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Cuando el timbre de salida suena en la escuela Inés María Mendoza en Caimito, 52 estudiantes del nivel intermedio enfilan hacia una guagua que conduce un policía.

No es que estén en problemas. Al contrario, emprenden un viaje de sólo minutos que los lleva al cercano Centro Sor Isolina Ferré, donde el agente Pablo Dumeng lidera un esfuerzo por mantenerlos interesados en sus estudios y fuera de las calles en las que la violencia arrebata la vida de familiares y conocidos.

“Aquí, al que más o al que menos, les han matado un familiar. Ellos tienen miedo”, asegura Dumeng.

Para evitarlo, el Centro Sor Isolina Ferré -con la ayuda de la escuela y la comunidad- identifica niños que podrían estar en riesgo de dejar la escuela para que participen del Programa Koban, financiado por la Fundación Eisenhower y que toma su nombre del que tienen los cuarteles de la policía comunitaria en Japón.

Dumeng, a quien los jóvenes llaman “Michael” o simplemente “policía”, visita diariamente la escuela a la hora del almuerzo para conversar con los muchachos, saber cómo están, hablar con sus maestros y confirmar que vuelven a sus salones al terminar el recreo.

La criminóloga Dora Nevares destacó que existe una relación directa entre no terminar la escuela y las conductas delictivas, y recordó un dato revelador: en 2004, “todos los jóvenes que estaban en instituciones penales (de Puerto Rico) por faltas como menores eran desertores escolares”.

Por esto, la dirección del Centro presentará ante la fundación con sede en Washington DC una propuesta para que amplíe su asignación de fondos para la actual edición de Koban -que inició en enero de 2010- por dos años más.

Esta es la tercera “generación Koban” en Caimito, y Dumeng ha estado aquí desde la primera edición, aquella que a mediados de la década de 1990 fue pionera en la isla y en la que participó Carlos Ávila, ahora voluntario del Centro .

“Había tentaciones en la comunidad y presiones que, en un momento dado, nos podían desencarrilar”, recordó Ávila, de 29 años, quien obtuvo un bachillerato en Ciencias Sociales y actualmente labora en el Registro de la Propiedad.

“En nuestra comunidad hay vidas paralelas, y como joven tú tienes la oportunidad de escoger... Esto es una opción de vida. Este tipo de experiencia puede librarlos de una muerte segura”, añadió Ávila, quien a través de los años ha visto cómo compañeros de escuela y juegos han muerto como parte de la ola de violencia que arropa al barrio.

Ávila se mueve por el Centro con familiaridad y el saludo fraternal que comparte con “Michael” confirma lo que antes había asegurado: “al policía que yo no conozco es un policía de seguridad, un policía que apoya en tus estudios, apoya en la escuela y en la comunidad”.

Además del respaldo de Dumeng -a quien los niños llaman a cualquier hora para contarle sus problemas o informarle de alguna situación en la familia o el vecindario-, el Programa Koban incluye servicios de tutorías, clases de bellas artes y talleres para reforzar la autoestima que ofrecen otros cinco trabajadores y voluntarios del Centro.

Diana Trujillo, quien cursa el octavo grado y ha estado ligada al Centro desde pequeña, sabe muy bien que, si no estuviera en el Programa Koban, las prioridades en su vida serían distintas.

“Ahora mismo, (en lugar de estar en el Centro), estaría en mi casa, con mi ‘mai’ mandándome a cocinar y a hacer de todo”, dijo.


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