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El dolor en el abdomen o la espalda, puede ser una señal del padecimiento. (Archivo / GFR Media)

El aneurisma aórtico es la condición en la que el diámetro de la arteria aorta -la más gruesa del organismo- aumenta por debilidad de su pared muscular. Si no es tratado a tiempo, puede reventar (ruptura del aneurisma), lo cual ocasiona un alto grado de letalidad por hemorragia interna. 

Al conmemorarse el pasado 14 de marzo el aniversario del nacimiento del físico teórico Albert Einstein, nos llamaron la atención algunos detalles de la causa de su muerte: un aneurisma abdominal complicado. Aprovechando el caso, revisaremos ese tema, haciendo hincapié en las limitaciones terapéuticas propias de la época en que ocurrieron los hechos.

Considerado el ser humano más influyente del siglo XX, Albert Einstein nació en Ulm (Alemania) el 14 de marzo de 1879. Estando de visita en EE.UU. en 1933, Adolfo Hitler toma el poder en Alemania y Einstein decide quedarse en el país norteamericano y convertirse en ciudadano estadounidense en 1940. Su trabajo científico es enorme y su teoría de la relatividad, junto a la mecánica cuántica, es considerada la base de la física moderna. 

Con 69 años, el físico fue admitido en diciembre de 1948 en el hospital por intensos dolores abdominales. Quedó registrado en su historia clínica que, al examinarle el vientre, el médico palpó un tumor pulsátil del tamaño de una toronja en medio de su abdomen. Con la sospecha de un aneurisma aórtico abdominal, fue referido al Brooklyn Jewish Hospital, en Nueva York. Evaluado allí por el famoso cirujano alemán Rudolph Nissen (creador de la cirugía de hernia de hiato), fue sometido a la única operación disponible de la época para tratar ese tipo de casos: envolver el aneurisma en celofán con la idea de que la irritación causada por este material haría que se formara tejido fibroso cicatricial alrededor del aneurisma e impidiera su ruptura.

Einstein fue dado de alta tres semanas después de la cirugía y volvió a su vida normal. Rechazó la presidencia de Israel en 1952 y escribió su último artículo científico en los “Annals of Mathematics” en 1954. Con respecto a su salud, el único problema que presentaba ocasionalmente era un dolor en la parte alta derecha del vientre, que sus médicos achacaban a una inflamación de su vesícula biliar.

Ruptura de aneurisma

Sin embargo, el martes 12 de abril de 1955, siete años después de la cirugía de refuerzo con celofán, Einstein empezó a presentar severos dolores abdominales. Al saber desde el primer instante que su aneurisma se estaba reventando, no quiso ir al hospital. Solo aceptó ir, al ver que se iba a convertir en una carga para su familia. El diagnóstico fue confirmado, la letal ruptura de su aneurisma abdominal previamente reparado era la causa del dolor, y de no operarse de emergencia, la muerte era segura.

Einstein fue evaluado por el mejor cirujano de la época, el Dr. Frank Glenn del New York Cornell Hospital. La única operación disponible en 1955 era el reemplazo de la aorta dañada con un injerto obtenido de una aorta de cadáver. El Dr. Glenn había hecho muy pocas de esas operaciones y con muy malos resultados. Ante esa realidad, el físico tomó la decisión de no operarse diciendo: “Quiero irme cuando quiera, es de muy mal gusto prolongar la vida artificialmente, ya he hecho mi parte, y si es tiempo de irme, lo haré con elegancia”.

 Albert Einstein murió el lunes 18 de abril, seis días después de la aparición del dolor abdominal. ¿Cómo hubiera sido tratado ahora? En primer lugar, es importante reconocer que la anticuada operación con el papel celofán fue magnífica para Einstein. En esa época, un paciente con un aneurisma de 12 centímetros como el que tenía solo vivía un promedio de nueve meses y él vivió siete años con una excelente calidad de vida. Obviamente, la cirugía de los aneurismas ha progresado mucho desde la época de Einstein. 

En primer lugar, en la actualidad, la evaluación del caso es mucho más certera y detallada. En la época del experto alemán, no había tomografías axiales computarizadas ni resonancias magnéticas nucleares. Estas dos herramientas permiten una muy precisa evaluación, no solo del tamaño del aneurisma, sino también del compromiso de las dos grandes ramas en que se divide la aorta, las arterias ilíacas -que dan riego sanguíneo a la pelvis-, los riñones y las extremidades inferiores. 

En la época de Einstein, se usaban las aortografías, métodos invasivos que daban muy limitada información. Con respecto a la operación -que solo se hace cuando el aneurisma tiene más de cinco centímetros de diámetro-, en la actualidad es de dos tipos: la electiva, cuando el aneurisma no está roto, y la de emergencia, cuando la ruptura ya ha ocurrido. Existen dos técnicas operatorias de aneurismas no rotos: la clásica, abriendo el abdomen (laparotomía), y la que coloca un stent o tubo de metal en la aorta dilatada. Esta última, llamada cirugía endovascular, se hace a través de una punción de una de las arterias femorales localizadas en la ingle. 

Hoy día, la mortalidad de la cirugía abierta del aneurisma abdominal es de solo 4%. A pesar de que la mortalidad que ocurre dentro del primer mes luego de la operación es levemente menor para la cirugía endovascular, a los dos años, la mortalidad de ambos métodos quirúrgicos es prácticamente la misma. Como anécdota, Thomas Harvey, el patólogo que hizo la autopsia, se quedó con el cerebro de Einstein, pensando estudiar su inteligencia. Arrepentido porque no había tenido el consentimiento de la familia, 40 años después devolvió el cerebro a la nieta del genio. 


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