Las piezas pertenecen  a las antiguas culturas de la costa norte del Ecuador y la Bahía de Tumaco al sur de Colombia. (semisquare-x3)
Las piezas pertenecen a las antiguas culturas de la costa norte del Ecuador y la Bahía de Tumaco al sur de Colombia. (Especial El Nuevo Día / Ingrid Torres)

Por Liz Yanira Del Valle

Unos coloridos frangipani endulzan el aire de la capital. En el barrio Ballajá dichos arbustos tropicales y subtropicales de América celebran la primavera ajenos de los tensos acontecimientos del poder político que por estos días marchita a muchos.

Entre la paleta de colores, un frangipani de flores blancas parece  ofrendar paz frente a lo que en época del gobierno colonial español y parte del norteamericano (1898-1939) fuese otro centro de poder: el militar. 

Afortunadamente, el Cuartel de Ballajá, que también albergó al Hospital Rodríguez, hoy es un centro cultural donde destaca el Museo de las Américas. De ahí, sale el maestro Antonio Martorell con un atuendo apalabrado, pelos de prócer y su inconfundible sombrero dando pasos largos que recuerdan la imagen de Juanito, el escocés espirituoso.

Hay revuelo en el museo. Están en la recogida tradicional de lo que ocurre cuando otro maestro de la talla de Rafael Rivera Rosa agrupa a 800 personas en la inauguración de su exposición Mirada extendida.

En la escalera que da a la entrada del museo yace La Catrina, obra de Maribel Cortés Cruz. La muerte, con ese rotundo poder que lo apaga todo, sigue siendo un tabú. El depósito del museo guarda otro tema poderoso, también tabú. Uno que vende mucho en los medios pero que aquí se aleja del amarillismo que lo banaliza siendo algo tan natural como complicado: el erotismo y la sexualidad en las culturas prehispánicas.

Colección Catlett

Se trata de una colección de vasijas de cerámica precolombina del Ecuador, conocida como la Colección Catlett, en honor a su dueño original, quien vivió en el Viejo San Juan y al morir su albacea donó las piezas al museo.

Organizada en fila india, la directora ejecutiva del museo, María Ángela López Vilella, comenta que las piezas recuerdan al Ejército de Terracota chino, uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XX.

El primero en acercarse a su identificación y estudio fue el arqueólogo Osvaldo García Goyco, recuerda el arqueólogo Miguel Rodríguez López, quien aceptó el reto profesional de acercarse a la colección por invitación de López Vilella, quien organiza un ciclo de conferencias educativas en torno a temas culturales y artísticos.

La muestra se compone de alrededor de 800 vasijas de cerámica de diversos tamaños y temas, y quedó documentada y catalogada por la registradora del museo, Iliamarie Vázquez Contrera.

 “La colección no está en exhibición al público. Quién mejor que el arqueólogo Rodríguez, quien también es etnohistoriador y posee  años de estudios en el análisis y clasificación de cerámica indígena así como de otros temas arqueológicos”, aclara la directora del museo.

El también rector del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe (CEAPRC)  siempre sintió curiosidad por la “escasa presencia del tema en el arte de nuestras antiguas sociedades” a la vez que afirma que por su edad y por la generación a la que pertenece, no puede evitar sonrojarse al abordar la presentación. 

“El tema del erotismo y la sexualidad humana a través del tiempo y sus representaciones en el arte y en otras manifestaciones culturales ha sido motivo de gran interés en todas las épocas de la historia. Y no es para menos porque junto a la religiosidad, la creación cultural y la capacidad para organizarse en estructuras complejas, son las principales fuerzas que gobiernan y dirigen la experiencia humana y la misma sobrevivencia de nuestra especie sobre este planeta”, explicó el arqueólogo.

Según el investigador, las piezas de la colección pertenecen a las antiguas culturas de la costa norte de Ecuador y la bahía de Tumaco, al sur de Colombia, conocidas como La Tolita y Jama-Coaque, además de la cultura Moche de la costa norte de Perú, donde fueron elaboradas y colocadas principalmente como ofrendas funerarias. 

Frente a la variedad de piezas, Rodríguez detalla que de  la cultura moche, el 39% representan el tradicional coito heterosexual en ocho diferentes posturas; en el 21%, el coito anal heterosexual; y 8% representan sexo oral. Otro 27% representa relaciones sexuales entre animales de todo tipo y algunas de seres humanos con animales.  En solo dos vasijas se representan relaciones homosexuales masculinas y ninguna femenina. 

Luego, resaltan figuras masculinas con penes de exagerado tamaño.  Hay vasijas en forma de órgano sexual masculino o femenino (representaciones antropofálicas o vulvomorfas).

