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Cuando apenas tenía 10 años y cursaba el quinto grado, Arturo Massol Deyá dio su primera conferencia en defensa del ambiente.

Fue algo tan natural como respirar, según contó. Sentado en primera fila junto a sus tres hermanos (Alexis, Axel y Ariel) vio cómo su padre Alexis Massol y su madre Tinti Deyá combatían todo cuanto consideraban era nocivo para el país y los puertorriqueños. Conoció el poder de “la autogestión comunitaria”.

Recordó que fue Tinti quien comenzó la lucha, al considerar impropio que los niños de la escuela en la que trabajaba como maestra de inglés asistieran a salones con asbesto. Posterior a esa lucha, Massol vio cómo afrontaron y triunfaron en la lucha contra las minas en Adjuntas. Fue para ese entonces que el pequeño Arturo -sin espadas o armaduras como relata la leyenda- dio sus pininos en la escuela Washington Irving, la misma que está contigua al patio de Casa Pueblo.

“Llevé unas fotos que habían preparado en Casa Pueblo para explicar lo que era la minería. Fui al salón y le pedí permiso a la maestra de estudios sociales. Yo quería compartirlo con mis pares porque eso era lo que yo veía desde chiquito”.

Ahora, transcurridas tres décadas, con la experiencia de pasadas epopeyas -incluida la aportación para sacar a la Marina de Vieques- el conocimiento que le da cargar con el título de científico y unas exiguas canas que asoman a los 43 años, pero que exudan sabiduría, Massol es notorio por su férreo rechazo al gasoducto.

 

¿Es Arturo Massol el heredero de una gesta que comenzaron sus padres?

“Yo no soy heredero... La herencia mía es la misma herencia que tiene el país que es haber protegido las minas, los bosques, a Casa Pueblo y su gestión. Esa herencia es tanto mía como es tuya y es del resto del país. Ahora, que si yo tengo un sentido de compromiso, que a mí me toca continuar con lo que aquí se hace, pues sí. Ese compromiso nace natural porque lo aprendí. Mis maestros son ellos”, dice señalando a Alexis y Tinti mientras están en su transitar diario por Casa Pueblo, en Adjuntas.

Allí el entrar y salir de amigos, estudiantes, visitantes es continuo. El aire frío de la montaña entraba sin obstáculos y, paradójicamente, se percibía la calidez.

“Aquí practicamos la democracia participativa. Casa Pueblo es mucho más que los Massol. Es mucha gente, es mucha familia, sabiduría, gente buena, inteligente y muy comprometida”.

¿Cómo se cataloga? ¿Científico, ambientalista, naturalista?

“Soy científico, pero antes de ser científico por formación soy adjunteño, puertorriqueño y hablo español, y mi cultura es puertorriqueña. No tengo ningún conflicto de identidad de quién yo soy”.

 

¿De dónde nace ese apego y amor por la naturaleza?

“Desde muy jovencito, mi mamá y mi papá enfrentaron crisis con los salones de asbesto. Yo me acuerdo queme llevaban a las reuniones y a veces me cansaba. Seguido a eso, salen que quieren explotar las minas y ahí nuevamente la comunidad se organiza para enfrentarlo. Mis papás hablando de temas que yo escuchaba, pero a la misma vez no entendía. Desde muy temprano pude asimilar que ese escenario de amenaza hay que compartirlo con tu gente, para tratar de enfrentar esa amenaza y proteger los recursos naturales. Crecí aquí, vi la amenaza y pude de alguna manera, de forma natural -no sé si fue por difusión- asumir responsabilidades”.

(Fue la primera vez que se refirió a sus padres sin usar sus respectivos nombres. Y es que, según explicó, desde pequeños “nos trataban como iguales”).

 

Hábleme de su infancia, ¿cómo fue?

“Me parece que es normal la infancia mía (ríe). Lo único que me chocaba era que había que ir a reuniones en San Juan. Había mucha interrupción de lo que es el flujo cotidiano. Muchos asuntos que atender. Lo mismo que ocurre ahora con el gasoducto. Había mucha tensión, mucha persecución. La Policía iba y nos mataba los animales y los colgaban en la casa al frente. Ellos (mis padres) trataban de protegernos y que no lo viéramos, pero era casi como medio inevitable. Mi infancia la catalogo como bien rica”.

 

Tiene un bachillerato en microbiología de la UPR, pero su doctorado es de la Universidad de Michigan. ¿Qué representó esa ausencia del país y qué lo motivó a regresar?

“Para mí fue un dolor tremendo. Fueron cuatro años. Cuatro inviernos fuera de Puerto Rico. Cada invierno era la razón principal para terminar a tiempo y regresar a Puerto Rico. Estuve en Michigan, una universidad de excelencia, de excelentes profesores, una oportunidad académica de primera. Decidí regresar a Puerto Rico para hacer ciencia para el país. Me fui sabiendo que iba a volver. Eso nunca estuvo en discusión. Con lo que aprendí en Puerto Rico y fuera, eso me dio unas herramientas para regresar y aportar al país, hacer ciencia para el país. Limpiar aquello que hemos golpeado, biorremediar: restauración ambiental”.

