El autor dedica su obra al escritor Francisco Font Acevedo y al fenecido poeta Ángel Darío Carrero. (horizontal-x3)
El autor dedica su publicación al escritor Francisco Font Acevedo y al fenecido poeta Ángel Darío Carrero. (Teresa Canino)

Hubo un momento, el semestre pasado, que el escritor puertorriqueño Eduardo Lalo abrió los ojos y no sabía dónde se encontraba.

Estaba dictando un curso como profesor visitante en la Universidad de Austin, desde donde viajaba cada fin de semana a una ciudad o a un país diferente. Después de ganar el premio internacional de novela Rómulo Gallegos en el 2013, llegó una vorágine de invitaciones para participar de presentaciones, ofrecer charlas, dictar cursos, conferencias, escribir columnas y discursos, que lo atrapó. “Llega el momento en que tú te despiertas, abres los ojos y realmente, es un cliché pero pasa, no sabes dónde estás”, dice.

Hasta que un día del año pasado no pudo más. Decidió suspender viajes, descansar, y así tratar de volver a “acercar la escritura a la vida”.  Durante ese periodo en el que vivió “un poco sin casa”, Eduardo Lalo se dedicó a escribir a la intemperie. En la calle. Con un cuaderno pequeño y una pluma Parker 51 de los años cincuenta que usa desde hace varios años.

Fue así que nació “Intemperie”, libro de ensayo que acaba de salir al mercado en Puerto Rico bajo Ediciones Corregidor. Con motivo de este nuevo texto, El Nuevo Día entrevistó al escritor en la librería Mágica, en Río Piedras. Rodeado de libros, Lalo habló de su nueva entrega, del país y de la Universidad de Puerto Rico, proyecto con el que sigue comprometido.

Luego de la novela “Simone” y ese premio Rómulo Gallego ha vuelto a los mismos lugares, a la poesía/imagen con “Necrópolis” (2014), y ahora al ensayo con Intemperie. ¿Por qué esa vuelta?

Después de ganar un premio como ese me entra toda la locura del mercado al que yo me cansé. A mí me llamaron, a días de haberse concedido el premio, los agentes literarios más grandes y a todos les dije que no. Tuve tres días de profunda angustia pensando que a lo mejor estaba haciendo la estupidez más grande, pero yo llevaba demasiado tiempo trabajando como yo entiendo que debo trabajar y yo no soy un escritor de mercado. Mi interés no es hacer la novela del año, el libro del año, y quise seguir haciendo lo que siempre he hecho que es trabajar en las cosas que a mí me interesan. Llamativamente, los dos libros que he publicado luego del premio son, en términos de mercado, absurdos. Un poemario, porque la poesía siempre ha estado en mi trabajo, y luego “Intemperie” que me tomó seis/siete años en hacer.  Apenas tiene 117 páginas -originariamente era más del doble-, pero lo fui limando y limando, sacándole lo más esencial posible porque es sobre eso. Es un libro sobre lo esencial. La escritura en su dimensión más radical.

En “Intemperie” lo primero que se asoma es una cámara, un tipo de selfie a la inversa, ¿hacia dónde dirige la mirada con este libro de ensayos?

“Intemperie” mira hacia la página. A ese rectángulo de papel que se va ennegreciendo, como yo he escrito siempre, con tinta, con pluma. Yo contaba en la presentación del libro el otro día que escribí todo en un cuadernito, en una libretita bien pequeña, a propósito, porque quería hacer algo en pequeño formato, que la misma página no me diera la tentación de explayarme, y que la llevara todo momento conmigo. Y eso también es un poco el libro, ese intento de pensar en la calle, a la intemperie, en un periodo de mi vida que estaba un poco como sin casa. Y es como mucho de lo que yo he hecho, tratar de acercar la escritura a la vida. El pensamiento a la vida.

En este libro explora ese acto de escribir a la intemperie, pero sobre todo ese acto de escribir. ¿Por qué ha sentido la necesidad de hablar de esa “geografía” de la palabra?