De todo lo observado, el investigador aclara que tan solo 2% de la cerámica moche puede ser clasificada como erótica o de carácter sexual. 

El arqueólogo Miguel Rodríguez sostiene una de las figuras que forman parte de la colección Carlett, guardada en el Museo de las Américas. (Especial El Nuevo Día / Ingrid Torres)

El resto de las vasijas  son de uso doméstico, representativas de la flora y la fauna del momento así como de actividades productivas y una serie de vasijas de rostros humanos muy realistas de tipo escultórico, que parecen representar personajes y funcionarios específicos de la sociedad mochica.

El arqueólogo destacó que “por contar con cientos de representaciones de tipo erótico o sexual tampoco podemos generalizar o concluir de que se trataba de una sociedad dirigida y ordenada  principalmente por las fuerzas del erotismo y la sexualidad”. 

El investigador aclaró que no todas las sociedades indígenas abordaron el tema de la misma manera y con la misma intensidad. 

“Creo que esto es prueba de la notable diversidad de expresiones sociales y culturales de los pueblos originarios de esta parte del mundo”, dijo Rodríguez. 

Lo antillano

En las Antillas, este tipo de piezas parecen estar casi ausentes. “Desde muy temprano en la conquista se dio la destrucción de ídolos y figuras de todo tipo que pudieran representar o parecer a algún ser diabólico o maléfico que pudiera incluir también alguna expresión pecaminosa, erótica o sencillamente sexual”, explicó Rodríguez.  “Solo algunos ejemplares de estas figuras de tipo religioso se salvaron”.

No hay paralelismos con las vasijas peruanas ya comentadas. Para Rodríguez, esto es así tanto en las antiguas culturas huecoides y saladoides como en las ostionoide, elenoide del periodo intermedio  y en la cultura taína. Sobre los últimos, mencionó que hay una profusión de figuras con elementos sexuales visibles como es el caso de los penes erectos en los llamados ídolos de la cohoba, las figuras humanas masculinas, los dujos o asientos ceremoniales.

“A mi juicio, no hay intención erótica en ellas. Su objetivo es señalar, como evidentemente lo hace, que se trata de figuras masculinas importantes en las ceremonias y creencias taínas, dominadas por los personajes masculinos de una sociedad falocrática fundamentada en el poder de los caciques y behíques o chamanes, que como se conoce, aunque la herencia del poder era a través de línea maternal, mayoritariamente eran hombres”. Para el antropólogo, la marcada erección del pene en estos objetos de alto significado social y cultural puede tener dos explicaciones o justificaciones. 

“Primero, un pene erecto es símbolo de poder y autoridad en este nivel de sociedades en transición, particularmente mientras se celebra algún rito o ceremonia pública. Y segundo, según la literatura científica consultada, pudiera relacionarse con las consecuencias de la inhalación de sustancias alucinógenas como era la cohoba, que provocaba la erección súbita del pene, cosa que según se dice ocurre también con otras drogas que se consideran  afrodisiacas o estimulantes, como la cocaína”.

Según  Rodríguez, en el Caribe, tanto de la cultura taína como en las anteriores, huecoides y saladoides, se han encontrado ánforas, potizas y botellas –recipientes para almacenar o servir líquidos, agua, cerveza de yuca– con formas femeninas.

El investigador agregó que también las hay con elementos masculinos como en la cerámica del yacimiento Punta Candelero, donde aparecen “segmentos de potizas masculinas junto a penes de barro que eran resaltados como símbolo de masculinidad y no de erotismo”.

Tabú y novedad

“El estudio del erotismo y la sexualidad en el arte llamado prehispánico es uno sumamente reciente”, especifica el rector. 

“Pienso que todavía hay mucho de conservadurismo e intolerancia en el siglo 21, a juzgar por todo el misterio y los pocos estudios realizados en torno a estas miles de piezas arqueológicas, en particular vasijas de barro de carácter ceremonial asociados a prácticas funerarias. Por ejemplo, en Francia recientemente se presentó una muestra de esta cerámica peruana erótica en un museo muy famoso y se tuvieron que tomar medidas para controlar la entrada de menores de edady escolares, así como recibir la protesta de grupos fundamentalistas y moralistas”, explicó el arqueólogo.

Ya es mediodía. Divisada desde el techo abierto del Cuartel Ballajá, una chiringa vuela libre sin dejar ver la mano que abajo sostiene el hilo que la impulsa.

El aire que se respira es de miedo. De ese sentimiento parecen estar inmunes los frangipani  y las las esculturas de la Colección Catlett, sobre todo esa que con ojos pequeñitos y mirada híbrida, entre lo pícaro y lo inocente, se tapa la boca con una mano y con la otra sostiene su falo.


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