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Su brillante trayectoria en el canto lírico le inspira a sentirse inmensamente agradecida por la oportunidad que le ha dado la vida de hacer lo que más le apasiona. (Ángel M. Rivera Fontánez)

La música es su vida. No solo la interpreta con su voz privilegiada, también la respira, la palpa, la saborea, se mueve entre ella y aun en el silencio, siente su caricia perpetua en la piel y en el alma.

Vivir así ha sido para  Ana María Martínez  una aventura nunca exenta de dudas, temores y sobresaltos, pero sobre todo poblada de grandes alegrías y satisfacciones que la han hecho una mujer -sí- muy feliz, pero -sobre todo- muy agradecida. Y eso –el agradecimiento - es lo primero que invoca cuando siente que la vida la pone a prueba.

Con una trayectoria profesional esplendorosa que la ha llevado a ser una de las sopranos más destacadas del mundo, con presentaciones habituales en los teatros más célebres y al lado de las figuras más excelsas –como Plácido Domingo y Andrea Bocelli- la estelar soprano puertorriqueña conversa con  El Nuevo Día  a unos días de la puesta en escena de “Madama Butterfly”, la bellísima obra de Giacomo Puccini que sube a escena el jueves y el sábado próximos a las 8 de la noche en la Sala de Festivales del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré., en una producción de Ópera de Puerto Rico.

Feliz por regresar durante unos días a su país, Ana María –quien reside en Houston donde está vinculada profesionalmente a la Grand Opera de esa ciudad- aprovecha la tranquilidad de la mañana en medio del fragor de una intensa agenda de ensayos para dar un vistazo por encima del hombro y reflexionar brevemente sobre el camino andado, desde la infancia en la que temprano supo que la música estaría para siempre en su vida, hasta los días de incertidumbre por no saber con seguridad si el talento que tenía le alcanzaría para dedicarse en cuerpo y alma a ese arte.

“Al mirar atrás  veo muchas cosas lindas y también otras que me dan un poco de ansiedad, al recordar cómo viví aquellos días en los que, sabiendo que tenía un don en mi voz, desconocía si me bastaría para lanzarme a la aventura”, dice con la mirada en el mar que entra por la ventana del lugar donde se hospeda. “Al final decidí lanzarme, sin saber que pasaría, pero con la certeza también de que no arriesgarme no era una opción y de que cantar es lo único que me permitiría dar lo mejor de mí”.

Sin falsa modestia, Ana María acepta el prestigio inmenso que la cobija, pero apenas se detiene a hablar de algo que he llegado como una consecuencia obvia de su talento, entrega y pasión. 

Su definición de éxito.  “Triunfar en la vida no es tanto eso, sino poder vivir haciendo lo que amas y que te alcance para tener un plato de comida en la mesa y un techo sobre la cabeza”, asevera mientras se recoge el cabello sobre la nuca. “Todo lo que venga por añadidura es el ‘frosting’ del  biscocho. Lo fundamental es eso, que te levantes cada mañana a hacer lo que más amas”.

Ana María agrega que tiene “una ética de trabajo muy fuerte”, rasgo inculcado por sus padres, el Dr. Ángel Martínez y la soprano Evangelina Colón. “No se trata solo de llegar a donde se sueña, sino de ser digno de estar ahí y mantenerse”, apunta. “Sigo estudiado y tomando clases de canto, preguntándome siempre qué más tengo para dar. Mi padre salió de Cuba sin nada y se hizo acá, fajándose, estudiando, trabajando mucho. Eso es lo que aprendí”.

Respecto al papel que interpretará el jueves y sábado próximos, como Cio-Cio-San, la joven japonesa engañada por el inescrupuloso teniente Pinkerton, Ana María asevera que  “amo, amo, amo esta mujer, esta historia, amo a Puccini , quien tenía una comprensión de la psiquis humana quizá mejor que la de muchos psicoanalistas”.

“Se nota –agrega- por la manera como expresa las emociones de sus personajes y esta ópera es un ejemplo cabal de esto. Solo hay que escuchar ese tercer acto en el que la Butterfly comienza a enfrentarse al engaño, a la mentira, y ninguno de los que podrían decirle algo lo hacen. Ahí Puccini lo dice, más que con la música, con el silencio entre las notas. Es simplemente genial”.