La respuesta corta es que eso es lo único que hay. Si tú piensas lo que es la experiencia de la lectura es quizás el espacio más íntimo que podemos conocer. No hay intimidad mayor con nadie que la intimidad que uno tiene cuando lee porque uno, literalmente, está dentro de su cabeza, de su mente. Es una ilusión que estamos teniendo que nos provee el texto de otro que estamos leyendo. De hecho, para la mayor parte de la gente la lectura es la única experiencia de quietud que tiene. En “Intemperie” digo que se despierta un lector como se despierta alguien que duerme, que está soñando. También por eso el acto extraordinario de la lectura. Nadie se suicida si está leyendo, nadie agrede a nadie si está leyendo y nadie molesta si está leyendo porque está dentro de sí. Y lo que está es esa página con papel y tinta. No hay más nada. Por otro lado, desde el punto de vista del escritor eso es lo único que hay. Literalmente un cuerpo de un escritor se va convirtiendo en un cuerpo de tinta.

Propone en el libro descreer/desescribir para así renunciar a las ideas universales. ¿Pero acaso descreer ya no es creer en algo?

Por supuesto, pero eso no quita el propósito del gesto. Eso está asociado a la cuestión del descreer y la desescritura, está asociado a una definición que doy del acto de pensar. El acto de pensar sería ir en contra de las creencias. En ese sentido es un proceso que no tiene fin. Es algo que constantemente hay que hacer y habría que descreer de la descreencia también, por supuesto. En la medida que eso se haga, la frontera del conocimiento se mueve. Si la ciencia a lo mejor creía que había tantos planetas y alguien demuestra lo contrario, eso se convierte en creencia y no en pensamiento, así que se mueve la frontera. Lo mismo pasa con la escritura misma. Tenemos una forma en cómo suponemos que se escribe o qué es lo que se considera un buen texto. Es más, mucha gente se acerca a la escritura como una catarsis, lo hace el 90 por ciento de la gente que escribe, y eso es lo que produce toneladas de pésima poesía, pésimas novelas, cosas ilegibles, cosas que no tienen ningún valor literario. Entonces hay que descreer.

Habla en el texto de ser forastero, exiliado en su propio país, un “quedado”. ¿Por qué?

 Creo que esto es una de las cosas que se hablan con una superficialidad extrema. Hay también razones de tipo partidista, políticas, envueltas acá. Yo creo que para la inmensa mayoría de los puertorriqueños salir de Puerto Rico -que en nuestro caso es salir a un sitio en Estados Unidos- no es cambiar de dirección en un mismo país. Es un exilio. Es un exilio económico, cuando no de otro tipo. Yo no estoy de acuerdo con el término de diáspora. Me parece que es un término anestésico. Diáspora significa dispersión. Y lo que nosotros tenemos si se van decenas de miles de persona cada año, es un exilio. Si estuviéramos en Venezuela o en Cuba o algo así, no se le llamaría diáspora, se le llamaría exilio. Ahí hay unas razones políticas, económicas, para ese exilio de los puertorriqueños, al igual que ocurre con países que tanto se mencionan como los más ineficientes del mundo(…). Así que irse de Puerto Rico no es cambiar de dirección de San Juan a Mayagüez. No lo es. Por más que vayas al barrio latino, al barrio puertorriqueño, por más que vayas a casa de tu familia, por más que solo hables en pseudo inglés o vivas en tu gueto rico, pobre o de clase media en Estados Unidos, sigue siendo un exilio.

Pero por qué quedarse. Esa parece ser la pregunta en estos días.

Porque uno no quiere ser un exiliado. Yo en diferentes momentos de mi vida he podido quedarme en muchos sitios. Cuando era muy joven me fui del país a estudiar. Primero a Nueva York -en la peor época- y luego me fui a Francia y España que igual fueron años sumamente duros. Y me di cuenta, en un momento dado -me lo hizo ver una amiga-, que empecé a pronunciar las cosas en español de una manera un poco extraña, con entonaciones francesas y cosas así. Y ahí me di cuenta de que estaba llegando a un territorio que no quería estar porque sabía perfectamente que nunca iba a ser francés ni americano. Nunca iba a ser aceptado, que en todo caso iba a tener una posición subalterna, marginal, en esas sociedades (…) Y necesité volver. Fue un proceso muy duro. De más está decir que Puerto Rico es una sociedad muy difícil, muy ingrata, a veces uno dice “hay algo aquí terrible”, pero es el único lugar -por lo menos para mí- en el que estoy en mi casa. Una casa incómoda, que tiene 18 mil fallos, que el techo se le está cayendo, que la electricidad no funciona, pero es mi casa. Con los años he podido estar en muchos sitios. La mayor parte como invitado. He conocido muchos lugares y hay sitios que me gustan y tal, pero sé que en cualquiera de ellos sería un exiliado.

