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Puerto Rico diverso
22 de junio de 2012
 

Dulce final de un vía crucis

Este heladero logró reunirse con su familia gracias a sus refrescantes ventas

 
Pese al calor intenso, Leonardo Martínez disfruta de su trabajo como heladero porque le permite disponer de su tiempo para compartir con su familia. (El Nuevo Día / Jorge A. Ramírez Portela)

Por Ana Castillo Muñoz / ana.castillo@elnuevodia.com

Después del fino sonido de la campana y su caminata diaria bajo el sol, Leonardo Martínez tiene una familia que lo espera todas las tardes.

Tras siete años en trámites con inmigración, este heladero de 53 años consiguió traer a su esposa y sus tres hijos desde su natal República Dominicana. “Lo más duro ha sido dejar a mi familia por tantos años”, comentó Martínez, quien vende helados, hace 15 años.

Cuenta que esos primeros años, de los 22 que lleva en la Isla, vivió un vía crucis: había dejado atrás a su familia y se vio solo en un país que no conocía, juntaba dinero para enviarles y hacía malabares para mantenerse aquí, mientras ahorraba para viajar a visitarlos con frecuencia.

Al tiempo que paraba su carrito en la entrada de un supermercado de Caguas y acomodaba la sombrilla que lo cubre del sol, destacó lo importante que ha sido para él darle a sus hijos la oportunidad de estudiar para que no tengan que repetir sus pasos. Ahora, uno de ellos, de 19 años, está en la universidad.

Leo, como le dicen sus conocidos, contó que en la venta de helados encontró un aliado que le permite estar más con su familia y disponer de su tiempo.

Durante los casi 20 minutos que estuvo frente al supermercado, no dejó de sonar su campana ni de repetir: “llévatelo, coco, parcha, piña”.

“¿De qué lo quieres?”, preguntaba a las decenas de personas que pasaban frente a él; unos lo miraban, otros decían que no con las manos o algunos simplemente fingían no haberlo visto. Sólo dos compraron.

Ante lo lento de las ventas, empujó su carrito de 40 libras hasta el casco urbano de Caguas a ver si la situación mejoraba, aun cuando sabe por experiencia que aunque haya más movimiento comercial la gente no compra sus helados.

“Esto es así, tiene sus días altos en ventas y otros no”, explicó con la frente bañada en sudor.

Entre piña, coco y parcha -que compra a una fábrica en Santurce-, Leo trabaja ininterrumpidamente en Caguas hace siete años. Conoce cada rincón del pueblo que considera su segundo hogar, después de Barrio Obrero donde reside y donde no vende porque cree que el área está saturada de heladeros.

En su travesía recorre barrios, campamentos, escuelas y residenciales públicos de la ciudad criolla donde, según dice, lo esperan todos los días y hace sus mejores ventas. Nunca falta quien le pide un helado gratis.

Aunque de lo único que se queja es del sol, considera que los mayores retos que tienen los heladeros es que se les prohibe el paso en algunos lugares y en otros les cobran para que puedan vender. Afirma que las ventas han bajado en los pasados cinco años y lo atribuye a que la gente elabora sus propios refrigerios o venden ‘limbers’ en las casas.

Expresa que le encanta su empleo. Recuerda que una vez trabajó como guardia de seguridad, pero no duró mucho porque le aburría estar sentado todo el día sin poder compartir con gente.

“Después que uno tenga a su familia sana y trabaje no hay nada difícil”, puntualizó mientras regresaba al supermercado y vendía la última barquilla de coco de la tarde.

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