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1 de abril de 2012
12:00 a.m. Modificado: 11:29 p.m. Cultura
 

Enciclopedia Británica, final de una batalla perdida contra Internet

Esta institución del mundo del papel impreso sobrevive en su versión digital

 
En 1990 se vendieron 120,000 juegos de 32 tomos cada uno, y en 1996 apenas 40,000. En el 2010 se imprimieron 12,000 miserables jueguitos, y ni así se agotó la edición.(The New York Times)

Por El Tiempo / GDA/ Colombia

La noticia se esparció como fuego por la red hace dos semanas, y a los pocos segundos estaba ya en todos los portales y en todas las lenguas, en Twitter, en YouPorn, hasta en Wikipedia: tras 244 años de historia y erudición, la Enciclopedia Británica deja de imprimirse en papel y cuando se agote su decimoquinta y última edición, será solo un proyecto digital y una pieza de colección; lo que siempre fue, una joya.

De hecho, parecería que el aviso fúnebre hubiera sido también una estrategia publicitaria del cubano Jorge Cauz, presidente de Britannica Inc., para salir de los 4,000 juegos que le quedan en la bodega, pues en dos años apenas ha logrado vender 8,000 y con un ejército de agentes disputándose cada timbre y cada puerta con los testigos de Jehová. Una cifra que refleja perfectamente las nuevas realidades del mercado editorial en el mundo, y la debacle de una de las instituciones culturales más respetadas de Occidente en los últimos dos siglos.

Pero qué le vamos a hacer: los números son implacables a la hora de cuadrar caja, y la de la Britannica llevaba varios años pasando vergüenzas, untándose las cenizas de su gloria para que no se le vieran los remiendos. En 1990 se vendieron 120,000 juegos de 32 tomos cada uno, y en 1996 apenas 40,000. En el 2010 se imprimieron 12,000 miserables jueguitos, y ni así se agotó la edición.

Y la razón es una: para cualquier enciclopedia en el mundo de hoy, competir contra Internet es imposible. Contra Google, contra Verbix, contra Wikipedia -sobre todo Wikipedia-, simplemente no se puede. Ya la pelea con la también difunta Encarta había sido un amargo anuncio del futuro, y en el 2005 la revista Nature salió a clavar un puñal de su propia cosecha: en un artículo muy polémico sobre la mítica y presunta infalibilidad de la Britannica, demostró que en 42 entradas sobre los mismos temas, Wikipedia decía cosas parecidas y con igual margen de error, o casi, pero en 40 lenguas diferentes y con la posibilidad única que da el mundo virtual de mejorar permanentemente los datos de la entrada, en un ejercicio que además es muy democrático: nadie paga por el conocimiento (porque el conocimiento mismo ya es suficiente recompensa) y todo el que quiera puede intervenir y hacer que el contenido sea cada vez más preciso, más riguroso. Por amor al arte.

Porque en últimas de eso se trata Wikipedia: de aprovechar lo que significa Internet como un mar inagotable de información y de recursos narrativos, para que la gente pueda acceder a ellos de manera abierta, gratis, en un laberinto de puertas que se van abriendo y abriendo y abriendo, mientras uno encuentra lo que buscaba y mil cosas más. Alicia en el país de las maravillas. Y la clave del juego está precisamente allí, en que todos somos sus dueños, sus beneficiarios.

¿Demasiado romanticismo? Quizá, pero en 11 años de existencia el juego ha demostrado ser posible, y su calidad es siempre mayor. Aunque claro: cuando Nature dijo eso en el 2005, la Britannica le respondió con aire señorial, y su presidente apenas hizo un comentario irónico y un acartonado documento: "Yo sí preferiría que la gente fuera a Venecia y no al hotel que tiene ese nombre en la ciudad de Las Vegas".

Se trata, claro, de una de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo, a saber: cómo van a sobrevivir el mundo y sus viejas tradiciones -el amor, la amistad, la vida- tras la aparición de Internet y las nuevas tecnologías de la información, ese universo que está cambiándolo absolutamente todo: desde la manera en que la gente concibe sus relaciones con los demás hasta los hábitos más elementales de la cultura o la política; aunque es una redundancia, porque la manera en que la gente concibe sus relaciones con los demás hace parte de la cultura y de la política.

Pero el dilema, falso como casi todos, está allí: o Facebook o la calle, o chatear o verse a los ojos, y así. Y hay temas en los que esta confrontación entre el viejo mundo y el nuevo resulta mucho más conflictiva y dramática.

El del conocimiento y la ilustración y los libros, por llamarlo de alguna manera, es uno de ellos. Y no deja de ser paradójico, pues nunca como ahora había sido tan fácil aprender y saciar la curiosidad, descubrir cosas, saberlo todo; quizás Internet sea el cumplimiento verdadero de lo que soñaron los ilustrados en el siglo XVIII, su sueño y su pesadilla. Y esa es la objeción de los nostálgicos: ahora que se puede y que es tan fácil, y tal vez por ello mismo, ya nadie va a querer; ahora que todo está al alcance de la mano, ya nadie la estira.

Hay mucha información, sí, pero cada vez menos profundidad; muchas opiniones y cada vez menos argumentos. Destellos y trinos, mientras la erudición se va quedando, para siempre, en poder de los aparatos. Un extraño eco de la barbarie medieval, solo que al revés: entonces porque casi nadie podía saber nada, y ahora porque todo el mundo cree saberlo todo. Pero fue durante la Edad Media cuando más floreció el viejísimo invento de las enciclopedias: libros con la modesta aspiración de contener al universo para que el olvido no le hiciera tanto daño.

Ahora el dilema es entre los libros de papel y los electrónicos porque la lectura fue durante siglos una experiencia táctil, casi olfativa. Tanto, que cuando los rollos le dieron paso al códice (el libro que conocemos hoy y al que los romanos llamaron, oh, "tableta") nadie temió por su suerte: mientras los dedos las tocaran, las palabras estaban a salvo. 

Pero hay textos que necesitan ser un libro de papel para existir; no todos, solo algunos, los mejores. Como la Enciclopedia Británica, con la biografía de Béranger por Robert Louis Stevenson o el ensayo sobre el socialismo de Bernard Shaw, quien se la leyó entera cuando niño para cumplir su sueño fallido de quedar loco y feliz. También Philip Beaver se la leyó toda: siempre la llevaba consigo en su barco, e iba quemando sus hojas en la noche para calentarse. El sueño de unos ilustrados escoceses, la Encyclopaedia Britannica, que vio la luz en 1768. Un presagio de Internet, el universo en un solo sitio. La semana pasada, lo sé, varias bibliotecas ondearon su bandera a media asta.

Dios salve a la Reina.


En Gabo y Borges

- Aureliano Segundo, en 'Cien años...' les enseña en la 'Enciclopedia' un dibujo de Gengis Khan a los niños y les dice que es el coronel Buendía.

- El cuento 'Tlön, Uqbar, Orbis Tertius', de Borges, trata de una edición apócrifa de la 'Enciclopedia'.

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