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12 de febrero de 2012
 

La historia del amor de Flavia Lugo y Carlos Marichal a través de cartas de amor

Una estudiante, un artista, muchas cartas y un amor

Durante 18 años y sin olvidar un aniversario o día especial, Carlos Marichal mantuvo la tradición romántica de escribirle a su esposa cartas de amor. Hoy, doña Flavia Lugo, su viuda, conserva decenas de ellas. (ALBERTO BARTOLOMEI BALAY / ESPECIALEL NUEVO DIA / fotomontaje / dennis fox)

Por Ana Teresa Toro / ana.toro@elnuevodia.com

Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho.

Jean Jacques Rousseau

Apreciado lector, déjese querer un poco. Si se deja, le prometo que estas letras que siguen lo van a abrazar. Y si se resiste, por miedo a sentirse cursi, las frases se le colarán como cosquillas de todos modos. Así que no se resista y déjese llevar. Porque si la invitación es a hablar de cartas de amor, debe saber que aquí no seducen hombros coquetos y tobillos descubiertos, sino palabras precisas, comas perfectas y puntos suspensivos al servicio del suspenso. Es así, la artillería gramatical del amor.

La primera carta tardó en llegar. Primero, la mirada. Era la década del cincuenta, ella caminaba por los pasillos del recinto riopedrense en la Universidad de Puerto Rico. Una joven actriz de teatro, 23 años, toda vida y ganas. Él, 26 años, joven pero con un largo camino recorrido como exiliado español.

-¿Quién es ella?, preguntó él.

-Se llama Flavia Lugo y es actriz de teatro, le contestaron.

-Con una así me caso yo, dijo.

Ella estudiaba su maestría, él impartía clases de arte. Ella terminó, sin conocerlo, matriculada en una de sus clases. Él la vio llegar y le inquirió: “¿Qué hace usted aquí? Esto no es clase de teatro”. Ella, al tiempo, se dio de baja. Él era un profesor joven, con acento extranjero y con eso que llaman “mundo”. Ella tenía un novio con el que llevaba ya cinco años. Con el tiempo se volvieron a encontrar en una guagua.

-¿Todavía tiene novio?

-Sí.

Pero el amor premia a quienes lo escuchan. Nació, discreta, una amistad. Aparecieron las flores, los libros, los jugos de china en el Nilo en Río Piedras y las caminatas hasta la parada de guagua. También apareció la culpa. “Un hombre así, imagínate, ¡quién no se enamora!”, confiesa Flavia Lugo de Marichal, quien a sus 85 años conserva la mirada brillante de la juventud cuando se enamora. “Yo me quería morir, lloraba todo el tiempo porque no podía con la culpa de saber que me estaba enamorando de otra persona. Y hablé con el novio que tenía y le dije que esa Navidad me iría a Yauco con mi familia a aclarar mi mente”, cuenta.

A su regreso a Río Piedras encontró un regalo envuelto en papel verde que había dejado el novio. La carta leía: “Esta es la esperanza de que todo vuelva a ser como antes”. Hablaron y ella le dijo que le diría a ese señor Marichal que no la buscara más, que no fuera más a la estación. A lo que él respondió: “Yo no quiero lo que otro deja”.

“Entonces yo le di las gracias porque me abrió una puerta que yo había cerrado. Mi espíritu no puede aguantar eso. Si me lo hubiese dicho mi marido también lo hubiese dejado”, dice.

La casualidad los juntó en una fiesta en casa de Francisco Arriví. Marichal diseñaba escenografías también y Flavia era ya una actriz conocida.

“Cuando me vio llegar, enseguida se sentó al lado mío y me dijo: si se casa conmigo le prometo por lo menos seis hijos. Y yo me quedé como una idiota, pero le dije: yo no le dije a usted que lo quiero. Y él me dijo: no hace falta que me lo diga. Era muy arrojado”, recuerda.

