La primera década de vida formal de la organización de confinados se revisa en un nuevo texto de Josué Montijo
Por Tatiana Pérez Rivera / tperez@elnuevodia.com
El grito de los 30 ocurre a fin de mes. En ese momento, los confinados adscritos a la Asociación Pro Derechos del Confinado, Ñeta, se reúnen y escuchan un mensaje acerca de la filosofía que los guía y las implicaciones de estar adscrito al grupo. Se recuerda a los compañeros muertos y al líder fundador, Carlos “La Sombra” Torres Iriarte. Entonces viene el grito que se repite: “asociación ñeta”, “asociación ñeta”, “asociación ñeta”.
“La impresión final que me dejó esta investigación es que los Ñeta es un fenómeno que escapa a cualquier explicación sencilla, que aguanta múltiples miradas, que evoluciona constantemente de un lado al otro y puede seguir explorándose desde múltiples perspectivas”, manifiesta Josué Montijo, autor del ensayo “Los Ñeta”, publicado por la editorial La Secta de los Perros en colaboración con Libros AC y el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.
Esa década fundacional, los ochenta, la reorganización de inicios de los noventa y, particularmente, ese grito de los 30 intrigó a Montijo cuando era estudiante de maestría en el Departamento de Historia en la UPR en Río Piedras.
Y se lanzó a investigar. Poco más de un lustro tomó a Montijo la investigación que reúne fuentes como documentación de las agencias estatales, periódicos de la época, documentos escritos por los presos a raíz de las comisiones de la reforma penal, vistas públicas y testimonios orales de personas que estuvieron presas o involucradas con el sistema carcelario y el fenómeno de las organizaciones.
“El lector que enfrente el texto puede estar seguro de que todo lo que establece el mismo responde a un rigor historiográfico propio de los trabajos académicos”, menciona sobre lo que en principio se convirtió en su tesis.
Para explicar la existencia de los Ñeta -y otras organizaciones similares-, Montijo parte de la premisa de que “en el contexto de encarcelamiento, los sujetos van a buscar la forma de organizarse, ya sea para defenderse de los agresores o para imponerse a los demás y ser agresores”.
Le parece ideal una cita de Fernando Picó, historiador y estudioso del tema que prologa el trabajo y que abordó el tema en su libro “El día menos pensado”.
“Él dice que de la misma forma que las personas en las comunidades unen esfuerzos para solucionar sus problemas -como, por ejemplo, cerrar urbanizaciones para lograr la seguridad que el Estado no provee-, los confinados se unen para enfrentar las condiciones atroces de la vida en prisión ante la desatención del Estado”, sostiene.
Canalizar peticiones, adelantar soluciones, defenderse, exigir; la agenda de los Ñeta es extensa y cambiante. Agresiones, hurtos, violaciones, entre otras, encabezaban las denuncias de los confinados. Querían combatir el abuso. Tener paz y regalársela a sus familiares.
“Si revisas las primeras reglas de los Ñeta, estas consistían en regular la vida del confinado. Una de las primeras era que no se podía violar y agredir de ninguna forma o robar a los compañeros”, argumenta Montijo.
Cuando todo empezó
El autor siempre aclara que si bien La Sombra es considerado el líder fundador de la organización de presidiarios, este se rodeó de otros líderes igual de importantes.
“Pero a quien los mismos confinados reconocen como el líder máximo es a él”, apunta Montijo y agrega que su liderato creció en un motín ocurrido a finales de los setenta en la Cárcel La Princesa.
“Fue importante porque viene a ser la primera gestión pública que hacen los confinados para denunciar las pésimas condiciones en que vivían y demostrar al Estado inquietudes severas sobre su forma de vida porque querían cambiarlas. La secuela fue que el mensaje se fue esparciendo por la población penal y es el fundamento de la organización”, destaca.
Los Ñeta divulgaron su mensaje y otras agrupaciones existentes -como Los 27 (Movimiento 27 de junio de 1980)- lo resintieron. Todos querían imponer reglas de cómo vivir en el territorio carcelario.
“Era un montón de jueyes machos dentro de la misma jaula. Eso te da un cuadro completo de la situación”, afirma Montijo.
Este señala que la muerte de La Sombra en marzo del 1981 disparó las hostilidades entre los confinados.
“Seis meses después fue asesinado el entonces líder de Los 27, Rafael ‘Manota’ Ayala Ortiz. Los mismos presos, ante esta situación, pidieron a (el Departamento de) Corrección que los separara y en el 1981 Los 27 se fueron a la Cárcel Regional de Guayama y Los Ñeta fueron a Oso Blanco y a la Cárcel Regional de Bayamón. Ambos grupos sobreviven y han salido otros más”, sostiene aludiendo a, por ejemplo, NG-25.
Tras la reorganización a inicios de los noventa, evolucionaron del liderato de base a uno a nivel Isla.
“De ahí en adelante, con Benjamín y Bonifacio a la cabeza, comenzaron a pronunciarse sobre asuntos muy de su momento. Por ejemplo, estipularon que los acusados de vandalismo escolar o los que involucren inocentes en masacres no podían pertenecer a la organización. Ahora mismo tienen esa problemática y hay que ver cómo abordan ese reto”, acaba Montijo.
El libro ya está en las librerías y se contempla una versión electrónica.