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El climax de la campaña de desobediencia civil contra la presencia de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques se produjo el 4 de mayo del 2000, cuando 300 agentes federales desalojaron a las decenas de manifestantes que durante un año habían ocupado el campo de tiro, impidiendo las prácticas militares. Reproducimos íntegra aquí una crónica sobre el operativo, escrita por nuestro periodista Benjamín Torres Gotay, quien estuvo presente durante el desalojo. La crónica fue publicada originalmente el 21 de mayo del 2000 en la Revista Domingo de El Nuevo Día.

VIEQUES - La incredulidad sembrada en la conciencia por tantas falsas alarmas y descabelladas especulaciones fue fulminada de golpe apenas asomó el sol y empezó a insinuarse el crepúsculo. En la zona de tiro de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques, a medida en que las sombras se disipaban y la claridad iba tomando posesión de su espacio en el mundo, empezaron a divisarse las siluetas –cascos y escopetas agazapadas en la oscuridad- de los temidos agentes federales.

Era la mañana del 4 de mayo del 2000. Habían pasado 381 días desde que  Puerto Rico despertó al horror de las prácticas de guerra en Vieques y la potencia militar más poderosa del mundo ponía en marcha un formidable operativo para extirpar el tumor que amenazaba con convertirse en la más grave ficción entre los poderes civil y militar de ese país: la campaña de desobediencia civil con la que Vieques y Puerto Rico habían logrado detener por más de un año los juegos de guerra que se ejecutan aquí.

El operativo había sido precedido por la semana más intensa en la vida de Vieques. Los rumores eran constante, alimentados por el inexorable avance de dos potentes embarcaciones que nos cuantos días habían partido de Norkfold, Virginia,. Quedaba,  sin embargo, una ligera esperanza de que esta vez no fuera más que otra falsa alarma, un último aleteo tal vez de las autoridades militares para obligar al gobierno civil a que les abriera paso en la zona de tiro, como había pasado tantas veces.

No fue así. En la playa La Yayí, donde ubican los campamentos del Congreso Nacional Hostosiano (CNH), de la Diócesis de Caguas y de los sindicatos, los manifestantes esperaban el momento desde antes de que amaneciera. Los incrédulos habían logrado dormir, pero los más permanecieron en vela. La noche antes habían orado en la capilla ecuménica inaugurada menos de una semana antes y aunque empezaron entonando cánticos cristianos terminaron cantando canciones de parranda, fiesta y alegría.

Buscaban, al parecer, un antídoto contra la agobiante ansiedad que dominaba el ambiente. En lo oscuro, conversaban y hacían chistes, sin el recato que impone la claridad. Luis Gutiérrez, el congresista demócrata de San Sebastián, contaba que desde niño no había tenido oportunidad de ver tantas estrellas como las que vio aquella noche, en aquelespectacular cielo color de uva que servía de techo a la protesta. Moraima Rivera, la expresidenta de la Asociación de Agricultores, hacía café y caldo, como una madre preocupada de que todos sus hijos comieran.

Rubén Berríos Martínez, el líder independentista al que le faltaban apenas cuatro días para cumplir un año en desobediencia civil continua, daba muchas vueltas y se comunicaba constantemente con sus fuentes en Washington por teléfono celular. Conversó extensamente con un reportero de El Nuevo Día justo antes de irse a pasar la última noche en la casita de madera en la que dormía desde las navidades y confesó que estaba perplejo por el curso que iban tomando los acontecimientos.

Políticamente, dijo, le convenía que lo arrestaran. Pero a Vieques, reconoció, le iría mejor si la Marina decidía líar sus bártulos de una vez y por todas, reconociendo la derrota moral que le había sido infligida con 381 días sin permitirle acceso a sus tierras en Vieques. Estaba perplejo. Pero no por la posibilidad de que fuera encarcelado –ya lo había sido en 1971, por tres meses, a causa de una campaña similar en Culebra- sino porque por más que le daba vueltas y trataba de encontrar una razón lógica para lo que estaba a punto de acontencer no la encontraba.

Toda la semana había estado explicando a periodistas de Puerto Rico y del mundo entero la razones por las que entendía que a Estados Unidos no le convenía arrestar. Si no había prácticas en el futuro previsible y si a Bill Clinton le interesaba potenciar las posibilidades de que su esposa Hillary resultase electa en su aspiración al Senado por Nueva York, donde viven dos millones de boricuas solidarios con Vieques, no podía arrestar. No sabía, aquella noche, que el gobernador Pedro Rosselló se había guardado el secreto de que la reanudación de las prácticas ya tenía fecha decidida. Pero reconoció, al fin, que aunque no había razón en el mundo que él pudiera encontrarle, los desalojos eran una realidad que ya no podía negar.

Se acostó a las 12:00 en punto. Generalmente lo hacía a las 10:15, después de ver los noticieros de las 10:00.

La febril noche siguió su curso en todos los demás sitios. Y los federales, en la oscuridad, se preparaban para el gran momento.

A las 5:20 se les vio por primera vez. Pero no en la zona de tiro. Los alguaciles fueron por primera vez a las afuera del Campamento García, donde desde el 3 de diciembre operaba el “Campamento Justicia y Paz”, y les informaron que estaban ocupando terreno propiedad del gobierno federal y que tenían que moverse a la carretera estatal 997. Como si les hubiesen hablado en otro idioma, se sentaron en el suelo, se agarraron de manos y empezaron a cantar  a orar.

Así, cantando y orando, fueron removidos.

La noticia de esa intervención llegó de manera confusa a la zona de tiro. Se sabía que algo estaba ocurriendo, pero no muy bien qué.

