El libro fue presentado ayer, sábado, en el Centro Sila María Calderón, en Río Piedras. (horizontal-x3)
El libro fue presentado ayer, sábado, en el Centro Sila María Calderón, en Río Piedras. (Vanessa Serra Diaz)

Camina hacia un maletín negro que tiene en su galería. Lo abre. Saca dos resmas de papel dispares, amarradas con una cinta azul turquesa, y las coloca sobre una mesa. Cada página está escrita de lado a lado con una caligrafía desordenada. Apenas hay tachaduras, solo un torrente de palabras unidas artesanalmente.

“Hay amigos que me dicen que esto es arqueología para la gente que le gusta la escritura”, dice el artista Eddie Ferraioli, a la vez que en un gesto tierno acaricia con sus manos algunas de las páginas.

“Yo no sabía lo que era una computadora hace siete años”, continúa. “Entonces me senté a escribir y salieron tres libros”, confiesa sobre el contenido de esos papeles escritos con su puño y letra que desembocaron en su primera novela “Semillas amargas: Tras la esperanza del oro negro”, cuya primera parte acaba de ser publicada por la editorial Divinas Letras.

Para Ferraioli, uno de nuestros principales vitralistas y creador de mosaicos, era natural que su proceso de escritura fuera tan menestral como su trabajo con el cristal. Por eso unió con su mano cada palabra hasta crear un gran mosaico literario a través del que revela la travesía de “Alessandro Ferraioli”, personaje ficticio que lo ha devuelto a una pasión olvidada.

Hace 15 años, sin embargo, no existían las palabras para el artista. Sumido en el silencio, trabajaba sus obras, encerrado en su fobia social y ansiedades. Pero en el año 2002 llevó a cabo su primera gran exposición en el Museo de Arte de Ponce (MAP), en la que tuvo que enfrentarse a sus miedos.

Como parte de la muestra tenía que llevar a cabo tres recorridos guiados, por lo que tenía que hacer uso de la palabra para comunicarse. A nueve meses de la apertura, Ferraioli sintió que poco a poco se apagaba. No podía dormir, todo lo que comía le caía mal y la ansiedad y el pánico se apoderaron de su cuerpo. Fue entonces que decidió visitar el psiquiatra.

“Le dije, 'o me quitas esto o me voy a tirar del piso 22 de mi apartamento, me voy a desaparecer o no sé qué locura hacer'”, relata.

El médico le dijo que se tomara un medicamento durante seis semanas y luego lo visitara para ver cómo seguía. El resultado no pudo ser mejor.

“Soy un milagro de la psiquiatría, aunque sé que hay muchos milagros”, expresa para luego explicar que desde los seis años padecía de un exceso de serotonina que le afectaba el hemisferio izquierdo del cerebro, el cual se encarga, entre otras cosas, de las funciones del habla y de la escritura.

“Tomé un inhibidor de serotonina y a las semanas, cuando regresé al médico, le dije: 'Tú no sabes lo bien que me siento'”, cuenta.

Ese episodio -del que le gusta conversar porque “nadie quiere hablar de esto”- fue la antesala a su escritura.

Primero presentó con éxito su exhibición en el MAP, donde para sorpresa de muchos habló, precisamente, de su condición emocional. “La gente pensaba que iba a hablar de mis creaciones y mis cristalitos y no toqué eso. Mucha gente vino a donde mí después de la exhibición y me dijo, 'Eddie, me encantó tu exhibición, pero me encantó más lo que te atreviste a decir porque fuiste la voz de todos nosotros que tomamos pastillitas y nos escondemos porque hay algo malo en pensar que hay un desbalance”, recuerda con una sonrisa de satisfacción.

Después de abrir esa ventana, Ferraioli sintió una urgencia en escribir. Aquella pasión que había sentido a los 17 años luego de escuchar la canción “Like a Rolling Stone”, del compositor y Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan, le regresó súbitamente.

Buscando en sus archivos encontró algunos poemas que había escrito en inglés de 1967 a 1969. Reconoció entonces a un muchacho “deprimido que no creía mucho en la palabra y que no había hecho bien su ejercicio de escritura”. Y volvieron los recuerdos.

“A los 19 años después de escribir mi último poemario dije 'no voy a seguir'... Mi cerebro estaba haciendo la transición de la parte verbal a la parte más manual y ahí es que empiezo a trabajar en vitrales y así seguí hasta el 2002”.

