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Cultura
6 de febrero de 2012
 

Invocación a la magia

Un llamado es suficiente para que los pasados integrantes del Coro de la UPR retornen a cantarle a su alma máter

 
 (ESPECIAL EL NUEVO DÍA / CHRISTOPHER GREGORY )

Por Tatiana Pérez Rivera / tperez@elnuevodia.com

Tiene las manos en las teclas del piano, los oídos en las voces del coro y la vista en sus rostros.

“Otra vez esa frase, este es un merengue tranquilo. Vamos, ‘compadre Pedro Juan que está sabroso...’ ”, pide Carmen Acevedo Lucío, directora del Coro de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, a la sección femenina de los exalumnos.

Ensayan los miércoles, a partir de las 6:30 p.m., en el Salón 117 del Departamento de Música.

Solo una convocatoria fue suficiente para que arribaran sin reparos antiguos integrantes del coro riopedrense fundado por Augusto Rodríguez en el 1936. Hay de la década del cuarenta, del cincuenta y por ahí siguen hasta llegar a los del nuevo siglo.

Sus voces son solicitadas en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico, donde con dos conciertos, el 17 y 18 de marzo, conmemorarán los 75 años del primer concierto celebrado por el coro universitario. Con la misma rigurosidad de cuando comenzó a liderar el coro en la década del 80, Acevedo acopla las voces diversas de manera que el público aprecie “un concierto grandioso”.

Cambio de página. Las mujeres ofrecen su mejor versión del tema ‘Joshua’, que cantan en inglés. Algunas graban la partitura con sus celulares para enviarlas a coralistas que ensayan en Estados Unidos y ya compraron pasaje para sumarse a los ensayos finales previo al concierto.

“Chicos, ¿ya está montado el merengue?”, indaga Acevedo sobre la canción de Luis Alberti entre los hombres que llegan al salón para unirse a las voces femeninas. Ya hay más de 50 gargantas privilegiadas en el salón. Coralistas acabados de llegar de sus trabajos y coralistas que esperaron todo el día por este momento coinciden en una experiencia que los lleva de paseo al pasado, que los hermana y los iguala.

“Ya está pulido”, contesta uno y la profesora no lo duda.

Empiezan de cero. Juntos.

“No, no, no, necesito unísono en el la”, pide Acevedo y sus solicitudes no cesan en los siguientes 20 minutos: “Quiero que paren en la a...”, “ese tenor está poderoso”, “soprano, otra vez”.

El momento requiere otra interacción. Se aleja del piano como si tuviera un resorte y se ubica frente a los cantantes. Ahora asume la pose más conocida por el público, la de directora con los brazos levantados marcando el ritmo, el orden, el espíritu del momento.

Abner Colón Alicea y Johly An Quiñones Ortiz, presidente y vicepresidente del actual Coro de la UPR-Río Piedras, observan en silencio. Cada miércoles reciben a los coralistas que les precedieron. Están deseosos porque la actual edición del coro se sume a los ensayos.

“Pasan los años pero este coro sigue teniendo magia, mira ese brillo en los ojos”, resalta Colón. “El coro marca de una manera buena. Somos de distintas generaciones, pero todos compartimos eso”, dice, por su parte, Quiñones.

Un coro con imán

Un receso brinda la pausa ideal para opinar. Acevedo presenta a Norman Veve, el integrante más antiguo del coro, quien lleva 66 años corridos cantando en corales variadas. Representa el coro del 1949, “el de Augusto (Rodríguez)”.

“Augusto no está, pero la magia y lo demás es igual”, compara épocas Veve.

Además del amor por la música que comparten, Héctor Márquez, de la década del 80, atribuye a la atracción hacia el coro el que regresen a él a la primera llamada. “Es una institución que genera mucha emoción”, dice. “Cuando me encuentro con gente con la que el común denominador es el coro, es como si hubiésemos participado de una misma experiencia, independientemente de los directores con los que estuvimos”.

Eddie Lebrón, también de los 80, subraya la experiencia distinta que posee un coralista en comparación con un estudiante universitario de la corriente regular. “Eso nos trae nuevamente al recuerdo, a unirnos, somos familia, es una vida compartida y por eso estamos aquí”, opina Lebrón.

Ya sea con Rodríguez, con Acevedo o con Rafael Ferrer, la disciplina se imponía. “Eso traía la excelencia”, señala Virginia González, también de los 80. “No sé si era la generación, pero no cuestionábamos las instrucciones”.

“Yo recuerdo la época de la glorieta”, dice entusiasmada Matilde Jiménez, del coro del 1957. “Nos reuníamos allí y Augusto era como un papá con nosotros. Fue una experiencia linda”.

Cuando solicitan integrantes de los coros de la década del 50 y 60, unos cuantos levantan la mano; de los 70 solo está Soraida Fábregas, quien cantó en los últimos dos años de Rodríguez y los primeros con Rafael Ferrer.

“Déjame decirte que muchos de los discípulos de esa época de Augusto se quedaron después que él se jubiló. Se formó después la Coral de Cámara de Augusto Rodríguez”, cuenta Lissette Álvarez Mayol, del coro del 1951.

Recuerdan matrimonios y divorcios entre los integrantes, bodas en el salón de ensayos y hasta los tres matrimonios de Augusto Rodríguez con alumnas.

“El coro une”, advierte ahogado en carcajadas un coralista.

Pedro González, del coro del 1980, celebra “el estilo de vida que nos regaló el coro”. “Nos costó mucho trabajo y esfuerzo porque, mire compay, había que ensayar y trabajar mucho, pero lo hicimos con un gusto terrible. Hicimos de esta nuestra segunda casa”, insistió.

Suzette Fuentes, del coro del 1994, aplaude el taller que significó para los que hoy trabajan como maestros de música.

“En las escuelas públicas, donde no hay instrumentos ni materiales, la voz es el principal instrumento de trabajo, así que el coro nos dio compromiso y disciplina, nos enseñó a trabajar por la calidad. Todavía luchamos por la música, sobre todo por cantar, que lo amamos con pasión”, señala Fuentes.

Enrique López, de la década de los 80, subraya una gran diferencia. Antes usaban lápiz y partitura. “Hoy tenemos lápiz, partitura y espejuelos, porque estamos cegatos”, comenta y la mayoría sonríe aliviada, como eternos pasajeros del mismo barco.

Esperan “la misma magia de siempre” en este concierto, esa que revolotea de forma natural siempre que sus privilegiadas voces están juntas. Tienen la certeza de que habrá un concierto para celebrar los 100 años del coro, “con huelga o sin ella”.

El repertorio final es secreto. Solo dos canciones están aseguradas: ‘Los carreteros’ e ‘Himno al alma máter’. Sin ellas no hay concierto. Para complacer a una exalumna que viaja en el tiempo con ellos en ese momento, se preparan para cantar una que saben al dedillo.

“Cantemos unidos un himno...”.

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