Nota de archivo: Este contenido fue publicado hace más de 90 días

La neblina cae sobre la siembra suave y húmeda. Allí, casi en “la cima del cielo” Kurt Legner olvida los problemas. “Es un paraíso”, señaló, donde la bebida predilecta es el café.

Legner vive su sueño. Desde hace casi dos décadas es propietario de la Hacienda Pomarrosa, ubicada cerca de la colindancia entre Jayuya y Ponce. A un lado dejó los centros urbanos para dedicar su vida al cultivo de la tierra. Valiéndose sólo de su tenacidad e ingenio descubrió una nueva forma de vivir en la que cada día tiene un encuentro cercano con la naturaleza mientras obtiene su sustento del grano que desde pequeño le apasiona.

Legner nació en Duesseldorf, Alemania en 1940. Para entonces la Segunda Guerra Mundial estaba en pleno apogeo. La vida no era sencilla. Sufrían dificultades hasta para conseguir los productos de consumo, entre ellos el propio café. De hecho, esta bebida en su casa sólo se servía los domingos, un ritual que, en esencia, intentaba prolongar los abastos.

“Aquí muchos toman café sin mucha importancia. Yo recuerdo en Alemania se tomaba este café una vez a la semana. Era muy costoso y no se podía comprar mucho porque no había dinero”, señaló.

Esa escasez no limitó sus sueños de viajar por el mundo. Era una añoranza que heredó de los relatos de su padre, quien, como vendedor, constantemente recorría los países asiáticos, de donde regresaba portando calendarios con fotos de paraísos tropicales y ciudades muy distintas a las que conocía.

En la década de los años 1960, el ahora agricultor, tuvo sus primeras oportunidades de viaje, primero a París y luego a Nueva York, a donde llegó como vendedor de acero.

La llegada “al paraíso”

Pero entonces, esta industria atravesaba una crisis. El negocio en Nueva York no prosperó. Tuvo entonces, la oportunidad de empezar una empresa, junto a dos socios, en Puerto Rico de distribución de ese mismo material y así llegó “al paraíso”.

Durante esos primeros años en la Isla se enamoró de Eva Liza Santiago, con quien luego se casó y tuvo a su hijo Sebastián Legner Santiago. Los años prósperos de esa nueva empresa de acero coincidieron con la salida de la Marina de EE.UU. de Culebra. Aprovechó la oportunidad y junto a sus socios, compró una propiedad allí, para vacacionar aprovechando las playas cristalinas parecidas a las que veía de niño en los calendarios.

Lo que trajo la quiebra

A finales de los años 1980 y principios de los 1990 las bonanzas alcanzadas decayeron. El negocio de venta de acero se fue a la quiebra. Los problemas económicos, sin embargo, le abrieron nuevas puertas.

“Hay algo que se llama destino... Aprendí que la vida es algo más que trabajar para un carro grande y una casa lujosa. Eso es algo que uno aprende por golpes”, dijo pausadamente mientras se acomodaba en una silla de madera y repasaba los recuerdos de su trayectoria.

Legner se define como un amante de la naturaleza. Uno de sus lugares favoritos en la Isla era la Hacienda Buena Vista. No sabía nada de agricultura, pero había algo en ella que lo inspiraba.

Para el 1991, tuvo la oportunidad de comprar la finca, pequeña, de ocho cuerdas, ubicada en la carretera PR-511 sector Hogar Seguro del barrio Anón de Ponce. Al inicio no entendía muy bien lo que hacía, pero quedó fascinado con el lugar. Era uno de los puntos más altos de Puerto Rico, en la falda del Cerro Punta, pero en jurisdicción de Ponce. Era un lugar idóneo para cambiar su vida y salir del bullicio de los centros urbanos. Ya la acumulación de bienes materiales no era su meta. Quería una vida diferente y la finca parecía el lugar perfecto para comenzar. Además, el lugar le recordaba la Hacienda Buena Vista que tanto le gustaba visitar.

“Pensé que aquí quería echar mis raíces. Yo le digo a mis amigos que estoy en el paraíso. Si me hubieran enseñado la propiedad antes tal vez no la hubiera comprado porque estaba demasiado metido en el negocio. Todo llegó a su tiempo”, señalo.

Retos de un nuevo negocio

Pero entonces comenzaron los retos. Legner decidió sembrar la finca de café bajo la sombra de los árboles de pomarrosa que ya existían y de donde surge el nombre de la Hacienda. El problema era que desconocía hasta lo más simple de la agricultura. Con la ayuda de los vecinos caficultores y de la Administración de Servicios y Desarrollo Agropecuario (ASDA) consiguió las semillas y aprendió las técnicas para el cultivo. Implantó un modelo ecológicamente amigable que reutiliza los abastos de agua y no usa controles químicos de plagas.

La primera cosecha la secó al sol y la tostó en un sartén.

“Yo estaba tan orgulloso porque sabía tremendo. Estaba aprendiendo a golpes”, dijo Legner, tras resaltar que se trataba de un esfuerzo familiar por echar para adelante el sueño.

Inicialmente, el café que recogían lo vendían en los centros de recogido del gobierno. No obstante, Legner y su hijo Sebastián entendieron que podían hacer más con los frutos de la tierra que cultivaban. Sólo tenían que comercializar el producto. Esto conllevaba una inversión en maquinaria, ya que tenía que completar el proceso de despulpar, secar, tostar y empacar el grano cuya producción promedio por cosecha es de 5,000 libras.

Los primeros frutos

Poco a poco fueron creando la marca y estableciendo lazos comerciales. El proceso empezó a rendir frutos hace poco más de dos años cuando realizó sus primeras ventas.

Por los costos de elaboración, Legner entendió que no podía competir con los grandes productores del grano, salvo en el nicho del café artesanal arábico, de alta calidad. Para esto tuvo que perfeccionar el proceso y adiestrar a los empleados.

“No queríamos vender el café en supermercados. Queríamos que fuera una experiencia diferente, que se comprara fresco, recién tostado, para que el sabor fuera el mejor, como nosotros lo tomamos”, dijo Legner,

Los precios por las bolsa de café varían entre $14 y $18. Cada bolsa provee para 37 tazas. Por cada taza el consumidor paga entre 37 y 48 centavos.

Actualmente, la familia trabaja en la exportación de su producto. Comenzaron a través de internet, mayormente a EE.UU. y con distribuidores en Alemania, Bélgica y África del Sur. También elaboran un pequeño hospedaje que las personas puedan alquilar para escapar a lo natural.

“Es un ambiente perfecto para relajarse y compartir en la naturaleza”, destacó el agricultor.


💬Ver 0 comentarios