Cada vez es mayor el número de hombres cuya paternidad implica criar solos a sus hijos
Por Mildred Rivera Marrero / mrivera1@elnuevodia.com
Tanto se habla de la figura de la madre y se ensalza a quienes crían solas a sus hijos, que, en general, pasa desapercibida la transición que experimenta el rol de la paternidad en manos de hombres más comprometidos con la crianza de sus hijos.
Hoy es más común ver a padres que cuidan, visten, alimentan, llevan a sus hijos al parque, al médico, a clases en y fuera de horas escolares, que comparten más con ellos y que, incluso los crían solos. No que antes no hubiese ese tipo de padres, mas no con la cotidianidad que se ven ahora.
Ese cambio en la forma en que los padres están asumiendo la responsabilidad de la paternidad y la crianza lo han notado los psicólogos Mercedes Rodríguez y Enrique Gelpí Merheb, este último especialista en niños y adolescentes. También lo destaca la demógrafa Judith Rodríguez a la luz de estadísticas del Censo que, por primera vez en décadas revelan un alza notoria en la cantidad de hombres que están criando solos. En el 2010 representaron el 7.8 del total de familias.
“Es un cambio histórico Eso está a tono con una tendencia hacia la masculinización del hogar. Es indicativo de la mentalidad del hombre y cómo está asumiendo roles. Es una tendencia que uno espera que suceda porque es mucho más fácil que la mujer se inserte en el mundo laboral y el hombre asuma el mundo de la casa. Las familias tienen que hacer gestiones adaptativas a los cambios que se dan en la sociedad”, sostiene la Demógrafa.
El doctor Gelpí destaca que “los estudios dicen que la presencia de los dos padres es un factor de protección para que esos menores crezcan más saludables y los padres varones han entendido eso”.
Con los muchos niños, adolescentes y padres que atiende en su práctica, Gelpí ha visto de primera mano los cambios, aunque reconoce que aún falta que los hombres asuman más responsabilidades de la rutina doméstica, particularmente si su pareja trabaja.
“El cambio del rol del padre en la crianza ha sido bastante grande. Veo que los padres reconocen la relación de apego. Antes el padre se excluía de esa relación. Veo más papás llevando a los hijos a los parques, a las clases de música. Le dan más importancia a ser padres más afectivos, que la comunicación no sea autoritaria, que buscan la forma de compartir más con ellos en las cosas que les gusta”, dice.
Ese cambio es palpable en padres de 20, 30 y 40 años, según Gelpí, quien recuerda cómo se asombraban algunas madres cuando él -de 48 años- llevaba a su niña al pediatra, le daba leche y la cambiaba, y de cómo se ofrecían a ayudarlo pensando que no podía cumplir la labor. Sin embargo, destaca que es en una generación anterior en la que se puede identificar el origen de ese cambio.
En ese grupo está Cándido Andrés Paz Marcano, de 58 años y residente de la Península de Cantera. Se casó a los 29 años y cerca de tres años más tarde se separó de su esposa y asumió la crianza de sus hijas, entonces de un año y dos años y medio. Continuó trabajando y tuvo la ayuda de su madre para cuidar a las pequeñas, pero asumió la mayor responsabilidad y se convirtió en madre y padre. Hoy, los tres celebran esa experiencia.
“Desde el primer día, nunca he faltado a una graduación, a un día de logros, a un field day. A veces iba y era el único entre 20 madres”, dice mientras repasa su vida de familia.
“Me siento bien agradecido porque el sacrificio no fue en vano”, sostiene, para luego destacar que su hija mayor Mireysa, tiene una maestría en Administración de Empresas, y la segunda, Yabritza, es enfermera.
Durante la entrevista recordaron entre risas cuando su papá las peinaba, o cuando Mireysa se quedó en una guagua de la AMA mientras los demás bajaban y les hizo pasar tremendo susto. También recuerdan la insistencia de su padre de que estudiaran.
“Yo trabajaba en el hospital de área y llegaba y me ponía a hacer asignaciones con ellas”, recuerda Paz.
“¡Y nos hacía exámenes!”, aprovecha para comentar Yabritza. “Ahora, de grandes, eso ayuda porque yo casi no estudiaba (en la universidad) porque ya había escuchado (atentamente) en las clases”.
