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A finales del siglo XX, la hoy concurrida laguna de Condado era conocida como la cloaca de San Juan por la suciedad y pestilencia de sus aguas. Quienes se bañaban en ella ponían en riesgo su salud y la vida acuática allí era precaria.

Ver a decenas o cientos de personas de todas las edades disfrutar de actividades un día cualquiera o que se realizaran eventos deportivos allí era difícil de imaginar.

Pero eso cambió, aunque no fue por arte de magia. Dos décadas más tarde, luego de millones de dólares invertidos e incontables horas de trabajo profesional y voluntario, la capital de Puerto Rico y otros siete pueblos que forman parte de la cuenca del Estuario de la Bahía de San Juan, al que pertenece la Laguna de Condado, comienzan a recuperar parte de los recursos que a la naturaleza le tomó millones de años formar.

La Laguna de Condado no está sola. Hermanados con ella por la interconexión de sus aguas están la Bahía de San Juan, canales, ríos, quebradas, caños y otras lagunas que en la costa se mezclan  con el océano Atlántico. Es ese enlace lo que les convierte en un estuario, y la razón principal por la cual lo que afecta a cualquiera de esos cuerpos tiene el potencial de manifestarse positiva o negativamente en los demás.

“Lo que ocurra en esta parte de la montaña impacta la costa, las playas y el área de la bahía, que es esencial para la economía de Puerto Rico”, destacó sentado frente a la quebrada Chiclana, en el barrio Caimito de San Juan, Javier Laureano. El director ejecutivo del Programa del Estuario de la Bahía de San Juan (Pebsj), la entidad creada en 1994 para preservar todo este sistema, acompañó a El Nuevo Día en un recorrido por algunos de los lugares que en estos 20 años han ayudado a rescatar.

Aguas Claras

En 1987, el Congreso de Estados Unidos enmendó la Ley de Aguas Claras para crear el Programa Nacional de Estuarios, a través de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés). En Puerto Rico, territorio de Estados Unidos, el estuario de la Bahía de San Juan fue designado lugar de importancia nacional en 1993 y un año más tarde abrió la oficina del Pebsj, convirtiéndolo en el único estuario del programa estadounidense fuera de su territorio continental.

Laureano estimó que en estos 20 años se ha recibido  unos $15 millones en aportaciones económicas y materiales, como  especies de árboles y plantas. A esta inversión se ha sumado la labor de miles de voluntarios.

“Podemos decir que sobre 23,000 personas se han unido en la restauración del estuario”, indicó.

Esa combinación de esfuerzos ha permitido, no solo devolver la calidad del agua a la Laguna de Condado, sino a muchos otros componentes del sistema estuarino.

El aumento de corales, la creación de bosques de mangle en los bordes de las lagunas de Condado y San José, la remoción de especies invasoras del canal Suárez -como iguanas y árboles de melaleuca quinquenervia- la siembra de árboles de humedal en la ciénaga Las Cucharillas, en Cataño, y la rehabilitación de dunas en Piñones, ayudan a reducir los efectos de la erosión, el cambio climático y las inundaciones, y promueven la vida marina.

De otra parte, la reforestación en los márgenes de quebradas reduce la cantidad de sedimento que llega a las lagunas. A su vez, proyectos de infraestructura como la creación y optimización de sistemas de recogido de aguas usadas, han mejorado también la calidad de vida y la economía de los ciudadanos.

 Sebastián Cruz, “Guíligan”, presidente de Los Laguneros en la villa pesquera de Las Margaritas, en Cantera, explicó cómo les ha beneficiado la mejoría en  la Laguna San José.

“Yo siempre, cuando muchachito, venía a pescar a la Laguna San José, cuando se podía pescar, y ahora mismo el agua se está viendo más cristalina que antes, puedes ver el fondo, los peces y todo. Ha habido un cambio bueno”, describió.

“Ahí pescan róbalo, sábalo, la cocolía que es lo más comercial. Si usted va a comprar una alcapurria de jueyes, es cocolía, no son jueyes”, reveló.

Guíligan confirmó el efecto de la falta de conservación lejos de la costa y en las montañas. “Lo malo de la laguna es las quebradas, cuando crecen las quebradas traen toda esa basura acumulada, todo el jacinto”, explicó, e hizo un llamado a los ciudadanos a no tirar basura y a los municipios a facilitar su recogido. “Si hacen eso va a seguir mejorando”, recalcó.

Tierra adentro

Aguas arriba, hacia donde el Programa del Estuario  también ha dirigido sus esfuerzos para recuperar los corredores riparios de la cuenca (la vegetación a lo largo de los causes de ríos y quebradas), custodios de la naturaleza como Juan Cruz y su familia encontraron en la institución un aliado fuerte.

Luego de haber ganado una batalla contra el desarrollador de las urbanizaciones Montehiedra  y conseguir junto a la Comisión de Ciudadanos al Rescate de Caimito que se tuviera que recrear la desaparecida quebrada Chiclana, Cruz vio cómo el trabajo de reforestación fue dejado inconcluso.

“Pusieron algunos 500 árboles, le dieron mantenimiento por unos seis meses y los dejaron que se murieran”, recordó  sobre las circunstancias en las que comenzó la relación de colaboración. “Vino doña  Gladys  (Rivera, gerente de participación ciudadana) con un montón de voluntarios y empezamos a sembrarle árboles a todo eso”, continuó.

La  aportación del Programa del Estuario será celebrada en noviembre con  actividades   como la publicación de un análisis del estado de los recursos,  siembra de árboles nativos y una exposición de historia oral.


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