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8 de septiembre de 2013
Puerto Rico Hoy
 

Mujeres con dos condenas

El estigma social que sufren las confinadas resulta en un abandono por parte de sus familias

 

Por Mildred Rivera Marrero / mrivera1@elnuevodia.com

Vega Alta - Como reflejo de una sociedad que es más severa con la mujer, las confinadas tienen, en general, poco apoyo familiar y social, y menos oportunidades de reintegrarse a la sociedad que los presos.

La mayoría de las 419 inquilinas de la Escuela Industrial de Vega Alta son jóvenes con poca escolaridad, de ingresos bajos y con un historial de abuso de drogas y alcohol, según un perfil realizado por el Departamento de Corrección y Rehabilitación. Ese historial, junto con condiciones de confinamiento que no permiten una rehabilitación real para la gran mayoría, lleva a una alta reincidencia. Ello afecta, no solo a sus familias, sino a la sociedad porque no se convierten en personas productivas, entre otras razones, según confinadas, personal de Corrección, profesionales que les brindan servicios de salud y una voluntaria que les da ayuda espiritual.

“Sí. Siempre la mujer está en desven taja. (Para ellas) es más difícil estar en la cárcel que para el hombre”, afirma la reclusa Ana Negrón Merced, al preguntarle si siente que la sociedad es más fuerte con la mujer que con el varón confinado. Su afirmación fue simultánea a la de sus compañeras Concepción Alemán Requena y Eliaenid Rosado Marrero, entrevistadas a la misma vez por El Nuevo Día.

La experiencia de ser una mujer presa

Esa dureza en el trato de la sociedad hacia la mujer se refleja en la falta de apoyo familiar hacia la confinada y la carencia de servicios del Estado y el tercer sector, así como de profesionales que estén dispuestos a ofrecer sus servicios en la institución.

Cuando se trata de la familia, a la mujer le va mucho peor que al hombre encarcelado, al que generalmente su pareja lo visita con frecuencia y lo espera hasta que sale de la prisión. Sin embargo, es común que la pareja abandone a la confinada, y que su familia y amigos tampoco la visiten ni la apoyen, coincidieron los entrevistados.

“Culturalmente el hombre no espera. Ves que las que les llevan los hijos son otras mujeres de la familia”, ilustra Begoña Rivera Alonso, gerente de Servicios de Salud Mental, de Correctional Health Services (CHS), compañía que da servicios de salud física y mental en las cárceles desde hace 10 años.

Las tres reclusas entrevistadas dicen que ese no es su caso. Aseguran que reciben visitas frecuentes de su familia más próxima, mas no así de otros allegados, vecinos o amigos. Reconocen, no obstante, tener muchas compañeras (llamadas confinadas limitadas) cuyos familiares no las visitan ni les depositan dinero para que compren en la comisaría. Ana y Concepción dicen compartir sus recursos para que otras puedan comprar artículos de uso personal.

Sufren por los hijos

Su preocupación por los hijos las distingue de los hombres presos. Ellos, por lo regular, se preocupan principalmente por su madre, según Rivera Alonso.

Y, para las confinadas no hay diferencia si vivían con los hijos o los había abandonado para deambular en las calles, revela la sicóloga Migdalia Pérez, coordinadora de Salud Mental de CHS. “Siempre son madres. Aquí tienen el tiempo y no están bajo los efectos de las drogas. Están limpias y pueden sopesar lo que están perdiendo”, agrega.

“La parte más difícil es cuando ellos (los hijos) vienen. Los domingos de visita uno baja (a la sala de reunión) bien dispuesta, contenta, para que la familia vea, aunque uno está mal”, dice Negrón, a quien visitan su esposo, con quien lleva 14 años, y sus hijos. Asegura que lo que le ocurrió “fue un accidente”.

“Yo hago como el payaso, voy tranquila. Pero, cuando se van, uno se destruye totalmente”, dice amargamente Alemán, cuyo esposo está confinado en la cárcel Guerrero, en Aguadilla, por el mismo delito de apropiación ilegal por el que ella fue juzgada. La visitan sus hijos y nietos, quienes se turnan para ver al padre. Ella y su esposo tenían negocios en Hormigueros.

Es, con Negrón, una de las pocas adultas mayores en el lugar, lo cual ha dificultado su convivencia por la diferencia de edad con el resto de la población. A pesar de eso, asegura que sus temores iniciales, de ser maltratada físicamente, no se cumplieron. “Ha sido menos malo de lo que esperaba”, sostiene Alemán, quien, como Negrón, no se ajusta al perfil típico de la confinada.

Difícil la Rehabilitación

En términos de la atención que reciben en la institución, Alemán cuenta que sus hijos le indican que en Vega Alta hay más servicios que los que recibe el esposo en Aguadilla.