Esa insistencia tenía una razón. Mireysa revela que “nos decía que no quería que nos quedáramos estancadas y que dependiéramos de las ayudas del gobierno; y tenemos un trabajo estable, nuestras cosas no se las debemos a nadie, nos esforzamos. Todo se lo debo a él. Es tremendo padre, señala en la entrevista realizada en la casa de Yabritza, jefa de familia y madre de dos hijos.
Esta también recuerda que a su papá “le gustaba caminar y yo lo acompañaba, y veíamos películas y él siempre sabía lo que pasaba, aunque no la hubiese visto antes y nos preguntaba a ver si entendíamos”.
En medio de tantos buenos recuerdos, reviven, irremediablemente, el embarazo de Yabritza, cuando recién salió de cuarto año de escuela superior. Como si hubiese sido ayer, Paz no puede contener el llanto, se tapa la cara, enjuga las lágrimas con un pañuelo. “Es que era muy jovencita”, explica más tarde.
Eso complicó el panorama en una familia de un solo ingreso y de bajos recursos. Pero buscaron la manera, Yabritza -que tuvo un segundo hijo y se separó del padre de sus hijos- comenzó a estudiar, luego trabajó y, cuando retomó sus estudios, Paz, que había perdido el empleo, asumió la figura de abuelo-padre. Llevaba los nenes a la escuela y los cuidaba. Hace poco regresó al mundo laboral.
Paz y sus hijas son ejemplo de una nueva construcción de familia, de acuerdo con la psicóloga Rodríguez. “Lo que hay es un abanico de realidades. En la medida en que nosotros, como sociedad, aceptemos la diversidad, que no es menos familia la madre que cría a sus hijos, que el hombre que asume ese rol o la abuela que asume el rol de madre, vamos a poder valorar las riquezas y fortalezas de esas familias”.
Un hombre que decide adoptar solo también es parte de esas nuevas familias que rompen con el esquema tradicional. El arquitecto Carlos Juan Ralat Avilés, de 56 años, es ejemplo de ello. Criado en Utuado, pero residente de Mayagüez, explica que ha vivido una vida intensa, en la que ha trabajado mucho y ha viajado mucho.
Adopción en solitario
“Siempre quise ser papá, pero nunca me casé y no se dio el momento”, confiesa. Fue un cliente suyo el que le habló de la adopción y comenzó el proceso aquí con el interés de adoptar a un niño de entre cuatro y cinco años, sin escuchar a quienes pretendían desalentar sus planes. Como no se logró, optó por buscar una agencia de trámite de adopciones a nivel internacional, con la asesoría de Sara Santiago. Tenía que ser en un país que permitiera la adopción por parte de hombres solteros y escogió Colombia esperando una similitud cultural y física.
Finalmente, hace cuatro años surgió la posibilidad de adoptar un varón, pero junto con sus dos hermanas, en Medellín. Un año más tarde terminó el proceso y los niños, Manuela Sofía, Andrés Felipe y Mariana Julita, entonces de cinco, seis, y diez años, respectivamente, llegaron a su vida para traer grandes cambios.
Limitó las reuniones de trabajo y las salidas de noche. Cambió los colores de su casa y acondicionó cuartos y baños para los menores. Le ha pasado blower y plancha y ha maquillado a la mayor, que tomó clases de modelaje. “¡Yo no sabía maquillar. En mi vida había hecho eso!”, dice en medio de risas. Les compra ropa y zapatos, incluyendo el primer brassiere de la mayor. Y le tocó explicarles el ciclo menstrual para que entendieran lo experimentarían las niñas en la pubertad.
Aunque al principio lo hacía todo, el trabajo de su oficina aumentó y se rodeó de un grupo de mujeres que llama su grupo de apoyo que lo ayudan en las tareas del hogar y el cuido de los niños.
“Le he preguntado a padres que son padres porque yo no sabía cómo ser padre y me han dicho que les pasó lo mismo. Son mis hijos, desde que los vi son mis hijos”. Al principio, dice, los dejaba hacer cosas para observarlos y ver qué les gustaba y qué conductas tenían, cosa que algunos familiares criticaron por entender que no lo respetarían. “Pero sí me respetan”, afirma.
Ralat asegura que su vida “ha cambiado completamente. Yo compraba ropa para mí todos los meses, ahora no compro nada para mí, es para ellos. Ellos son mi mundo. Mi entorno”.