nuestro país, el sectarismo político, venía hundiéndole el colmillo hace tiempo a una institución que algunos locos creemos que debería estar exenta de las lacras que han arruinado a las otras ramas de gobierno.

En este cuatrienio, como sabemos, el sectarismo político le dio el golpe definitivo al Tribunal Supremo, con el nombramiento de parte del gobernador Luis Fortuño de seis jueces estrechamente vinculados al Partido Nuevo Progresista (PNP). Las líneas, pues, fueron trazadas, las trincheras fueron cavadas y el resultado lo estamos viendo en todo su esplendor en estos días.

Convengamos, para empezar a entender esto en su justa perspectiva, en dos cosas:

Primero, este tribunal de supremo tiene solo el nombre, pues supremo lo define el diccionario como lo último y lo más importante y aquí sabemos que todas las decisiones que tomen estos nueve jueces que se hacen llamar “el máximo foro judicial del país” son revisables por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, de donde en realidad no se puede ir a ningún otro sitio.

Segundo, esa llamada “crisis constitucional” en la que está sumido el tribunal en este momento no ha tenido, ni va a tener, ninguna consecuencia concreta para el ciudadano que día a día se levanta para echar adelante a los suyos. Se trata más bien de las cuestiones más internas imaginables que en nada seguramente impactarán a los cientos, tal vez miles, que a diario van a las cortes del país al vía crucis que pasan allí víctimas y acusados.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no sea importante lo que está pasando, pues la pelea la están llevando a cabo a la vista de todo el país, que la mira con el mismo ánimo divertido con la que en otro tiempo veían a Carlitos Colón enfrentar a Abdullah The Butcher en un ring rodeado de alambres de púas.

Aquella pelea tampoco le afectaba en nada, pero la miraba con curiosidad y diversión y aprendió que a veces, cuando se descarta el diálogo como opción, vale aprovechar cuando nadie ve a uno para sacarse una navaja de abajo del cinturón y cortarle al otro la frente.

En este caso, el país ve, y aprende, que ninguna institución está exenta del egoísmo político que nos hace agruparnos en bandos y no escuchar las razones del otro y que cuando se tiene la mayoría se puede, si se quiere, estirar un poquito las reglas nada más que para mostrar el mollero y hacer saber quién manda.

Eso de estirar las reglas un poquito es lo que parece que hicieron los seis jueces nombrados por el gobernador Fortuño al enviar un comunicado de prensa a través de una agencia privada de relaciones públicas. Bajo cualquier arreglo que se haya hecho ese trato hay un tremendo tufo a irregularidad.

Si pagaron por el comunicado puede que hayan violado la ley porque en el Gobierno no se puede pagar ningún servicio que no haya sido contratado y ahí no medió contrato. Si no pagaron, olvidaron que la ética judicial prohíbe a los jueces recibir regalos o favores.

Pero, claro, como son la mayoría nadie los investigará y ahí queda la cosa.

Por otro lado, el país también aprendió en estos días que nueve jueces que pueden pararse mañana en el atrio central de Plaza Las Américas y 19 de cada 20 que pasen no sabrán quiénes son tienen una escolta que los carretea de aquí para allá con salario y carro cortesía de nosotros que a veces no tenemos ni para chuparnos un límber en la tarde.

En una época tan dura como la que vivimos, de tanta violencia y tanto desentendimiento, en que tanto se pide diálogo, paz y armonía, en que se nos piden sacrificios a todos, ver a gente tan fina como los jueces del Supremo actuando así debe resultarle muy iluminador a los que andan buscando pretextos para que todo en Puerto Rico siga igual.

Y después nos quejamos.

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