En Barranquitas se levanta un palacete que puedes visitar si buscas celebrar una boda, conocer sobre tradiciones o sencillamente disfrutar del ambiente
Por Marta Y. Garraus Figaredo / Especial para Sal! de Paseo
Barranquitas hace honor a su nombre. Pueblo pintoresco de nuestra Cordillera Central, destaca por su topografía irregular, con desfiladeros, cañones y barrancos por doquier. Su ta zona más elevada alcanza los 3,094 pies, con el cerro Torrecilla en el barrio Palo Hincado como punto más alto. A pesar de este dramático escenario, no hay atributo más significativo en este bendito lugar que el fervor de los que lo habitan.
Esta pasada primavera visité el pueblo en el marco de las Fiestas de la Inmaculada. Me habían hablado de una hermosa casa antigua llamada El Cortijo, así que pensé que se daba el momento ideal para explorar.
Subiendo por la car. 152 -bajo un cielo nublado, y flanqueada por una tupida vegetación- pasamos por un sinnúmero de chinchorros, atravesamos el pueblo de Naranjito, y seguimos rumbo a nuestro destino por una sinuosa carretera adornada de yagrumos plateados, helechos arbóreos, bambúes y flamboyanes.
Llegué a la llamada “Cuna de próceres, una hora y media después de haber comenzado el trayecto que tuvo que haber sido el paisaje que inspiró a los políticos, poetas y escritores que nacieron en semejante escenario vegetal. Luis Muñoz Rivera, la escritora Ángela Negrón Muñoz, la poetisa Clara Lair (Mercedes Negrón Muñoz), el escultor y pintor José Arnaldo Meléndez y el artesano y educador Raúl Marrero Ortiz entre otros crecieron en Barranquitas para honra de los locales.

Tanta intelectualidad tuvo que haber llevado a que se estableciera aquí el Recinto de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Y que originaran aquí las ondas de Radio Prócer, que deleita al que sintoniza con música del ayer, trova, salsa, y plena en la emisora 1380 AM.
Dicen que fue aquí también que nació el “chinchorreo” y se nota. El ejercicio de visitar restaurantes sencillos, de platos y bebidas módicas, atrae al que busca la economía en el esparcimiento.
Lo primero que visité al llegar fue el famoso Cortijo. Fue entonces que me percaté de que no llevaba abrigo para aliviar los estragos del frió. ¡Hace bastante fresco por estos lares!


Llegué al palacete de arquitectura estilo árabe, construida por el arquitecto Rafael Carmuega, su última creación, que se erigió entre 1938-1939 para complacer a unos empresarios españoles, dueños de una planta azucarera en la isla.
Declarado Patrimonio Histórico de Puerto Rico en 2003, El Cortijo fue visitado por una pareja de novios que se enamoró del lugar. Sheila Rivera y José Hiram Flores no cesaron hasta conseguir el anhelado “castillo”, llamado así por los lugareños de antaño. Fue en su momento, una de múltiples quintas o casas de campo de familias pudientes que acudían de San Juan para disfrutar del campo.
Claramente se pueden distinguir en el área detalles típicos de casas andaluzas, decoradas con motivos heredados de la cultura árabe.
Esto me llevó a años atrás. Los olores a madera, los muebles antiguos, y el silencio que resuena en este monte, donde el viento regodea con las tupidas ramas de un majestuoso ficus, flores, y demás cubren a un antiguo pozo de agua, me relajó.
Fervor en el camino

Sheila, la dueña del Cortijo, me explicó que conseguir este hogar fue un proceso de crecimiento espiritual. Cuenta que la imagen de la Divina Misericordia se le presentó en diversas instancias en este lugar, lo que abonó al encantamiento que sentía por la propiedad. Esto la llevo a, junto a su esposo, enterrar las medallas de San Antonio de Padua -patrón de Barranquitas- y de San Judas Tadeo -patrono de los casos difíciles- para que se la otorgaran. Después de todo, siempre proyectó utilizar la propiedad “para la honra y gloria de Dios”. De hecho, cada tercer domingo de mes celebra sus actos de fe y ofrenda el lugar para bodas o simplemente para que sirva de espacio meditativo al visitante. Hay que reservar para realizar tales gestiones.
El caso ese que en los jardines de El Cortijo, poco a poco, comenzó a recibir locales, residentes del pueblo, jóvenes y ancianos, matrimonios y niños.
“Una vez nos mudamos comenzamos a sentir el calor de este pueblo que, sin conocerme, me sonreían amablemente”, contó Sheila. Ella los recibía emocionada, rezaban a la Divina Misericordia, hasta que la costumbre resultó en una procesión que suele partir desde aquí hasta la Iglesia de San Antonio de Padua en la Plaza del Bicentenario Miguel Mendoza, justo en medio del pueblo.
En el pueblo

Tanto fervor tiene que tener una casa. Esa es la iglesia en la que celebran misa y a la que acuden muchos puertorriqueños de otras partes de la isla, como parte de su paseo dominical.
Salen de misa y luego visitan la Casa Museo de Luis Muñoz Rivera (787) 857 0230. Allí Rafael Pérez, vecino del lugar, mantiene aquí un centro cultural y un taller artesanal.
De la casa, muchos pasan al cementerio donde se levanta el Mausoleo de la Familia Muñoz Rivera, y donde se guardan los restos de el ex gobernador de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín y Luis Muñoz Rivera. (Abierto de martes a domingo: 8:30 am a 4:30 pm.)
A la alcaldía, si quieres, la puedes visitar pero pero en días de la semana, porque permanece cerrada los domingos.
A comer
Después de la misa es buena opción dirigirse a El Criollito, en la car. #152, la casa del Tom Collins. Aquí encuentras a Héctor el dueño nieto de la fórmula del Mokambo, un trago con muchos licores que inventó este trago especial.
Conocí a Héctor mientras degustaba el mejor Tom Collins que he probado, hecho con jugos naturales de frutas locales. Aquí se reúnen los jóvenes para compartir.
En la misma 152 encontrarás Los Monchis donde podrás saborear las mejores alcapurrias de jueyes y pinchos de pollo, y un sinfín de chinchorros y restaurantes donde divertirte.
La temperatura seguía bajando, y el hambre apretaba, era hora de ir a cenar y regresar a San Juan.