Josué Laureano se ha convertido en una conciencia externa para automovilistas y transeúntes
Por Lilliam Irizarry / Especial para El Nuevo Día
Cuando Josué Laureano era un deambulante barbú, despeinado y sucio que pedía dinero con un vaso entre los automovilistas transitaban por un semáforo de Río Piedras, le costaba entender que la mayoría de los conductores que se detenían allí día tras día ni siquiera se dignaran a mirarle.
Pero el día que llegó con el pelo recortado, su ropa limpia y cargando una caja de galletas para la venta, lo que le dio fue coraje.
“Al principio se me hizo bien fuerte la venta porque las personas me miraban con sospecha, pensaban ‘¿de dónde ese muchacho se sacó esas galletas?, ¿estarán expirás?’. Eran pocas las personas que me miraban y no me cerraban los seguros de las puertas o me subían los cristales”, recuerda quien lleva tres años y medio en un semáforo de la Avenida Muñoz Rivera, los últimos seis meses vendiendo galletas de crema de avellana cubiertas de chocolate.
Quizá por eso no lo pensó dos veces el día que, en uno de los usuales letreros que pega en un poste cercano al semáforo, escribió: “Cuando pedía dinero, que ‘es malo’, recibía más ayuda, y ahora que vendo galletas, no me ayudas. ¿Qué ironía, no?”.
Laureano todavía se pregunta con qué derecho se atrevió a hablarle así a la gente. “Le da coraje a uno con la vida. Por eso es que escribí lo que escribí”, se contesta.
Para él, lo más fuerte de vender en un semáforo no son las interminables horas caminando en los mismos 200 metros. Lo más duro es la indiferencia.
“Yo digo: ‘contra, estas personas viéndome tantos años aquí’, porque yo puedo entender que al principio cuando no conocen a uno hay que protegerse porque uno no sabe quién es esa persona, pero que después de tantos años las personas sigan con la misma indiferencia, es algo chocante”.
Antes de vender galletas, estuvo en un programa de desintoxicación de drogas y al salir a los tres meses, se le ocurrió volver al semáforo para estar entre la misma gente que lo ayudó por tres años. Ahora vende de dos a tres cajas de galletas cada día. Las compra al por mayor todos los días para que estén “fresquecitas” y les pone hielo encima para evitar que el candente sol se las derrita.
Desde que empezó a vender, sus ingresos se han reducido en prácticamente un 50%. Lo que gana solo le da para alimentarse, para comprar más galletas y para, de vez en cuando, darse el “gustito” de ir al cine. Muchos le sugieren que suelte la caja de galletas y vuelva a mendigar. No niega que lo ha pensado, pero su moral se lo impide. “Yo no me atrevería a volver a coger un vaso y pedir ahí. No, jamás. Eso sería retroceder y yo no quiero retroceder porque ahora me siento digno”.
Además, cree que volver a pedir sería fallarle a los clientes de las oficinas cercanas que le han extendido la mano en las buenas y en las malas.
“Me ayuda mucho cuando ellos me dicen ‘eso es lo que tienes que hacer’, ‘voy a ti’, ‘no te quites’, ‘ahora sí que te voy a ayudar’, ‘así es que te quería ver, trabajando’. Ellos me inspiran”, añade sobre la gente a quienes llama “mi familia”.
Laureano nunca se casó, pero tiene un hijo de 15 años que vive en Estados Unidos. Alguna vez trabajó de electricista, chofer de equipo pesado, vendedor de productos químicos y hasta de supervisor en Hogar Crea.
Aunque cualifica para recibir asistencia nutricional del gobierno, prefiere no solicitarla porque no quiere ser “un mantenío más”. Cuando se le pregunta dónde vive, responde “por ahí”. Y siempre hay quien le regala ropa.
A algunos amigos deambulantes que ahora lo rechazan, les riposta: “si yo puedo caminar con un vasito pidiendo para arriba y para abajo, no hay ninguna razón pa’ que no lo haga con una caja de galletas. Dale que tú también puedes; yo te ayudo”.
La vida de Laureano no ha sido fácil. Su infancia estuvo marcada por el maltrato; su adultez, por la adicción. Vivió hasta los 16 años “encerradito” en la casa de sus padres junto a cuatro hermanos, sin saber lo que era una cancha o un parque de pelota y con temor a que su padre regresara cada tarde. “Cuando oíamos las cadenas del portón, sabíamos que había llegado y nos metíamos abrazaditos los cinco a llorar en una cama porque sabíamos lo que nos esperaba”.
Por eso fue que huyó a estudiar en Arecibo Job Corps, donde tristemente aprendió mucho más que electricidad. “Como un medio de evadir la realidad de mi hogar, comencé a experimentar con sustancias en la misma escuela. También estaba la cuestión de la aceptación de grupo. Si tú no te unías, ibas a ser el ‘punching bag’ de todo el mundo, y tú preferías estar en la ola de dar cantazos, no en la de cogerlos”.
Reconoce que su adicción lo llevó a tocar fondo, al extremo de que lo mismo le daba vivir que morir. De ese infierno lo sacó su propia conciencia. “Hay fuerzas dentro de mí que no me dejan ni me van a dejar caer en ese abismo otra vez. Las cosas que pasaron, pasaron, y yo tengo que rehacerme y hacerlo diferente”.
Laureano ahora tiene 44 años y recién comienza a salir de la adicción. Lo hace a fuerza de voluntad y de sentirse útil trabajando. Por ello, está convencido de que el gobierno debería exigir que quien recibe ayuda gubernamental dedique de su tiempo a colaborar con la escuela más cercana.
Por lo pronto, él no tiene planes de quitarse del semáforo donde siente que sus letreros se han convertido en una conciencia para los transeúntes.
“Desde que puse esos letreritos, las personas me apoyan más. Yo le llamo a eso una conciencia externa. Es evidencia de lo afectada que tenemos nuestra conciencia, que necesitamos de cosas externas para darnos cuenta de la realidad que tenemos frente a nosotros. ¿Viste el último que puse? Dice: ‘las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra’”.