La invisibilidad es tema recurrente en su obra y esta vez no es la excepción. ¿Acaso la invisibilidad es una forma de supervivencia en esta colonia?

La invisibilidad, no. Tal y como yo la interpreto que es un término técnico, sería todo lo contrario, un mecanismo de dominación. Lo otro sería la negación. Uno puede engañarse, por supuesto, y lo hacemos en muchas áreas de nuestras vidas, pero sabemos que el resultado siempre es negativo. Si hay algo bueno en todo esto que ha pasado en los últimos años (en el país) y que va a seguir pasando es que la negación se está haciendo bien difícil. La realidad es patente. Pero aun así y, eso es lo que es verdaderamente impresionante, que con lo patente que se ha mostrado la realidad política del país, tengas a figuras como (Rafael) Hernández Colón y ciertos sectores del Partido Popular y del PNP empecinados en decir otra cosa. Ya yo creo que en algunos casos es sencillamente cinismo y en otros es sencillamente de una irresponsabilidad intelectual y ética sencillamente descomunal. Hay que decir que las posiciones de ciertos sectores del Partido Popular y del PNP son un descaro. No podemos ser tan imbéciles. Es imposible proponer la imbecilidad como valor positivo, es imposible proponer la ceguera como valor positivo. Tienen que descreer y desescribir.

No podemos terminar sin hablar de la Universidad de Puerto Rico, donde usted es profesor. ¿Se debe creer o descreer en ella?

Creo que lo he dicho en otras ocasiones, la Universidad tiene mil problemas y es muchas cosas. Hay un nivel de la Universidad que es, vamos a llamarlo un tanto cruelmente, la incapacidad llevada al poder. Hay un sector importante de la facultad de esa Universidad que nunca debieron ser profesores universitarios. Cómo llegaron ahí, yo no sé. Ahora, hay un sector considerable de profesores, empleados y ni se diga estudiantes que son gente que podía haber estado en cualquier otro sitio. Hay que pensar en los profesores por contrato. Mucha de esa gente es graduada de la Universidad, se fueron a estudiar a las más grandes universidades del mundo y decidieron regresar a su Universidad. Y la Universidad no les ha ofrecido nada. Sin embargo, tú tienes un profesor que lleva 30 años ahí haciendo nada y es catedrático. La miopía de la Universidad muchas veces es extraordinaria y la ha llevado a esto también. Lo que pasa es que aquí hay otras cosas. Los mismos que han creado esa Universidad mediocre de la que hablo son los mismos gobiernos que ahora quieren sacrificar toda la Universidad. Y son no universitarios. También hay que cuestionar el nivel cultural de toda una clase política que piensa que, porque fue a estudiar a una universidad en Estados Unidos de alto nivel, de nivel mediano o lo que fuera, ha estado como en una especie de Olimpo cultural del mundo. Y eso no ocurre en ningún sitio por uno pasar por un programa universitario y sobre todo de carreras profesionales tipo abogacía, contabilidad, arquitectura e ingeniería. Esas son carreras especializadas que deforman en muchos aspectos el entendimiento de la gente, y si a esto se le añade como una especie de superstición de clase y superstición de ser de tal universidad o de tal otra, se convierte en un coctel tóxico donde tú tienes una persona que piensa que piensa muchísimo y no piensa muchas veces nada. Y, es más, ve el mundo a partir del prejuicio.

¿Qué tipo de prejuicio?

