Hacer turismo y recargarse de buena energía es posible en las ruinas de Chichen Itzá y Tulum
Por José Alberto Mojica Patiño / El Tiempo / GDA
Hacer turismo y recargarse de buena energía es posible en las ruinas de Chichen Itzá y Tulum. Un rugido de jaguar corre con el viento y llega hasta la entrada de Chichen Itzá. El llamado del animal inquieta un poco. Estamos en dominios de los mayas y, por tanto, de jaguares.
Es un niño estadounidense que juega al jaguar. Pero no solo es él: decenas de personas hacen lo mismo, armadas de un silbato de barro que, al soplarlo, suelta el sonido del felino, símbolo maya que representa luz y oscuridad y artesanía que venden desde 50 pesos mexicanos.
En un extremo de las ruinas, lejos de las hordas de turistas que esperan ser fotografiados con el fondo de las imponentes pirámides, un grupo de mujeres, vestidas de blanco, medita en silencio.


Chichen Itzá es uno de los destinos mexicanos mundialmente famosos y visitados. Pero ahora está más lleno que nunca. Ivonne Ortega, gobernadora del estado de Yucatán, estima el incremento de turistas entre el 20 y el 30%. Y cree que aumentará de aquí al 21 de diciembre, cuando se cumplan las publicitadas profecías mayas. Ese día habrá un ritual multitudinario.
"Se habla erróneamente del fin del mundo, pero lo que los mayas predijeron es que será el fin de un ciclo y el comienzo de una nueva era de reconciliación entre la humanidad y la naturaleza", comentó la mujer al referirse al significado de la profecía, muy distante de las malinterpretaciones apocalípticas.
Chichen Itzá no es solo un paraíso arqueológico, digno de su título de Nueva Maravilla del Mundo (2007). El lugar contagia un misticismo difícil de explicar.

Y todo eso ha convertido a estas y a las demás ruinas de la Riviera Maya en el destino ideal para aquellos que quieren hacer turismo y recargarse de buenas energías. Chichen Itzá es el punto de partida. De allí, a dos horas, se llega a la turística Cancún, donde es posible gozar de unas hermosas playas y de una sofisticada oferta hotelera. Pero si lo prefiere (fue mi caso), se puede seguir derecho hasta Playa del Carmen.
Descubriendo la Riviera
A 40 minutos, en un autobus se llega a Tulum, un pueblito donde se levantan unas de las ruinas más lindas de toda la Riviera. Después de bordear los vestigios del lugar, en un camino circundante que conduce a un cerro, se despliega un paisaje de postal: las pirámides incrustadas en las montañas y de fondo, un mar azul celeste de oleaje tranquilo. Uno se queda sin aliento ante un paisaje tan inspirador.
Tulum era algo así como el sitio de veraneo de los mayas, en el Caribe mexicano, y lo es para los turistas, que disponen de dos playas. Hay que meterse al mar, no solo para refrescarse del sofocante calor.
Desde el agua la vista toma otro ángulo, más bello aún. Mi aventura se traslada al inframundo de los mayas: los cenotes (pozos que combinan agua dulce y salada) y cuevas milenarias que abundan en la península de Yucatán.
Arribo al cenote El Edén; es redondo y su color pasa por varios tonos de azul. Y si por fuera es bonito, por dentro es espectacular. Basta con alquilar una careta para observar a los peces nadando en su universo de colores.

A diez kilómetros queda Río Secreto, una reserva natural cuyo principal tesoro es un río a 25 metros de profundidad al que se llega después de cruzar una caverna. Antes de ingresar, Santiago, el guía, explica que es un lugar sagrado "donde habitan los ancestros para la eternidad".
Un viejo maya nos autoriza para ingresar después de un breve ritual en su lengua, adobado con un incienso aromático. Adentro, parece otro planeta o, mejor, un alucinante palacio de cristal.

Cuesta creer que estamos en una caverna con formaciones (estalagmitas y estalactitas) de más de dos millones de años, de asombrosas y diversas formas. Y así, en las entrañas mexicanas, termina este viaje al fascinante mundo maya.