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Cultura
25 de julio de 2012
 

La cultura post ELA

A 60 años de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, analizamos las tensiones culturales que generó este cambio político

 

Por Ana Teresa Toro / ana. toro@elnuevodia.com

La cuestión es que el ELA cambió las cosas. Cuando se izó la bandera puertorriqueña por primera vez junto a la estadounidense y quedó establecida hace sesenta años la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (ELA), muchos paradigmas sobre lo puertorriqueño quedaron sacudidos.

Esto, tanto para los residentes en la Isla, para la diáspora e incluso para los extranjeros que, al sol de hoy, cuestionan con una curiosidad inacabable a los boricuas que conocen en el exterior. ¿Es cierto que allá se habla inglés solamente? ¿Son o no son estado? ¿Cómo es eso de que tienen el pasaporte y no votan por el presidente? ¿Son latinoamericanos o gringos? ¿Por qué a veces aparecen como estado y otras no? ¿Es verdad que no tienen embajada? ¿Por qué van a las olimpiadas?

Dos banderas, dos idiomas, dos himnos... para algunos el saldo de un status político ambiguo es sencillo. “La confusión. Imagínate un perro que no sabe si es perro o gato. A veces ladra y a veces dice miau. Es evidente que tarde o temprano este perro terminará en el siquiatra o se pegará un escopetazo, porque no se puede ser perro y gato a la vez... a menos que se trate del perro de Frankenstein”, sentencia el escritor Luis López Nieves para quien esta dualidad de presencias culturales se resuelve de modo poco matemático, pues en las matemáticas “dos mitades suman uno, pero dos mitades de culturas no suman una completa. Son simplemente dos mitades, ambas incompletas”.

Y es que si buscamos escudriñar en cuanto a cuál es el concepto de cultura puertorriqueña que el ELA nos ha legado, habría que empezar por preguntarse si existe tal cosa. “Yo pondría en entredicho que el ELA creó un concepto de cultura. Yo sí diría que el ELA quiso privilegiar una versión de la cultura que camuflajeara las tensiones políticas en favor de unas afirmaciones muy sencillas pero que fueran colectivas”, observa por su parte el historiador Pedro Reina. A su juicio dicho proyecto fue efectivo y lo fue en gran medida por la mordaza con la que vino acompañado. “Se criminalizó la disidencia y existió una fantasía del consenso”, dice.

El pacto

Con el ELA apareció por primera vez un discurso sobre lo puertorriqueño orquestado desde el Estado, un código con el que estuvimos de acuerdo en identificarnos y que operó desde el consenso en cuanto a la idea de las tres herencias -hispánica, africana e indígena-, pasando por las tradiciones musicales y afianzándose en la gastronomía y las artes.

“Cuando se levanta esa bandera es la primera vez que se levanta lo puertorriqueño sobre el escenario boricua, a la misma vez que se da la ilusión de que lo puertorriqueño está al mismo nivel y en igualdad de condiciones que lo estadounidense. Esa es la gran metáfora del ELA que no es real”, analiza Reina.

Mucho, por no decir todo, de este discurso sobre el pacto social de lo que debíamos entender como puertorriqueño a raíz del ELA se le debe en gran medida a la labor de don Ricardo Alegría como fundador del Instituto de Cultura Puertorriqueña en el 1955, apenas tres años después de la aparición del ELA. Incluso, el mismo escudo del Instituto muestra la imagen de las tres razas.

“La Constitución crea la sensación de que se estaba inaugurando una nueva etapa en la historia puertorriqueña. Era una ocasión para constituirnos como país y dentro de eso hubo una conciencia de la gestión cultural”, anota el poeta, exdirector del ICP y actual director de la Academia Puertorriqueña de la Lengua, José Luis Vega.

“La definición de cultura que se elaboró en ese momento buscaba hacer, construir, por eso a partir de esa fórmula relativamente sencilla se comienza a forjar una identidad”, añade Vega para quien las tensiones entre el español y el inglés, entre los valores del pasado y las aspiraciones de progreso son parte fundamental de esa ecuación.

Las tensiones

El idioma ha estado en el centro de esas tensiones pero, nadie se llame a engaño, basta salir a la calle para reconocer el lugar del español como lengua vernácula. Lo complicado aquí sería la resistencia de un sector de la población a aprender inglés y la pasión por aprenderlo por parte de otro sector.

A esto habría que añadir el saldo social y artístico. “En lo económico creamos una generación de gerentes y no de empresarios... pero tanto en las artes plásticas como en la literatura vemos que nunca se abandonó un discurso contestatario que lleva décadas desbordándose de los límites que construyó el ELA”, señala el historiador.

Y es que esa obsesión por definir una identidad, por explorar las tensiones “ya ha perdido eficacia como estructura literaria”, señala Vega. “Esa dualidad, esa estructura bipolar fue el núcleo de nuestra literatura hasta tiempos recientes. Hoy la búsqueda se está definiendo”, añade Vega quien considera que la literatura ha sido “el registro más fiel de estos 60 años”.

“Los pueblos necesitan arte propio, y nuestra mejor literatura es una de las pocas artes en que el boricua puede asomarse a su realidad de forma genuina, sin interferencias extranjeras”, opina López Nieves toda vez que lo contrasta con espacios como el cine donde no cree que sea posible, al menos no de modo masivo.

Entonces, en esto llevamos 60 años, entendiendo la hibridez como naturaleza y dándonos cuenta (casi como un mal chiste) que en el mundo globalizado lo híbrido está más de moda que nunca. Pero, en la Isla, ¿aprovechamos la efeméride para mirar hacia dónde? ¿Cuál es el rol de nuestras instituciones culturales hoy que ha pasado más de medio siglo de este proceso histórico?

“El ICP cuando se funda sentó las bases para desarrollar el orgullo patrio”, dice la directora actual del ICP Mercedes Gómez. “Pero tenemos que dejar de sentir que vivimos en el 50 y aceptar que el mundo evolucionó y que ya esas ideas están incompletas porque falta el puertorriqueño de hoy en el mundo de hoy”, añade.

Pero puede que este rizo se encaracole más. “El gran problema del ICP es que define la cultura de manera estática”, observa, por su parte, Reina.

Hay quien ve una salida en un repensar los parámetros del Estado en torno a lo que es cultura, a lo que se va a apoyar desde el Estado porque en la calle el espiral ha seguido su curso. Otros ven ventaja en la tensión; virtud en eso de cambiar de código, de ser de allá cuando conviene y de acá cuando apetece. Pero también puede ser una maldición como dice Reina, “si vives en la paranoia de que un lado se quiere comer al otro”. Sin embargo, hay quienes encuentran una definición fuerte en esto de la ambigüedad, en que basta entender que toda mezcla es más espesa en algunas partes y más ligera en otras. Después de todo se trata de una Isla desbordada, con un status político tenso y desbordante en sí mismo y mucha gente siempre en tránsito. Siempre aquí y siempre allá.

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