Aquello fue en Navidad. A los pocos días se hicieron novios y ya en Semana Santa, Marichal llegó a Yauco a pedir la mano de Flavia. Se casaron en siete meses.

Pero antes, las cartas. “La primera llegó enseguida que nos hicimos novios. Eran seis dibujos sin palabras para que yo entendiera quién era él, dónde había estado, la guerra, sus estudios, el exilio, México, Casablanca, París. Era como una carta de presentación”, rememora Flavia.

Las cartas están sobre la mesa, colocadas en orden y un poco envejecidas para hacerlas más hermosas aún. Él murió de lupus en el 69, con menos de 50 años de edad. Pero en la casa está su presencia en todas partes y ella lo menciona, y lo recuerda, no con el coraje de lo injustos que son el tiempo y la vida cuando se roban temprano a la gente que se quiere, sino con una especie de júbilo y agradecimiento al saberse afortunada por haberlo vivido.

“Cuando llegó esa primera yo me iba a morir de la emoción. Jamás en la vida me imaginé que alguien podía hacer algo así por mi”, dice.

Desde ahí no pararon de llegar durante sus 18 años juntos. Aparecían las cartas en la mañana en su mesa del café el día de su aniversario, del cumpleaños, en Navidad, cartas donde contaba sobre los sueños que ambos tenían, cartas escritas mientras ella actuaba en el teatro, en cada uno de los cumpleaños de los seis hijos que tuvieron, el día que recordaban a la hija que perdieron, llegaron cartas desde el hospital en su lecho de muerte, llegaron siempre. Nunca se olvidó.

“Era como un rey mago que le encantaba sorprenderme. A veces, me da como un remordimiento. Me da hasta un poco de no sé… pienso, ¿y si él me quería más que yo a él?”, comparte Flavia sin saber que su mirada demuestra todo lo contrario. Habla de uno de esos amores donde la sintonía es total. Existen esos raros hallazgos.

“Había entre él y yo una comunión. El decía que yo era lo que el necesitaba para ser feliz y yo decía que él era lo que yo necesitaba para ser feliz. Él hasta volvió a la Iglesia por mí y yo también llegué a salirme de la Iglesia un día cuando un cura estaba hablando mal de los rojos españoles”, abunda.

La llegada de los hijos los unió más. “Yo iba al hospital y esa primera noche mi marido estaba conmigo, y cuantas veces yo abría los ojos el me estaba mirando porque él temía que me le muriera”.

“Tenía que morir joven, él no era de este mundo”, dice con convencimiento.

Flavia nos deja tocar las cartas, las muestra una a una. Son más de cincuenta. Vemos dibujos, frases amorosas, intentos de apalabrar la inmensidad de esa comunión que describe. Y ella las mira, sonreída, con los ojos aún brillantes. Está enamorada.

“A veces pienso que era otro mundo. Existía el noviazgo, que es una etapa tan bonita. Ahora se vive el matrimonio antes del matrimonio. Yo no sé, yo entiendo la cosa de las hormonas pero es tan bonito ir a un baile con un muchacho y que no pase nada”, dice. “Si uno tuviera un noviazgo más largo, sin sexo, sería más fácil identificar con quién se quiere casar porque el sexo puede dar la impresión de que esa cosa que le da a uno es el amor, y se equivocan mucho”, aconseja.

Hoy, a sus 85 años, Flavia es una mujer sana con una agenda ocupada , que se ha encargado junto a sus hijos de que el legado artístico de Marichal perdure, que lleva y trae a sus amigas en su carro para arriba y para abajo y que vive en paz porque siente que “Dios me dio posiblemente una de las vidas más felices que ha habido en este país”.

Tiene algo esta mujer que no se puede describir. Será quizás una alegría de pura nostalgia que no encuentra traducción en las palabras pero que luego de arrugarte el pecho, te hace agradecerle las arrugas. De este amor, no sabe nada Rousseau.

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