La mayor parte que toma decisiones sobre las escuelas públicas de este país -a la que van mis hijos y han ido mis hijos- o sobre la universidad pública en Puerto Rico, son gente que no ha puesto un pie por ninguna de ellas y no entiende ni siquiera el valor y el grado de transformación que se da ahí. Para mucha gente esa es la única oportunidad que tiene en su vida, en su puta vida. Esa es la única oportunidad. Y aunque fuera en la escuela más mala, más violenta, a lo mejor estudiaste más o menos, encontraste un maestro que fue más o menos, que te dio algo, saliste, acabaste entrando a Humacao, te fajaste, en dos años estás a lo mejor en Río Piedras. Encontraste esto, lo otro, descubriste un mundo. Esas son las personas que luego son extraordinarias en cualquier campo. Y una sociedad tiene que, por lo menos, proveerle a alguien esa experiencia.

Ahora mismo en Nueva York el modelo está girando hacia la educación pública (universitaria), pero acá parece que estamos dándole la espalda, yendo en el sentido contrario.

Lo que pasa es que aquí también hay una superstición y es que la educación privada es mucho mejor. Yo recibo, hace más de 30 años, estudiantes de la escuela privada y no son mejores que los demás. Son más creídos que los de la escuela pública, no necesariamente mejores. Yo comencé enseñando en una de las escuelas privadas más conocidas, prestigiosas y caras (del país) y sencillamente los estudiantes eran de sectores más privilegiados y tenían un acceso a la cultura mayor, pero el 70 o el 80 por ciento de mis estudiantes eran malos estudiantes. Esa era la realidad. Así que no necesariamente es una mejor educación. También están todas esas supersticiones puertorriqueñas de las escuelas bilingües. No hay escuelas bilingües en Puerto Rico. Hay escuelas que maltratan y desprecian al español y venden la superstición de que hay una cultura superior, como si vivieras en un mundo ficticio, en algún suburbio en Estados Unidos. Y está creándose un fenómeno de gente que no puede hablar ni un idioma ni otro. Lo que sería el “spanglish”, no hay que olvidar, viene de una experiencia de gueto originalmente. Y es como producir un gueto artificialmente.

¿Cuál debe ser el rol de los docentes en estos momentos en que la universidad está en huelga?

Creo que el compromiso del docente debe ser con la universidad. La universidad está siendo atacada y no ahora, sino desde el 2000, que ha habido recortes y recortes. Llevamos más de una década con plazas congeladas prácticamente y ¿cómo tú puedes tener un proyecto educativo sin sangre nueva? Quererle quitar 500 y tantos millones es que es absurdo. Evidentemente yo, en tanto que docente, me opongo a eso. Los estudiantes se oponen por otras razones, algunas comunes, y cada cual tendrá las suyas para oponerse. La idea esta de que hay que cortar, bien. Lo que pasa es que no es creíble de que todos tenemos que sacrificarnos porque desde el mismo Gobierno es evidente de que no se sacrifican. Al contrario, ¿cómo pagarle a la Secretaria de Educación lo que se le paga? ¿Con qué?

Muchos sectores han infatilizado la huelga de los y las estudiantes, diciendo que lo que tienen que hacer es ponerse a estudiar. Pero, ¿acaso se pueden lograr cambios sin la protesta?

En mi última columna (“Ricardo Rosselló como director de escuela”) dije que la sociedad puertorriqueña es una sociedad infantilizada. Los estudiantes están haciendo algo que la mayor parte de los padres no están capacitados ni muchas veces entienden, que es pensar y actuar por sí mismos. Pueden estar equivocados, pueden estar errados, pero hay que concederles que tienen el grado de compromiso de pensar y actuar por sí mismos. Cosa que no hacen sus padres ni sus abuelos. También estamos acostumbrados a destruir. En Puerto Rico vivimos en una sociedad de la destrucción de los valores culturales y eso lo aprendemos desde que somos chiquitos. La burla, el “a mí qué” de los puertorriqueños, es ridiculizar cualquier cosa que tenga sensibilidad. Y eso son los adultos. Los adultos no tienen la madurez emocional para entender a los estudiantes. No tienen la madurez emocional ni intelectual para entender a los estudiantes o a cualquiera que asuma una posición digna.


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