Miguel Vando lidera el diseño en el Taller de Vestuario de la compañía Teatro Repertorio de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras
Por Tatiana Pérez Rivera / tperez@elnuevodia.com
Doña Felipa Mariño está domando un patrón encima de la mesa de trabajo. Las máquinas de coser de Genoveva Tirado y Clara Tirado suenan con velocidades dispares. Anita Masil da puntadas para enriquecer la parte inferior de una falda con bordados y Ramonita Otero parece estar en todos lados.
Así transcurren las horas en este universo que existe dentro de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Es un laboratorio donde, sin probetas o microscopios, se verifican las hipótesis que genera Miguel Vando, director del Taller de Vestuario de dicho recinto universitario. La mejor teoría resulta ser una indumentaria en la que el personaje respira cómodo, que inspire al actor y en la que el público crea.
Los vestuarios de las producciones artísticas y académicas que generan el Teatro Rodante o la joven compañía Teatro Repertorio de la institución provienen de ese espacio en el que se convive entre hilos de tonos inimaginables, cremalleras, tules, cintas métricas, tijeras, lentejuelas y, claro está, el oportuno alfiler cabezón y colorido.
El jubón de “don Luis”
Justo de ahí salieron los vestuarios de la pieza ubicada en el Siglo de Oro español, “Desde Toledo a Madrid”, que por estos días se presenta en el Teatro de la UPR con un elenco integrado por actores profesionales como Linnette Torres y José Caro, así como con estudiantes del Departamento de Drama del primer centro docente del País.
“Es el original y no tengo copia. Ya ella sacó el patrón del pantalón y ese es el jubón”, dice Vando al extender un boceto del vestuario de “Don Luis”, del montaje antes mencionado, a su asistente, Otero.
Mariño, la creadora del patrón, no recuerda ese hijo de papel. Vando sonríe.
“Acuérdate de que ella los saca de su mesa y los borra del sistema”, indica el profesor en el Departamento de Drama, seguido por un coro de carcajadas de las costureras.
Ni él mismo vaticinó que ese sería su mundo, toda vez que proviene de una familia en la que el teatro y las artes “eran solo eso, artes”. “Estaban allá, lejos, no eran una opción de profesión”, recuerda sobre su crianza entre Bayamón y Puerto Nuevo.
Le encantaron las ciencias pero no era muy amigo de las matemáticas, así que al graduarse de la escuela superior comenzó la búsqueda que le remitió a esa añeja costumbre de copiar al margen del periódico las caricaturas que veía. Ingresó a la Escuela de Artes Plásticas y se trasladó después a la Universidad de Puerto Rico en Carolina, donde se especializó como artista gráfico, profesión que ejerció por dos años.
Y vino Hugo.
El huracán que pasó en el 1989 afectó su lugar de empleo y estuvo “meses largos sin trabajo”. Regresó a la UPR, a la Escuela de Bellas Artes, y como electiva tomó la clase Diseño de escenografía con José “Checo” Cuevas en el Departamento de Drama. Le gustó construir en el espacio y solicitó entrar a la Escuela de Arquitectura, pero no fue aceptado. Retornó entonces al Departamento de Drama y llenó su programa de clases vinculadas al teatro.
“Lo que fue un resuelve se convirtió en una carrera”, reflexiona sobre aquella espontánea decisión tomada en el 1991.
Nunca le interesaron otras vertientes del teatro, pero la realidad es que ha hecho de todo cuando ha sido requerido.
Persona de teatro
“Mis colegas dicen que soy una persona de teatro”, cuenta cual veterano de mil campañas. “Además del diseño he sido asistente del asistente, dirigí una obra y hace poco colaboré en el proceso de escritura de otra. He pasado todos los dolores de cabeza del teatro, pero volvemos al punto que enfatizo a mis estudiantes que quieren llegar a dirigir una producción o a escribir: tiene que haber un proceso de crecimiento”.
Recuerda que en su etapa estudiantil realizó múltiples tareas dentro del montaje de una obra.
“Había mucha oportunidad de empezar desde abajo y eso te forma. Les digo a mis estudiantes que tienen que buscar esas oportunidades porque, quizás hoy son menos, pero las hay”, insiste Vando, quien luego culminó estudios posgraduados en Estados Unidos y en la década pasada sustituyó a Gloria Saez en la dirección del Taller de Vestuario.
Y si lo que le interesa es el diseño, hay dos o tres cositas que los aspirantes deben saber del saque. Una cosa es dibujar y otra muy distinta es crear vestuario. La siguiente lección Vando la brinda con el convencimiento de que descansa sobre la experiencia, como si la hubiera vivido mil veces.
“Los estudiantes llegan pensando que el diseño es el dibujo y no lo es. El diseño es la toma de decisiones. El diseñador toma la decisión final de quién se pone qué en qué momento de la obra. ¿Cómo llega a esa conclusión? Obviamente después de un minucioso estudio de la historia, la época, el personaje y hasta de los que están a su alrededor”, explica Vando, quien domina la costura aunque acepta que hace tiempo prevalecen las tareas como diseñador.
Es fundamental entender la estética teatral. El creador se acerca a uno de los maniquíes sobre los que se crea el vestuario de la obra “Desde Toledo a Madrid”.
“En el Siglo de Oro se usaba este tipo de traje”, dice acariciando la textura, “no con esta tela, porque es moderna y tiene material sintético, pero la forma, el entalle o la silueta que busco producir responde a esa época. Eso lo sabes por la investigación”.
De los trucos mejor no les cuento para que no se esfume la magia. Pero factores como la necesidad de ahorrar dinero y tela o de hacer más llevadero y práctico un vestuario durante una escena provocan simulaciones y alteraciones que cumplen con el cometido de hacer parecer fácil lo difícil.
De todo como en botica
La cajas están cuidadosamente identificadas por su contenido: mangas, puños, corbatas, batas, antifaces, coronas…
Los vestidos también tienen una etiqueta que identifica la obra y el personaje al que pertenecen. El inventario que posee el Taller de Vestuario es derivado de producciones que se han realizado “a lo largo de 50 o 60 años”.
Miles de vestidos, faldas, blusas, pantalones, camisas, chalecos, abrigos, capas, gabanes y hasta delantales cuelgan de ganchos de metal giratorios similares a los que se utilizan en una lavandería. El contenido de ese almacén en el sótano del Teatro de la Universidad de Puerto Rico transporta a otros lugares, a otras personas y a otras historias.
“Están a merced de las inundaciones”, advierte Vando tan pronto avistamos vestidos que exhiben residuos de agua.
Mejor ahora
La combinación de inundaciones y bombas defectuosas destinadas a eliminar el agua en el sótano han provocado que decenas de vestuarios se mojaran. En muchos casos, las huellas del suceso no han desaparecido de la tela.
“Tuvimos que subir a los camerinos toda la ropa para lavar y secar aquí la que se podía y enviar al laundry las que no podemos rescatar nosotros. Eso lo hacemos entre producciones”, manifiesta.
Comoquiera están mejor ahora puesto que en la etapa de remodelación del teatro, el inventario estuvo en un vagón situado en el estacionamiento de la facultad de Ciencias Sociales.
“Para que todos estos vestuarios maravillosos nos duren muchos años más hay que darles mantenimiento. Aquí la humedad está controlada y nosotros somos bien celosos con ellos; eso te lo garantizo”, culmina Vando, quien en cada producción nueva acepta el desafío de enriquecer el inventario con atuendos que renacen en su imaginación.