Salim Mohammad tiene lo que considera el mejor trabajo del mundo. Opera un carro-cine que, gracias a un centenario proyector integrado, permite que espectadores vean antiguas películas con solo asomarse a una cortina negra. Su historia, narrada con belleza y fidelidad en el cortometraje Salim Baba por el director Tim Sternberg, aún emociona.

El padre de cuatro varones y dos mujeres heredó de su padre un proyector que adaptó a un carro similar al usado por los vendedores de helados, el cual hace las veces de una pequeña sala de cine. Bombillas que apenas duran un día abonan la sensación de estar en una sala de cine. ¿La oferta?, películas antíquisimas y algunas recientes que consigue de segunda mano. Para optimizar la experiencia del espectador, Salim edita las historias y le acorta extensos diálogos o canciones. Lo justo y lo necesario. Eso queda en el cine de Salim.

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