Crónica: En las entrañas del San Cristóbal (horizontal-x3)
Casey Odgen fue el guía en este recorrido a través de los túneles del Castillo San Cristóbal. (Wanda Liz Vega Dávila)

Por Liz Yanira Del Valle Huertas 

Si al fenecido Hugo Chávez le olió azufre en la sede de la ONU, a El Nuevo Día, junto a 60 excursionistas, le olió a pólvora en el Túnel Extremo del Castillo San Cristóbal. Al menos, al igual que al expresidente de Venezuela, en la imaginación hiperbólica.

Drama e historia se conjugaron para ofertar una tarde amena e intrigante en lo que fue parte de la celebración de la Semana de Parques Nacionales del Sitio Histórico Nacional de San Juan.

La excursión inició a las 5:30 p.m., en la fortificación más grande construida por los españoles en América.

El guía, Casey Ogden, se las ingenió con simpatía, soltura y un excelente manejo del español para organizar al grupo de visitantes, en su mayoría locales, salvo par de visitantes de Oregón.

Para no interrumpir en la fase inicial, El Nuevo Día pasó más allá del foso, donde está la plaza de armas, justo en la fortificación conocida como El Abanico. Allí les esperamos.

Pero adelantar no significaría librarnos del repaso histórico. San Cristóbal adquirió su forma actual en 1765, cuando el jefe de Ingeniería, Tomás O’Daly, comenzó las obras que transformarían esta fortaleza en la espina dorsal de un sistema de defensa más amplio y mejorado. Veinte años después, el ingeniero Juan Francisco Mestre, quien dirigió las obras al morir O’Daly en 1781, convirtió el castillo en el más grande construido por los españoles en América.

El guía advierte que el irlandés se las ingenió para crear túneles de contraminas por debajo de toda la explanada.

Tras su recuento, nos acercamos a la entrada del primer túnel. Para sorpresa de todos, un entusiasta Odgen es interrumpido por una voz que pide ayuda.

Piqueta en mano, un guía-actor vestido con atuendo militar de la época, nos recibe un poco “irritado”.

“Más vale que me trajeran agua. Estoy terminando de construir este maldito túnel larguísimo y no acabo. Estos ingleses no entrarán –refiriéndose al ataque inglés de 1797–, pues lo que van a ver es pólvora”, decía mientras no paraba de picotear en el suelo. El sudor del guía no era recreado. El calor del túnel no perdona.

(Wanda Liz Vega Dávila)

El público espera afuera y quiere saber hasta dónde llega el túnel. “Este va hasta el Capitolio, cuna de otros piratas que nos han robado” comentó el guía-actor José A. Muñoz de forma jocosa. Todos reímos, mientras los niños daban la vida por entrar. Odgen aclaró que el túnel ya no llega hasta el Capitolio, pues quedó interrumpido en construcciones posteriores y colapsó. Al presente, prevalece en aproximadamente 60 pies de largo.

Dejamos atrás al soldado gruñón y seguimos a Odgen, quien, de repente, en pleno verdor de los predios, nos detuvo. A sus espaldas quedó una imponente postal de la fortificación. El atardecer estaba en todo su apogeo. Daba trabajo mirarle fijamente, aménde las gafas remedian. Ni estas, ni el sol opacaban la malicia del guía, que nos preguntó qué veíamos.

“Elemental, nuestro querido Ogden: vemos el Castillo”. Pero, cómo lo veíamos. “Completo, macizo, seguido; es decir, una muralla sobre el horizonte”. Era justo lo que se veía, y era lo que precisamente Ogden quería escuchar para advertirnos que no todo lo que se ve es como parece ser.

Varios adultos del grupo ya tenían idea de la explicación que llegaría después. A esas alturas, el resto del grupo sería carne para el cañón, con fotógrafa y narradora incluida.

“Este es un fenómeno de ilusión óptica. El objetivo era confundir al enemigo, que a distancia vería una estructura uniforme, pero en realidad sabemos que no lo es. Desde este punto parece que la parte izquierda conecta con la derecha formando un solo conjunto, pero no es así. Hay una fosa de por medio. En realidad, el corazón del castillo está hacia la derecha”.

Seguimos la marcha. Nos dirigimos hacia Santa Teresa, la batería de defensa de la costa norte. En una muralla color naranja ocre aparece algo como boca de lobo.