La administración dice que carecen de colaboración comunitaria para dar mejor servicio, pues pocas organizaciones no gubernamentales se los dan. Solo tienen un programa semanal de capellanía que ofrecen las iglesias católica y protestante, y no fue sino hasta hace poco que les llegó un maestro, lamenta la superintendente de la institución, Ana López Rodríguez. Indicó que eso debe ser por la idea equivocada de que las reclusas pueden hacerles daño. Corrección ofrece clases de artesanía, horticultura, y de cocina, además de emplear a algunas reclusas allí.

“Yo me metí en todo lo que nos ofrece para matar el ocio”, dice Rosado. Sus expresiones confirman que la escasez de ofrecimientos en la institución deja a las confinadas con mucho tiempo de ocio y, por lo tanto, obstaculiza cumplir con la misión de rehabilitación del sistema. La situación empeora fuera de la prisión porque carecen de un sistema de apoyo que aleje la reincidencia.

“Cuando salen a la calle no siguen el tratamiento y todo lo que se logró con este equipo multidisciplinario se pierde”, lamenta Daniel Hernández, director de Servicios Clínicos de la institución. Explica que a las excarceladas se les hace un plan de atención médica, con citas médicas coordinadas y recetas. Pero si no tienen alguien que les de seguimiento y apoyo para enfrentar su nueva situación, en la mayoría de los casos no continúan con el plan.

Eso abona a la reincidencia, coincidió Manuel A. Quilinchini, director ejecutivo de CHS. Rosado ha visto reingresar a muchas confinadas durante el tiempo que lleva allí.

“Se necesitan más hogares de transición”, dice Hernández, con quien coincide Raúl Cortés Martínez, gerente de la unidad psicosocial.

Corrección tiene un hogar intermedio para mujeres y tres para varones. Rafael Malavé, de la oficina central de Corrección, dice que eso se debe a que las confinadas son el 3% de la población penal del país, que asciende a 12,489, y que un hogar es suficiente

El sistema es cuestionado por otros conocedores. “El sistema no está hecho para rehabilitar porque tú ves el trato. Los oficiales de custodia (en su mayoría) no están preparados, no están conscientes de que trabajan con seres humanos. A veces, se confunde la disciplina con un poco de maltrato”, asegura Ada Evelyn González, de la Pastoral Penitenciaria de la Iglesia católica y quien hace seis años ofrece servicios de capellanía en la cárcel de mujeres.

Con menos salud

Ls mujeres son más exigentes y pueden ser más fuertes en la forma en que exigen los servicios. Pero también tienen mayores quebrantos de salud, señalan los directores entrevistados.

Por lo general, llegan más enfermas que los hombres que ingresan a prisión y sufren varias condiciones de salud, tanto físicas como mentales. Un 90% de las ingresadas tienen problemas de adicción y son sometidas a desintoxicación.

“Llegan más deterioradas que los hombres porque aguantan más castigo, resisten más”, declara Hernández.

Esa situación -que le envejece prematuramente la apariencia a muchas - provoca que la atención médica que les ofrece CHS cueste dos veces más que el tratamiento de los varones.

“Por cada dólar que gastamos en un hombre, me gasto dos en una mujer”, asegura Quilinchini. Los servicios que se le ofrecen son comprensivos, explica.

“Es el grupo más impactado en salud mental porque la mujer tiene la separación de los hijos y la familia, y el impacto es más severo”, agrega. Han notado que las mujeres están cometiendo delitos más serios, con lo cual se asemejan a los varones. “Ahora el 45% son delitos graves”, indica Quilinchini.

Una evaluación que hizo CHS con los datos de la población penal entre 2002 y 2008 en la que se destacó el uso de drogas y la depresión mayor entre las confinadas. También tuvieron una mayor prevalencia de asma en comparación con los varones. No se ha identificado la causa de la diferencia.

Para atender a la población penal, CHS espera terminar en octubre un centro médico correccional para usarlo a partir de febrero, indica Quilinchini.

En términos de los servicios, explica que cuando una confinada llega a la institución se le hace un cernimiento en las primeras 24 horas y una evaluación completa que tiene que completarse en los primeros siete días.

Hay personal que les administra los medicamentos, pero la reclusa se puede negar a tomarlos, como ocurre con las medicinas para la Hepatitis C, que son fuertes para el estómago, expone el experto sobre el nivel de cumplimiento con el tratamiento médico.

Sin embargo, hay rezago en el tratamiento sicológico y social. González lamenta que las trabajadoras sociales no den abasto y no puedan ofrecer servicios para mejorar la autoestima de las confinadas y ofrecerles herramientas para manejar sus problemas y prepararse para vivir en la libre comunidad.

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