 

Del núcleo Massol-Deyá, Tinti es la menos vocal aunque siempre está presente tras bastidores. ¿Por qué?

“No, la que manda aquí es Tinti. Todo se consulta y cuando ella dice no, es no y en ocasiones uno está inclinado hacia una dirección y de repente habla con ella y está en lo correcto. Es esa brújula que nos guía a nosotros a trabajar, la que calibra todo este proceso. Ella es la que estaba al frente luchando contra los salones de asbestos. Ella es la que atrae a Alexis a esta inquietud social y política del país. No es Alexis a Tinti. Es al revés. Tinti parece muy callada y es que hay diferentes roles, pero todos cuentan. A mí me toca el rol de portavoz. Pero mi mensaje no es mío”.

 

Y sus hermanos, ¿en qué contribuyen con Casa Pueblo?

“En el caso de mi hermano (Alexis), que está en San Francisco, él es ingeniero de sonido. Establecimos la emisora de radio comunitaria y, cuando él puede aportar, se hace. De hecho, tenemos un programa con San Francisco y él es como el interlocutor. Este (dice señalando a su hermano Axel) estuvo por casi 20 años en Chicago. Hace un año regresó y siempre ayudaba con todo lo que tiene que ver con nuestras redes sociales; quien lo empieza a establecer es él desde la distancia. Nuestra comunicación por redes floreció. Ahora, físicamente él es el que está en Casa Pueblo administrando. Una de mis hijas maneja el cultivo hidropónico, pero tiene que ser en su tiempo. Nadie está aquí obligado”.

 

¿Es casado?

“Desde hace unos años divorciado”.

 

La familia Massol-Deyá fue golpeada en el 2009 con la muerte de su hermano Ariel. ¿Qué impacto provocó esto en la familia?

“Luchamos llenos de valor, pero acompañados de una profunda tristeza. Su partida deja muchos silencios... Siempre se asoman sonrisas cuando pensamos en él”.

 

¿Qué apasiona a Arturo Massol?

“A mí me gusta andar. Me voy por Centroamérica, Suramérica. Me voy con una mochila y me desaparezco por tres semanas. Andar es una de las cosas que más extraño, porque con esto del gasoducto no he podido desconectarme porque la amenaza es muy grande. Me gusta estar con mis hijas”.

 

¿Cuántas hijas tiene?

“Yo tengo... (ríe). Para garantizar un Massol por cada década, tengo una hija de 24 años, una de 14 y una que cumplió tres años. Estar con mis hijas es parte de lo que a mí me guía. Mis hijas me llenan de fuerza y motivación para andar. Ellas son Corali, Gabriela y Andrea, la pequeña. Tengo unas pulseras artesanales que llevo en mi mano derecha desde que empezó esta lucha. Es una especie de promesa con ellas. Al final del proceso me las quitaré y le daré una a cada una, pues recogen su acompañamiento y mis energías, el trabajo, las angustias y alegrías de todo este proceso”.

 

¿Qué lectura hace del país?

“Cuando me fui estaba la amenaza de la minera a gran escala, la Marina en Vieques... cuando regresé pude participar de ese proceso de cierre de la Marina en Vieques. He podido trabajar en restauración del ambiente. He visto cosas muy malas que las comunidades hemos podido atender. Hay un pueblo que ante la amenaza como la del gasoducto se ha podido organizar y enfrentarlo. Desde la óptica comunitaria, hay grandes conquistas de las comunidades y hay unos espacios que las comunidades hemos reclamado y lo hacemos mejor que el gobierno. Ese es el Puerto Rico que yo veo. Ahora está el Puerto Rico dentro de una crisis económica social, de gobernanza, de corrupción, de criminalidad, que lo que me dice a mí es que dentro de esa crisis tenemos muchas opciones. Yo vivo muy feliz de que nosotros podemoscambiar esas realidades. La solución está en las comunidades, pero mientras mantengamos esa dependencia en estos políticos que no tienen mucha sabiduría o conocimiento, que están con agendas amañadas, ahí no está la solución. Todo lo que uno ve son contradicciones. El legislador que se roba la luz... incongruencias. El que se deja llevar por eso piensa que Puerto Rico está bien fastidiado. Yo veo a Puerto Rico distinto”.

 

¿Reconoce el gobierno ese poder?

“Si hay una persona más enajenada y desconectada del país son los que están gobernando. Jamás van a entender eso. Jamás han tomado una guagua pública, la lancha de Vieques”.

 

¿Qué posibilita Casa Pueblo y por qué no hay más?

