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6 de diciembre de 2012
Puerto Rico Hoy
 

“Lo componía todo con una sonrisa”

Los padres y la esposa recuerdan a José Enrique

Por Osman Pérez Méndez / osman.perez@elnuevodia.com

En medio  del sufrimiento, su viuda, Nadya Ruiz, no pudo reprimir una leve sonrisa al recordar a su marido. <font color=(JUAN.MARTINEZ@GFRMEDIA.COM)" title="En medio del sufrimiento, su viuda, Nadya Ruiz, no pudo reprimir una leve sonrisa al recordar a su marido. (JUAN.MARTINEZ@GFRMEDIA.COM)" />

Tenía una sonrisa distintiva que lo acompañaba siempre y le llevaba a encontrar amistades por doquier.

“De verdad que siempre estaba así sonriente. Así mismo como lo ven en esas fotos”, dijo anoche Nadya Ruiz, mientras recordaba a su esposo, José Enrique Gómez Saladín.

“Ese era su sello, la sonrisa”, le secundó don José Gómez, papá del joven publicista cuyo asesinato ha conmocionado al país.

“Él lo componía todo con una sonrisa, estuviese bueno, malo, enfermo, triste, si lo regañaban y se asustaba... una sonrisa de acá a acá”, insistió doña Carmen Saladín, madre de José Enrique, haciendo un gesto que indicaba una muy ancha sonrisa.

“Él era así, siempre. Le puedes preguntar a cualquiera de sus amigos, y siempre fue así”, reiteró Nadya.

La historia de amor entre Nadya y José Enrique comenzó bien temprano.


“Nos conocimos de la escuela. Pero entonces, yo sabía quién era él y él sabía quién era yo, pero ni yo me fijaba en él ni él en mí”, recordó Nadya de cómo se conocieron. “No es hasta que llegamos a la universidad que comenzamos a cultivar una amistad. Ahí empezó a surgir todo. Él y su hermano me llevaban a mi casa ciertos días a la semana, porque yo viajaba por pasaje. Ellos me hacían el favor de llevarme dos días a la semana que salía tarde”.

Nadya recuerda que tenían muchas amistades en común de la escuela y la universidad, y que comenzó a frecuentar la casa de José Enrique.

“Fuimos amiguitos primero. Para ese entonces, yo tomaba una clase de lenguaje de señas. Y yo sin darme cuenta, él me fue sacando palabras, cómo se decían en seña, y luego de un mes de ser amiguitos, me preguntó en señas si quería ser su novia”, rememoró Nadya sonriendo.

José Enrique nunca tuvo respuesta a la pregunta.

“Hasta el sol de hoy, nunca le contesté. Me emocioné tanto que lo dejé sentado en el salón y salí corriendo por el pasillo”, relató Nadya.

“Así fue como comenzó todo. Él tenía 19 años, yo tenía 17”, dijo la joven viuda, quien anoche, a pesar del dolor que atraviesa la familia, pudo tener algunas sonrisas reviviendo momentos felices que tuvo junto con José Enrique.

“Mis 18 años me los celebró. Fue un surprise con mis amigas más cercanas. Fue con una de mis amigas a comprar el bizcocho, y todas se escondieron en la cocina. Cuando me trajo de regreso a casa, ellas estaban ahí para celebrar mi cumpleaños”, dijo Nadya.

También, se disfrutaba hacer bromas.

“A él le gustaba, en el carro, cualquier cancioncita ridícula, cualquier ruidito ridículo que encontraba, él se ponía a bailar y me agarraba la mano, y me hacía bailar. Y yo me moría de la vergüenza. Y él lo hacía solo por hacerme sentir así, porque sabía que yo iba a protestar y no iba a querer hacer el ridículo”, dijo entre sonrisas Nadya.

Recordó que, además de ser un amigo excepcional, donde quiera que iban hacía a amistades o conocía a alguien.

“Dondequiera que íbamos él encontraba alguien que lo conocía, ya fuera de los Boy Scouts, del mismo voleibol o de la escuela o del trabajo. Siempre conocía a alguien”, dijo Nadya, quien por tal razón no encuentra para nada raro que hayan surgido tantas muestras de solidaridad hacia la familia.

“Mi fan número uno”

“Él me llevaba a mis prácticas (de tiro con arco) los fines de semana. A él para nada le interesaba”, dijo Nadya, quien representó a Puerto Rico en la arquería a nivel internacional.

“Siempre ha sido muy deportista, baloncesto, voleibol especialmente, jugaba voleibol en nuestra escuela. Y siempre le han gustado los deportes”, aclaró.

“Sin embargo, el tiro con arco no le llamaba la atención. Me llevaba, se sentaba ahí detrás, pero nada que ver. Se llevaba un Game Boy a jugar. Una silla, un Game Boy y se quedaba ahí jugando, no le llamaba la atención”, relató Nadya.

“No es hasta que nos casamos que entonces fue como que, pues, no puedo contra el enemigo, me uno. Y empezó a practicar el deporte y a apoyarme. Porque entonces ese año que nosotros nos casamos fue la vez que yo representé por primera vez a Puerto Rico, en unos juegos Panamericanos”, agregó.

“Él fue mi fan número uno. Me apoyó todo el tiempo. Las veces que yo pensé retirarme, cuando venían esos momentos de frustración, él era quien me hacía pensar las cosas dos veces”.

“Si algo me iba mal en el deporte, él me observaba, me tomaba fotos, me tomaba vídeos, me daba su opinión. Me ayudó a tomar decisiones dentro del tiro. Y cuando llegó el momento de retirarme, también respetó mi decisión. No quiso influenciar en esa decisión y me ofreció todo su apoyo”, dijo Nadya.

Aunque José Enrique practicó el tiro, Nadya considera que “quizás no fue muy bueno. El trabajo que tenía no le permitía dedicar mucho tiempo al entrenamiento”.

“Llegó a competir y eso, pero... yo le podía ganar fácilmente. Yo creo que era lo único”, recordó Nadya sonriendo.

Antes de compartir en el deporte, Nadya y José Enrique también compartieron cuando jóvenes en un teatro de títeres, cuando eran novios.

“Él era titiritero, hacía el sonido. Yo trabajaba con ellos organizando los muñecos y quitando y poniendo detrás del castillo del teatro”, dijo Nadya, recordando que siempre que había cerca algún bebé, niño o niña, “obligatoriamente, era que empezaban a hacerse muecas, a sacarse la lengua”.

“Era un imán para los muchachos”, dijo don José.

“Los nenes lo querían muchísimo”, abundó doña Carmen.

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