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En la Sierra de Cayey, en torno a los márgenes del río superficial más importante de la zona, el río Lapas, y en jurisdicción compartida entre Cayey y Salinas, existe una reserva natural desconocida incluso para muchos vecinos de estos pueblos.

En sus más de 2,000 cuerdas de extensión tiene dos ecosistemas marcadamente distintos e infinidad de riquezas naturales, históricas y culturales, algunas por descubrir.

“En la parte norte (en Cayey) podemos ver bosques de palma de sierra y en el área de Salinas bosques donde predomina la vegetación espinosa y cactus, porque es un área árida”, describió Pablo Martínez, líder comunitario de Cayey.

Martínez residió los primeros 17 años de su vida en el lado norte del bosque. Hace más de una década convocó a vecinos para formar el comité Ciudadanos en Defensa del Cerro Planas y Áreas Adyacentes para proteger la zona natural. El deseo de ver esos tesoros preservados movió al grupo a impulsar la aprobación de la Ley 192 del año 2007, que declaró Reserva Natural el Cerro Las Planadas y la zona comprendida por los barrios Lapa, Pasto Viejo y Cercadillo de Cayey, así como el sector La Yeyesa del barrio Lapa de Salinas.

Pero a seis años de su aprobación, los objetivos de esta ley aún no se han cumplido. Recientemente, la propia secretaria del DRNA, Carmen Guerrero, reconoció la violación de ley.

“Después de años de inacción gubernamental desde que se aprobó la ley para proteger estos terrenos en el año 2007, el Departamento ha retomado la agenda de trabajo necesaria para delimitar los terrenos que integrarán esta Reserva Natural y diseñar un Plan de Manejo y Conservación en conjunto con los municipios de Cayey y Salinas y, sobre todo, con los grupos comunitarios”, expresó Guerrero.

Especies sin descubrir

Martínez señaló que en la reserva se ha encontrado evidencia de al menos tres asentamientos indígenas. Asimismo, aseguró que en la zona hay unas 300 terrazas agrícolas con características poco vistas en Puerto Rico, y restos de varias comunidades de campesinos que vivieron allí hasta los años 70, cuando fueron desplazadas por la falta de carreteras, de servicios básicos o por expropiaciones para construir el expreso entre San Juan y Ponce.

“Es un hábitat importante para especies endémicas, como la boa y la Alsophis portorricensis (cobra nativa que caza y mata con veneno que para el humano no es letal), además 33 especies de aves, incluyendo 12 endémicas de Puerto Rico. Encontramos una diversidad de flora y fauna increíble, porque en esa transición de ecosistemas los árboles y las especies de plantas se van adaptando a diferentes climas. De hecho, todavía no hemos determinado cuántas especies de plantas hay, pero calculamos como de 400 a 500 especies de plantas y árboles diferentes”, detalló el líder comunitario.

Por lo pronto, lo más que le preocupa a los vecinos son los saqueos de yacimientos arqueológicos. “Si hay algo importante que hacer (ahora) sería darle seguimiento con los Vigilantes del DRNA”, señaló Martínez.

Vicente Quevedo, botánico y secretario auxiliar de planificación del DRNA, indicó que el cuerpo técnico de la agencia y personal de la Junta de Planificación han estado realizando inspecciones de campo y reuniéndose con líderes comunitarios desde el 2008 para determinar cuáles deben ser los límites de la reserva.

Indicó que se requiere consultar también con el Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) para incluir los restos de asentamientos indígenas y de comunidades hasta mediados del siglo pasado.

“Falta la adopción de los límites formales por la Junta de Planificación, empezar a trabajar el plan de manejo, establecer si va a ser bajo un enfoque de comanejo, qué participación tendrán los líderes comunitarios en ese comanejo. Si se va a estructurar a base de una junta de comanejo, cómo llevar a cabo y bajo qué modelo de manejo se van a correr los proceso de protección de los terrenos prospectivamente”, anticipó Quevedo.


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