“Esto es lo que parió la montaña cuando tienes un Alexis y una Tinti, gente de la comunidad... esto es lo que surgió. En otros escenarios saldrán respuestas distintas. Y yo creo que están naciendo. Esto no es un recetario. No es que Casa Pueblo lo vamos a repetir en otros lugares. Eso no funciona. Una de las grandezas que reconocemos en los bosques, en la sociedad, es la diversidad. Habrá una diversidad de Casa Pueblo, variantes. Creo que ya las hay. Tienes un Vargas Vidot, la gente de sor Isolina Ferré... Hay muchas respuestas sociales del país, asumiendo responsabilidades del gobierno”.

Una de las responsabilidades que asumió Casa Pueblo es el gasoducto. En algún momento en la lucha contra ese proyecto, ¿ha habido presiones de alguna índole?

“En la universidad con los administradores, ellos saben quién es Arturo Massol y tengo que decirte que no ha habido ninguna gestión de presión impropia. Creo que hemos minimizado las amenazas, porque hemos proyectado muy claro y desde el principio que nadie nos puede amedrentar. Ha habido siempre amenazas. Hay asuntos que han requerido cuidarse más. Yo pienso que hay mucha más gente rezando. La solidaridad que uno recibe en las calles es increíble. La presión principal ha sido el gobierno insistiendo en un proyecto que desde el punto de vista conceptual y lógico no hace ningún sentido”.

 

Todo apunta al fin del gasoducto. ¿Cuál será el próximo paso?

“Continuaremos nuestra marcha, pero igual requerirá de una reflexión profunda con otros sectores para interpretar mejor lo que aquí ha ocurrido. No será un nuevo punto de partida, pero sí un punto para marcar nuestro rumbo. Se han sumado muchos seres humanos especiales, por lo que las posibilidades de contribuir se expanden”.

 

¿Qué particularidades o retos distintos a la lucha contra la minería mostró el gasoducto?

“El científico no puede andar solo el conocimiento, que puede ser el conocimiento tradicional. Tiene que ir abrazado de la cultura para aglutinar la comunidad. Eso lo aprendimos con la lucha contra la minería. Cuando enfrentamos el gasoducto, la ecuación de trabajo está ya. Montamos la Comisión Técnica y Científica para descifrar qué es lo que hay, porque no podemos oponernos por oponernos. Tienen muchas similitudes en el sentido de que son proyectos que amenazan los recursos naturales, que son de grandes ganancias pero no para el país, donde el gobierno los presenta como si fuera la solución final cuando no lo son. Donde media mucho la mentira para favorecer a unos grupos en particular”.

 

¿Qué expectativas tienen con el gasoducto, creen que lo abortarán?

“Es inevitable (el anuncio). El gobierno está en una encerrona. No hay ningún tipo de apoyo. Más allá del gobernador cobijar a cinco empresarios -no sé cuántos- que están detrás de esto. Esto es un grave error. Ahora La Fortaleza está acorralada. Tienen dos opciones: el suicidio o que dejen atrás la avaricia”.

 

¿Qué me dices de la nueva opción que asoma, que es suplir las centrales de gas con barcazas?

“La realidad es que hay una dependencia grande al petróleo y el gas natural pudiera representar una mejoría temporera. A las barcazas se les reconoce un valor a corto plazo porque el riesgo lo colocas fuera de tierra. (Ahora) esperamos que estas propuestas de alguna manera se compartan y se discutan. Si el gobernador no tiene la capacidad para distinguir técnicamente lo que es ese gasoducto versus las barcazas, no debe estar gobernando el país, porque hay claras diferencias fundamentales y evidentes. No es que la barcaza sea una solución final”.

 

¿Qué piensas del florecimiento que ha habido de promesas políticas en el campo ambiental?

“Lo que tiene que ver con la agenda del ambiente, Casa Pueblo es bien claro de que no lo delega en partidos ni en gobiernos. Ninguno de estos políticos tiene palabra ni credibilidad. El mismo gobernador de ahora era el que se oponía al gasoducto del sur y no creía en el gas, y meses más tarde hace todo lo opuesto... Las plataformas y promesas no nos distraen. Pensamos que las comunidades tienen que tomar sus destinos y la agenda de trabajo no la dicta el gobierno. La dictamos nosotros. Si encontramos áreas de consenso también trabajamos con el gobierno. Tampoco es andar cada cual por su lado. La agenda nuestra es la del pueblo, no la de los partidos y los que le aportan”.

 

¿Qué les debe enseñar esta lucha o el gasoducto a los puertorriqueños?

“Les debe enseñar que no podemos vivir de la queja y de la crítica a la gestión del gobierno, porque eso continúa llevándonos camino al colapso. Le tiene que demostrar al país que es hora de despertar, de organizarse, de hacer y, cuando usted va de frente, con esa sabiduría de que lo guía el amor, puede detener las malas agendas. Detener lo que es malo para el país. Este gasoducto lo iban a imponer a la trágala... y, mira, están contra la pared y han fracasado. Lo más difícil se puede detener y en ese proceso crecer como país. La gente ha sabido ponerse de pie... hay que ponerse de pie”.


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