Remotas vivencias retornan a varios reos convocadas por el lápiz y el papel
Por Tatiana Pérez Rivera / tperez@elnuevodia.com
El último día del año pasado, Edna Benítez Laborde acudió a la cárcel a entregarle el libro acabado de salir de imprenta a uno de sus autores que había sido trasladado al módulo de máxima seguridad. Llegó hasta ella esposado de manos y pies.
“Él le pidió al guardia que lo soltara porque había escrito ese libro con las manos libres y quería recibirlo así. El guardia lo soltó. Él lo palpó y lo olió, pasó sus páginas y llegó a su escrito, no podía creer que estaba ahí, en tinta. Después volvieron a esposarlo, pero en su rostro se veía la libertad. Llevaba el libro en sus manos esposadas. Fue un hombre libre y esa fue mi recompensa”, recuerda Benítez, creadora del taller de literatura y escritura creativa “Desde adentro”, que hace tres años comenzó a ofrecer en la cárcel Guayama 945 como un “protocolo terapéutico”.
Gracias a este, varios presos se fugaron. Escaparon con la palabra al usarla como escudo, como arma para fulminar recuerdos y vivencias, y como conjuro de tiempos mejores.
No hay que ir lejos para encontrarlos. Están en el libro “Desde adentro, entre la universidad y la cárcel” que antologó Benítez con sus relatos y con algunos de estudiantes a los que además ofreció el taller en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, donde es profesora de literatura.
“Ellos sacaron de su alma cosas que nunca habían hablado. Por la palabra se sintieron libres, inmortales, tienen algo más por lo que recordarlos a su muerte y eso ya nadie se los quita”, resalta Benítez, quien además es abogada.
En marzo de 2010 inició “el peregrinaje” que la mantuvo varios meses visitando el módulo de seguridad mínima de la institución penal antes mencionada. Fue invitada por el programa de Salud Mental Correccional y compartía además con sicólogos y trabajadores sociales mentales.
“Fui a jamaquearlos con la literatura”, cuenta Benítez, “que se sintieran identificados con ella y que se expusieran a textos pertinentes a su experiencia de vida; desde historias medievales que hablan de la prisión hasta Gallego y Reynaldo Arenas”.
Niñez, memorias, sueños, pesadillas, la cárcel, la rutina, la libertad son algunos de los aspectos trabajados por los reos y, de forma simultánea, por los estudiantes de Benítez en la UPR. En muchos casos, no se percibe diferencia entre unos y otros.
Las confesiones arribaron de manera orgánica. “No todo el mundo se abrió a la vez, algunos lloraron primero. Fue un exorcismo. El sicólogo decía que salían unas cosas que ni en años de terapia se habían logrado”, cuenta.
La magia de la escritura
A ella le atribuye el que los confinados descubrieran -aun con limitaciones como dislexia- que era posible ir a otros mundos, retornar al suyo y entenderlo de otro modo, y hasta liberarse de fantasmas con solo escribir.
“Había un muchacho que decía que tenía pesadillas con sus delitos cometidos y otro contaba que se las causaban el recuerdo del maltrato que recibió de su papá. Me dijo que lo quería matar y yo le dije: ‘Toma, mátalo con el lápiz y el papel, esta es tu arma. Lo que tú sientas, ponlo ahí’. De catarsis como esas surgieron muchos textos”, sostiene.
El joven enfrentó a su padre en el papel y lo venció. “Un día me dijo: ‘Profesora, ya no sueño más con mi papá torturándome, eso se quedó en el papel’. Hubo venganza con licencia poética, sacaron traumas afuera y les dieron otro final”, expone.
Para la profesora resultó igual de sanador que asumieran una identidad.
“Es común que a los presos se les llame ‘mira preso’ y como chiste ellos me contaron que ahora les decían profesor, maestro o escritor, y hasta leen sus textos a sus compañeros. Ha impactado la dinámica interna”, indica toda vez que el currículo diseñado por Benítez ha sido impartido por trabajadoras sociales en penales de Ponce y en Guayama.
Inspirada por la filosofía de Fernando Picó y su propuesta de renovar la vida del confinado mediante la educación, Benítez insiste en que “la sociedad tiene que verse en la cárcel y la cárcel en la sociedad”. “Sin ese diálogo, aquí no hay salida”, culmina la profesora.