La vida es un camino en el que nunca, por la complejidad y fragilidad de las relaciones, alcanzaremos la plenitud de la maduración en el amor y perdón.
Me sentí extraño, pero cuando le dije "papi" en mi oración a Dios, sentí también la necesidad automática de expresarle un "te amo" y una sensación de ternura me sobrecogió, como un niño cuando su padre le da un beso de buenas noches al acostarnos.
Creo que en este tiempo de sequía que vive Puerto Rico, y no por falta de agua precisamente, es cuando más urgente que nunca tenemos que orar al Padre, convertirnos de nuestros pecados y confesar su nombre como nuestro Salvador. Él enviará de nuevo su lluvia.
Exijamos que nuestros directores espirituales, pastores, curas, reverendos y diáconos vivan un nuevo Pentecostés que renueve las estructuras de las iglesias de arriba a abajo.
El Padre ofreció el antídoto perfecto hace casi 2,000 años, contra un mal que causaría una muerte peor que la causa por una epidemia, porque se trataba de evitarnos la muerte eterna.
Los que en el pasado cuestionamos la inercia, indiferencia y la falta de militancia de la Iglesia en la denuncia de los atropellos al pueblo tenemos la obligación moral de asistir a este acto de fe y justicia en respaldo a los trabajadores que serán despedidos.
La salvación puede ser como ese último paracaídas disponible que nos ofrecen incluso antes de que se sospeche que la nave en que volamos sufrirá un desperfecto y caerá. ¿Escogerás a Jesús como tu salvavidas o esperarás a que sea muy tarde y ya no haya tiempo?
Las primeras palabras del Resucitado fueron “La paz esté con ustedes”. Y esa Paz, en tiempos en que la gente se desvela y vive con miedo a perder sus empleos, el mundo no la comprende porque no la conoce.
La buena noticia que tenemos que recordar, es que aunque todos hemos pecado, Jesús vino a salvar lo que se había perdido, no a condenarnos.
Si bien la Biblia establece que todos hemos pecado, también nos presenta la buena noticia de que Jesús no vino a condenarnos sino a salvarnos. Esa salvación la compró con su sangre, y aunque no estábamos allí cuando lo crucificaron, somos herederos de ese regalo, que está listo para ser reclamado.
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