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Puerto Rico Hoy
3 de febrero de 2012
 

Ni Kojak ni Sansón

Johann Camis aprendió a darle valor a sus atributos internos

 
La calvicie le llegó con sólo 21 años, y Johann Camis se vio forzado a entender que, a pesar de lo que digan, la imagen no lo es todo. (Lino M. Prieto)

Por Lilliam Irizarry / Especial para El Nuevo Día

Johann Camis tenía apenas 21 años cuando la vio llegar. Traumatizado con la idea de que ya no se vería atractivo, de que la gente lo rechazaría, de que no tendría las mismas oportunidades en la vida, se decidió a combatirla como pudo.

“Primero me hacía la partidura un poquito más al lado para que se viera completa. Y ya a los 22 años comencé con los implantes” de cabello, expresa el ingeniero de 34 años sobre la calvicie que hoy pasa inadvertida entre tanto cocopelao por elección.

Solo que, para la fecha en que Camis empezó a perder sustancialmente el pelo de la coronilla, todavía no estaba tan de moda entre los jóvenes el raparse la cabeza como ahora.

“Yo siempre cuidaba mucho mi apariencia física y, cuando comencé a ver espacios en blanco entre el cabello, fue un poco traumático; frustrante es la palabra. Me miraba al espejo y me decía ‘¿qué voy a hacer?’. No veía una solución rápida y comencé a tener problemas de aceptación”, recuerda sobre sus pininos como calvo por obligación.

Una vez comenzó con los implantes, salía bien contento con la imagen que le devolvían los espejos. Hasta que empezó a darle mucho trabajo peinarse y su bolsillo comenzó a no estar tan feliz. Al cabo de cuatro años, se había gastado $15,000 tratando de disimular lo inevitable.

Camis siempre supo que entre sus opciones estaba raparse la cabeza, pero había un no tan pequeño detalle: desde los nueve años, carga una cicatriz que le recorre desde la sien hasta casi el cuello debido a una caída desde un segundo piso.

“Siempre me tapaba la cicatriz, poca gente sabía lo del accidente. Taparla era una forma de cubrirme la inseguridad que me hacía sentir no poder ser igual a los demás: no todo el mundo tiene una cicatriz a lo largo de la cabeza”, manifiesta.

Estudioso de la cábala, cuenta que fue a través de esta sabiduría ancestral que pudo hacer las paces con la calvicie. “Comencé a desarrollarme espiritualmente y a ver mis atributos internos. Entendí que lo importante era lo que yo era como ser humano. Eso me ayudó a dar el paso para despojarme de todo y mostrarme como soy”.

Fue así que un sábado, a sus 26 años, le dijo a su esposa que quería raparse la cabeza, y ella lo apoyó al punto de que, al día siguiente, fue quien cortó los primeros cabellos de lo que ha sido su liberación. Contrario a la historia bíblica de Dalila y Sansón, con este recorte, Camis se llenó de fuerza.

“Ella me decía que me veía bien y a mí me agradó porque yo quería que ella se sintiera bien a mi lado… Ella estuvo en todo el proceso conmigo; creo que la ayuda que me brindó Dios desde el principio fue ella. Hasta el sol de hoy, ella es mi vida”, manifiesta con la voz entrecortada.

Una vez rapada la cabeza, se fueron a la playa para que su recién liberado cuero cabelludo cogiera sol. “Me sentí súper bien porque nadie me miraba, nadie me encontraba raro, nada más yo y mi esposa”, dice riendo.

Y cuando llegó el lunes al trabajo, la gente se sorprendió pero lo apoyó. Por supuesto que no faltó quien lo comparara con Kojak, el detective de la popular serie de televisión. El único incidente especial que recuerda es que su sobrina, que entonces tenía tres años, se escondía cada vez que lo veía llegar.

Pero el asunto no quedó ahí. Un día en que se rapaba la cabeza, se aventuró a afeitarse los brazos para que hubiera uniformidad en la ausencia de pelo en su cuerpo. Otro día se encontró muy velludo y osó rasurarse el pecho. Lo último fueron las piernas. Hoy, casi lampiño, camina por la vida seguro de que los seres humanos son mucho más que su apariencia externa.

“Lo importante es lo interno. Yo me afeito los brazos, pero hay gente que ni siquiera tiene brazos y no por eso dejan de ser unos seres humanos extraordinarios”, sostiene.

Desde que se afeitó la cabeza, Camis habla prácticamente todas las semanas sobre su cicatriz, pues le preguntan donde quiera que va. La última vez fue con una señora mayor en la fila del banco. “De no quererlo exponer, ahora lo cuento todo, lo digo y sigo hablando y hablando. Hasta orgulloso me siento. Es un sello y una carta de presentación única. Nadie más tiene una historia igual”.

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