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Las máquinas quizá puedan pensar, pero carecen de empatía. (Archivo/ Thinkstock)

Por Richard Branson/ Fundador de la marca Virgin

En 1950, el año en que nací, Alan Turing, quien es ampliamente considerado el padre de la ciencia computacional y la inteligencia artificial, escribió un ensayo que iniciaba con una pregunta: “¿Las máquinas pueden pensar?” Más de medio siglo después, la respuesta parece ser: “Sí, pero…”.

Como alguien que ha sido descrito como el ejemplo por excelencia de quien pide “no me confundan con los hechos”, no soy la máxima autoridad sobre inteligencia humana, ya no digamos inteligencia artificial. Sin embargo, me preocupa el número de empresas establecidas y de emprendedores en ciernes que se muestran cada vez más ansiosos por apostarlo todo a lo que les dicen los datos. En otras palabras, los algoritmos y los datos no deberían interferir con el buen emprendimiento a la vieja escuela y por instinto, sin importar cuán distantes pudieran estar esos días.

He aquí un ejemplo de lo que quiero decir: hay ciertas industrias donde rige la big data. Estamos empezando a ver titulares como “BlackRock hace crecer la big data” en la revista Institutional Investor, y “Los últimos días del seleccionador de acciones a medida que las administradoras de dinero adoptan la IA” en el Financial Post. Artículos como estos demuestran el alcance que la IA está teniendo en los negocios, pero no debemos olvidar que, a diferencia de las máquinas que “piensan”, solo los humanos tienen la capacidad para analizar una idea u oportunidad de mercado y decir “al diablo con los datos. Quizá esto no funcione en teoría, pero mi instinto me dice que funcionará en la práctica”.

Ese valor para tomar decisiones que van contra lo que los datos pudieran sugerir se basa en alguna combinación de los errores pasados, la información de mercado anecdótica (de la cual tu propia gente en el campo es una gran fuente) o simplemente los instintos contrarios que te dicen que ahora es el momento de abandonar la cautela y exclamar: “al diablo, hagámoslo”; o más bien, “al diablo los datos, hagámoslo”.

De hecho, me pregunto qué habría dicho la IA basada en datos con respecto a las probabilidades de que dos tipos llamados Steve ? Jobs y Wozniak ?compitieran exitosamente con empresas como IBM en los años 70. ¿Y qué algoritmo habría predicho que en un plazo de solo 13 años tras la fundación de Tesla, la empresa de Elon Musk superaría a Ford Motor Company en capitalización de mercado, y lo hiciera con menos de 2 por ciento de las ventas de unidades de Ford? Después de todo, aunque Musk no era un “tipo del sector automovilístico”, sus instintos le dijeron que, pese a tropiezos anteriores en la industria, los autos eléctricos eventualmente serían los vehículos del futuro. Además, aun cuando sus empresas solar, espacial y automotriz son de alta tecnología, es intrigante que en 2014 Musk advirtiera a una audiencia en el MIT que el sector tecnológico debiera ser “muy cuidadoso” respecto de la IA: “Con la inteligencia artificial”, dijo Musk, “estamos convocando al diablo”.

En 1984, cuando iniciamos Virgin Atlantic Airways, el diablo que enfrentamos fue otro tipo de IA ? la Inteligencia de las Aerolíneas ? en la forma de gigantes profundamente atrincherados como British Airways, Pan Am y TWA. Las métricas de las aerolíneas tradicionales esencialmente gritaban: “¡Esto es una locura! ¡No puede funcionar! ¡No lo hagan!” Esta es precisamente la razón por la que no dejamos que los datos se entrometieran.

Aunque los llamados “expertos en la industria” insistían en que una empresa como la nuestra seria completamente insostenible y nos condenaría a una pronta desaparición, nosotros nos enfocamos en pensar diferente sobre la industria. Si estuviéramos iniciado Virgin Atlantic hoy, me preguntó cómo la IA cuantificaría los beneficios de un intangible como la sonrisa de un asistente de vuelo. ¿Qué dirían los datos sobre ganarse a los clientes con cortesía y respeto?

Me preocupa especialmente que la gente que está desarrollando la IA lo esté haciendo a costa del desarrollo del talento humano, y restando importancia a todos los instintos y el aprendizaje experiencial que nos ha hecho pasar de vivir en cuevas a las sociedades modernas de hoy. Siempre que sea posible, las empresas deben empoderar a su gente para que tomen decisiones in situ y reaccionen rápido. Si los manuales, sistemas y procedimientos basados en datos se entrometen consistentemente, deberían ser alentados a cuestionarlos en vez de aceptar a ciegas el status quo. Esto es mucho más fácil que lo haga una persona, pero es casi imposible para una máquina; al menos por ahora.

En resumen, las máquinas quizá puedan pensar, pero carecen de empatía, una característica singularmente humana que sirve mucho en los negocios y en la vida en general. Así que, aun cuando me entusiasman las oportunidades que la IA nos ofrecen, en los negocios y en la vida diaria me alegra mucho seguir poniendo mi confianza en la brillantez de los humanos también.


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