“Llegamos al Túnel Extremo. La idea es hacer el recorrido hasta el final, donde encontraremos un diseño en forma de T. Esos laterales esperan a los voluntarios que colocarán la pólvora. La idea era dinamitar al enemigo a distancia cortándole el paso”. Aquí la logística se complica no solo para Ogden, sino para los participantes.

Aquí no hay luminarias, salvo las pequeñas linternas de mano. Normalmente, este túnel no está abierto al público. Esta es una ocasión especial, así que había que aprovecharla.

Ogden especifica que no es apto para claustrofóbicos o personas con condiciones de salud delicadas. Además, advirtió que, contrario al anterior, tendremos que caminar agachados y en una sola vía, pues no hay espacio para más.

En la entrada estaban los sacos de pólvora esperando por algún voluntario. ¿Quién cargará el material?, cuestionó, dejando saber que pesaba. De inmediato, Malvin Alexis, de 7 años y vecino de Manatí, dio un paso adelante, agarró el saco, lo tiró hacia atrás colgándolo por el hombro derecho y siguió los pasos del guía.

(Wanda Liz Vega Dávila)

Detrás marchaba la colega, la que suscribe, la madre de Malvin, los visitantes de Oregón y otros jóvenes junto a algunos adultos arriesgados. El resto quedó fuera en espera de nuestras reacciones. A mitad de camino, colega y redactora querían dejar la asignación a medias, pero el deber obliga. También, la vergüenza frente al aguerrido Malvin. Luego, no había remedio pues para girar había que llegar hasta la bendita T, que más bien parecía la Z, pues aquí no se veía luz ni final alguno.

Para ser precisos, mide 200 pies que no caminamos totalmente, pues la bifurcación está antes del final del trayecto. Para nosotros fue más largo que la esperanza de un pobre.

El calor apretó y los nervios, también. No había campana que nos salvara, solo la candidez de Malvin, quien finalmente, junto a Ogden, llegó a la T para dejar su saco y girar.

Salimos sudados y con las caras avinagradas, excepto Malvin. Ogden llevó la peor parte, pues repitió la ruta con el resto de los curiosos-valientes. Buena parte del grupo prefirió disfrutar del atardecer. Pensé en el bombardeo de 1898, en el Guernica de Picasso, que, por cierto, este año cumple sus 80 años, y en la “Madre de las Bombas” que anda dando que hablar y de enterrar.

En las afueras, mirando hacia el mar, destaca la Garita del Diablo, construida entre 1634-1644. Laurie Smith, coordinadora de la excursión, refrescó la memoria de los asistentes con la famosa leyenda. “A los soldados que les tocaba ese puesto se les aparecían mujeres hermosas, los seducían y provocaban su deserción o desaparición”.

Luego de salir del túnel no se necesita leyenda alguna para justificar una deserción. Antes de ir al último túnel, extrañamos a Muñoz, el guía-actor. Tal parece que lo del “extremo” no iba con él. Seguimos hacia la última línea de defensa del castillo.

Este túnel se diseñó con espacios para esconder soldados y otros, para colocar la pólvora. Es de 280 pies de largo, sin contar con los polvorines. Termina en la plaza principal hacia el corazón del castillo.

Está bien iluminado y su techo es más alto, pero a mitad de camino, hacia la izquierda, hay un calabozo húmedo, insalubre, estrecho y oscuro. Para sorpresa del grupo, encontramos a un barbudo, peludo y desaliñado prisionero, que nos relató que varios capitanes que se rebelaron contra la guardia fueron a tener a este inhóspito recinto. “En una de sus paredes hay cinco pictografías de galeones realizadas por un capitán sevillano hecho prisionero en un motín”, relató el irreconocible Muñoz, esta vez en rol de prisionero.

Antes de concluir, Smith nos da nuevas direcciones para salir y nos pide excusas. Eran las 7:00 p.m. y el Castillo San Cristóbal recibiría los invitados a una boda a celebrarse en el monumento histórico. El diseño militar permitió que no tropezáramos con los invitados y menos con los novios. Ahora, en vez de pólvora y cañonazos, sonarían los corchos de los vinos espumosos. Ojalá el amor siempre triunfara sobre la guerra.


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