De la misma manera que Cio-Cio-San es uno de sus papeles más queridos –con el de Rusalka, de la ópera homónima de Dvorak en la cima de su afectos- Ana María confiesa que el personaje que más trabajo le ha dado es la Violeta de “La Traviata”, de Verdi porque, “aunque la quiero mucho y la música es preciosa, nunca llegué a entrar en ella mentalmente, nunca pude enamorarme de este papel como de los demás”.

“Rusalka –agrega-, tiene un corazón, una pureza y un amor tan grande y nada egoísta, con una fortaleza interior que ya quisiera yo tener. Al interpretar un papel como este en un mundo a veces tan egoísta y narcisista, uno crece, uno mejora”.

Con la ilusión de prestar su voz a la Tatiana de “Eugene Oneguin”, de Tchaikovsky, Ana María explica que, sin embargo, el papel que ha dejado en ella la huella más profunda es Carmen, de la ópera de Bizet. “Aunque usualmente es para mezzosoprano, la canté hace poco, después de pensarlo mucho”, comenta. “Le tenía mucho miedo, no me identificaba con esa mujer, hasta que una amiga cubana me dijo que la energía de Carmen era ‘fierce’ –feroz- y que todos tenemos esa misma energía que puede luchar contra viento y marea, que era cuestión de ponerme en contacto con ese rasgo. Así fue como logré meterme en la piel de Carmen y fue maravilloso. Si Rusalka fue un despertar existencial, Carmen me liberó”.

Vive El amor

Al esplendor profesional que vive Ana María –hará su primera Musetta, en una producción de “La Bohéme” en el MET en noviembre y diciembre próximos; en enero cantará con Plácido Domingo en Chicago y hará “Rusalka” con la Grand Ópera Houston; y le espera otra “Madama Butterfly”, con La Ópera de Los Ángeles, en marzo– se suma la felicidad por la formalización de su relación sentimental con Gabriel Attal, un estupendo caballero libanés residente en Houston, vinculado profesionalmente al mundo de la energía.

“Gabriel es viudo y padre de dos varones y una hembra, ya adultos”, explica la soprano, mientras mira risueña a quien pronto será su esposo. “Es una relación muy hermosa y estamos formando una nueva familia con mucho amor. Cuando él me pidió matrimonio, esperamos hasta que los cuatro hijos –Lucas, el mío, de 8 años, y los 3 de él, pudiésemos estar todos juntos para anunciárselos. Les dije a sus hijos que al aceptar ser la esposa de su padre estaba haciendo un compromiso de vida con todos ellos y que nunca pensaría en reemplazar a su madre, que yo estaba ahí para honrar su memoria y ser de ellos. Lucas está feliz, dice que ¡por fin tendrá dos hermanos y una hermana!”.

Aunque está acostumbrada a cantar en las mejores salas del mundo, Ana María asegura que -muy en el fondo- para ella el escenario no hace gran diferencia porque “me entrego igual en el patio de mi tía, cantándole a dos vecinas, que en el Royal Opera House, para cientos de personas, porque, sin importar el lugar ni el tamaño de la audiencia, todas las personas que me escuchan son sagradas para mi y doy el cien por ciento donde sea que me presente”.

“No soy el mensaje, soy la mensajera”, afirma.

Hacia el final de la charla, Ana María recapitula, mira hacia el frente y –por supuesto- dice que se ve cantando “mientras pueda”, pero que anhela “hacer algo que ayude a sembrar y hacer crecer las sensibilidades y autoestima en los niños y niñas, en especial de las comunidades latinas, ayudarles a identificar los talentos que tienen y cómo pueden utilizarlos para vivir la vida amando lo que hacen”.

“Esa es la mejor lección de vida que puedo dar: hacer lo que amas y amar lo que haces”, apunta.

“La vida nos da muchos regalos, nuestra responsabilidad es identificarlos y hacer con ellos lo mejor, empezando con uno mismo. Veo a tantas personas haciendo trabajos que no les satisfacen. Una de las cosas más hermosas es levantarse cada mañana a hacer lo que más se ama. No siempre es posible, claro, pero muchas veces es por no saber identificar y canalizar los dones que tenemos. Hay que soñar en grande porque la vida es corta y tratar de hacer con ella lo mejor posible”.


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