Luego de esa gran pausa, el artista sintió una pulsión casi obsesiva por la escritura. Lo primero que retomó fue la poesía, publicando tres poemarios: “Vírgenes eróticas y ángeles lascivos” (Terranova Editores, 2005), “Vírgenes” (Terranova, 2008) y “Mosaikus: Palabras de cristal” (Divinas Letras, 2015).

Historia inspirada en su familia

Pero en el año 2010, Ferraioli supo que había llegado el momento de redactar algo más extenso, pues tenía la fluidez. Fue así que comenzó a armar una historia inspirada en los orígenes de su familia, que proviene de Europa.

“De joven escuchaba los cuentos que hacía mi papá de su familia, que vivía en un pueblito a las afueras de Nápoles (Italia), donde tenían que bajar en burro y donde se pasaba mucha hambre. Toda esa historia que me pudieron contar de mi familia me impactó y me pude identificar mucho con ese apellido Ferraioli. A veces pienso que los nombres y las personas tienen mucho que ver con quién tú acabas siendo”, narra.

Lector voraz de libros de historia, el artista comenzó a sentirse invadido por el personaje de “Alessandro Ferriaoli Florenzano”, un niño de siete años que desciende del pueblo de “Alciello”, en el sur de Italia, camino al monasterio de Santa María del Poggio.

A esta figura le inventó un destino hasta llevarlo a Roma, donde lo convirtió en un importante importador de café -por eso el título- que llegará hasta Puerto Rico, donde le sorprenderán el amor, la locura y la muerte.

“Hay fechas y personajes históricos. Hay 'research' y mucho pa' lante y pa'atrás. Mucha de la historia ocurre en el buque español Antonio López”, adelanta sobre la primera entrega de esta trilogía de ficción, la cual no sigue un orden cronológico.

Ferraioli comparte que desarrolló las tres obras en año y medio, tiempo que se levantaba a escribir con bolígrafo y papel, según las palabras leiban llegando.

“Yo no tengo preparación en ninguna de las disciplinas en las que hay que escribir, ni cogí el famoso curso de literatura comparada de la Universidad del Sagrado Corazón. Pero me conseguí a la mejor editora de Puerto Rico, Gizelle Borrero, y ella sí tiene una maestría. Ella fue la que me instruyó en lo que tenía que hacer”, comparte sobre su editora con la que se reunió una vez a la semana durante cinco años para darle forma a su obra literaria.

El artista dice con candidez que nunca ha sido un gran lector de novelas y confiesa que el año pasado fue que se adentró en “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y en estos días ha retomado “El Gíbaro”, de Manuel Alonso.

“No leí muchas novelas, excepto las que me dieron en la escuela, pero me pude nutrir de mucha historia. A veces pienso que en Puerto Rico escribimos mucho hacia el ombligo como si el mundo no existiera. Y creo que desde el ombligo es que yo me voy a proyectar”, apunta sobre el deseo de escribir desde su país hacia el mundo.

Adelanta que en esa dirección ya tiene escritas dos novelas inéditas, “Las islas nacen libres” y “Mansión Georgetti”, en la que se desnudará como autor al presentar una historia cercana a su vida, inspirada en la demolida casa santurcina, diseñada por el arquitecto Antonín Nechodoma, la cual estaba forrada de mosaicos y vitrales.

“Ahí fue que yo los vi”, dice para así regresar a las manos y hablar de ese otro gran amor que siente por el trabajo en cristal.

Es entonces cuando Ferraioli traza algunas de las similitudes entre esos dos mundos artísticos que lo habitan y que lo acercan a otra dimensión donde el tiempo deja de existir.

“No sé cómo explicarlo, pero yo digo que no soy ni escritor ni artista. Yo soy interlocutor. Yo no digo, 'wao, Eddie el vitralista'. No. Yo simplemente pongo las manos ahí y todas estas cosas empiezan a ocurrir”, expresa sobre los misterios de la creación, para luego decir que la similitud es la alteración de la conciencia.

“La creatividad es la misma. Igual que con la mano, igual que con la palabra”, concluye sin advertir que está rodeado de sus obras y que sus codos están apoyados sobre ese manuscrito artesanal, que es un acto de fe y amor, que es lo más parecido a la poesía que había perdido y que encontró entre mosaicos.


💬Ver 0 comentarios