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27 de junio de 2012
 

Entre el Bellini y la Sangría

Espumosos y frutas que inspiraron tragos

 
 (Thinkstock)

Caius Apicius / Agencia EFE

Cuando se describe un vino, al hablar de las sensaciones que deja en la nariz, muy raro será que no salga el concepto “frutal”.

El vino procede de la uva, y puede encerrar en sí mismo muy variados aromas de otras frutas: manzanas ácidas, melocotones, frutas rojas, cítricos, frutas del bosque.

Era inevitable que, en cualquier época, a alguien se le ocurriese forzar esas sensaciones frutales, potenciarlas; y el sistema más sencillo era, desde luego, añadir esas frutas al vino, haciéndolas macerar en él o añadiéndole su jugo, o un derivado.

Lo más fácil es mezclar en las proporciones que cada cual prefiera un vino, blanco o tinto, y un jugo de limón; es un derivado del vino tinto “spritzel”, que no es más que vino blanco con agua con gas, y recuerda aquellos tragos clásicos que se consumían en los años 60 y que han vuelto a revivir en series como “Mad Men”

Toque ibérico

La sangría es la versión española. Sencilla: vino tinto, agua con gas, jugo de limón o naranja, azúcar y trocitos de frutas: naranja, piña, melocotones, fresas en fin lo que a cada uno le guste. Bien fría, pero añadiendo el hielo sólo al final, para no aguarla demasiado.

Hay versiones de sangría que sustituyen las burbujas de un agua con gas por las de un vino espumoso: ni que decir tiene que están mucho mejor. Y si maceramos en la mezcla, un par de horas, unas cuantas fresas, el resultado es maravilloso.

Las grosellas negras fueron las que inspiraron el llamado “cassis”, es lo que usan los franceses en su mezcla más clásica: el “kir”. Su nombre, cuenta Alexis Lichine, procede del canónigo Felix Kir.

El “kir” básico es sencillísimo: se echan en una copa flauta un chorrito de crema de cassis y se llena con vino blanco, que si es de Borgoña será, normalmente, muy bueno.

Más sofisticación tiene el llamado “kir royal”, en el que en lugar de con vino blanco se mezcla la crema de cassis con champaña. Y luego está el “kir imperial”, que mezcla con la variante de la sangría a la que antes aludíamos: seguimos usando champaña, muy frío, pero en vez de crema de cassis se usa crema de frambuesa.

Honestamente, prefiero dejar que las frambuesas, enteras, maceren dos o tres horas en un buen champaña rosado, en la nevera: néctar de dioses.

Los italianos, que han sido capaces de añadir a un vino regular un montón de hierbas y colocar su vermouth por todo el planeta, también tienen su versión, el “bellini”, creación de Giuseppe Cipriani, fundador y copropietario del “Harrys Bar” de Venecia.

La otra creación famosísima de Cipriani fue el “carpaccio”, y tanto el nombre del cóctel como el del plato de carne proceden de los de sendos pintores venecianos del “quattrocento”, Vittore Carpaccio y Giambattista Bellini.

La receta del “bellini” la recogemos directamente del propio Cipriani: tomen unos melocotones blancos, pequeños; quítenles la semilla, pero no la piel, y pásenlos por un procesador, de los de hacer puré de papas. Añadan jugo de limón. Por último, añadan el “prosecco”: un cuarto de jugo de melocotones, tres cuartos de “prosecco”. Guárdelo en la nevera, pero no demasiado tiempo para evitar que el melocotón fermente.

El “prosecco” es un vino espumoso de la región del Véneto, que Cipriani decía preferir a muchos champañas.

Ustedes pueden hacerse su “bellini” con el espumoso que prefieran, y ahorrarse el trabajo de hacer puré de melocotón usando su jugo. No será igual, pero queda muy rico. Y, un día de calor, a la hora del aperitivo vespertino, una sangría de frambuesa, un “kir imperial” o un “bellini” son soluciones excelentes, refrescantes y muy frutales

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