Cuando el sol empezó a aclarar el panorama, los manifestantes divisaron las siluetas de varias balsas repletas de gente fuertemente armada, rodeando el cayo La Yayí, donde los pescadores viequenses habían establecido su enclave de resistencia pacífica, tres o cuatro minutos mar afuera. Se embelesaron mirándolas y sin que nadie se diera cuenta unos 10 vehículos militares ocuparon el accidentado patio entre la capilla ecuménica y la escuelita del CNH.

Se bajaron alguaciles vistiendo pantalones kaki, suéter blanco de manga larga, chalecos antibala, cascos antigases y antipedradas y rifles calibre .223 y se colocaron en dos filas entre la capilla ecuménica y la escuelita del CNH. Varios helicópteros negros sin rotular rondaban el área continuamente, agentes apostados en sus puertas, apuntando potentes armas larga a la multitud.

El momento había llegado.

Eran 300 agentes. Doscientos de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) y 100 de la Oficina de Alguaciles Federales, traídos de diversas regiones de Estados Unidos, algunos de ellos hipanoparlantes. Casi todos jóvenes. Algunos que no podían la mancha de plátano en sus  rostros. Venían con instrucciones precisas: guants de seda para los manifestantes y para los periodistas. Para los primeros, según se denunció después, al menos mientras los segundos estuvieran presentes.

Los miembros del CNH se sentaron en la escuelita y se agarraron de brazos y manos. Los manifestantes de la Diócesis de Caguas, entre lo que había 16 curas, 12 monjas y el abad Oscar Rivera, uno de los más importantes teólogos de América Latina, se reunieron en la capilla y se pusieron a cantar “La paz esté con vosotros” y el clásico “Isla Nena”, de Silverio Pérez. Los evangélicos también oraron.

Negociadores del FBI se dirigieron cortésmente a los manifestantes y les pidieron que abandonaran el lugar. Cuando reclamaron el derecho de permanencia en la tierra de sus antepasados, les colocaron esposas de plástico y, paradójicamente, los encerraron en una barraca que fue construida para dar albergue a la mucha gente que fue allí a protestar durante el pasado año.

En el campamento de Berríos Martínez, al otro lado de la isla, los agentes llegaron poco después. Casi a las 8:00. Berríos Martínez había escuahdo lo que estaba pasando y los esperaba conversando y bromeando con periodistas. Se le veía tranquilo, aunque un poco a la expectativa. La intervención estuvo a cargo de René Salinas, un agente del FBI de origen mexicano, asignado a la oficina de San Antonio, Texas, y que en la década del 80 estuvo por cuatro años asignado a Puerto Rico.

Le pidió que lo acompañara y Berríos Martínez se negó, a menos que lo pusiera bajo arresto. “Usted va a tener que hacerme su prisionero”, le dijo, en tono firme, mirando a los ojos cubiertos por gafas oscuras de Salinas. Después de consultado el asunto, Salinas lo complació y poco después salió el líder independentista cuya campaña en Vieques le ganó elogios de todos los sectores ideológicos y sociales del país, luciendo sereno y haciendo las declaraciones candentes de siempre: “Los días de la Marina en Vieques están contados”.

Dicen rumores procedentes de Washington que cada vez que en los círculos de poder de la potencia mundial se delineaba un plan en torno a Vieques, alguien en voz alta se preguntaba: “And what do we do with the man on the beach”, en alusión a Berríos Martínez. Esto fue, pues, lo que hicieron con “the man on the beach”. Otras diez personas, incluido el vicepresidente pipiolo Fernando Martín, también fueron detenidas.

En el campamento de los líderes religiosos Wilfredo Estrada y el obispo metodista Juan Vera, los agentes fueron recibidos con flores blancas y con oraciones. Dicen testigos que una agente del FBI, cuarentona y rubiona, oriunda de San Germán, no pudo contener el llanto en el momento de la intervención. Estrada, que tomó la batuta de la lucha contra la Marina en los últimos meses de la confrontación, y Vera fueron esposados y caminaron serenos y sonrientes entre el contingente de hombres armados.

Al pintoresco “Tito Kayak” los federales lo encontraron en el “Monte David”, amarrado con una cadena a un tanque que lleva allí incontables años y que ha recibido balazos de uranio por más tiempo del que se quisiera. “Mi trabajo es estar aquí y el suyo es romper esta cadena”, le dijo “Tito Kayak” al agente, cortésmente. El agente, pues, cumplió su trabajo.

Ismael Guadalupe, el más importante líder de la oposición a la Marina en Vieques, pero que no sale mucho en la prensa porque nunca está en su casa para responder llamadas de los periodistas porque se la pasaba en la zona de tiro rompiéndose el lomo por su pueblo,  fue subido a un camión con los brazos en alto, el rostro congestionado por un tropel de emociones, gritando a voz en cuello el canto que más se ha oído en Puerto Rico en los pasados doce meses: “!Vieques sí, Marina no!”.

Los católicos, mientras tanto, seguían en la capilla cantando “La paz esté con vosotros” e “Isla Nena”, continuamente, sin parar, siempre sonriendo, siempre felices. Fueron los últimos en salir. Cuando les tocó caminar hacia el camión militar en el que iban a ser expulsados de la zona de tiro, las manos atadas por esposas de plástico y serenas miradas dominándole los rostros, la procesión de blancas sotanas y hábitos tenía cierta solemnidad. Parecía, dijo un periodista, un viernes santo.

No hubo violencia. Nadie se resistió. Nadie lloró. Solo algunos periodistas que no pudieron contener la emoción.

Los campamentos en los que durante el pasado año hubo tanta vida, en los que nacieron gallos, perros, romances y conciencias, en los que se oró incesantemente y hasta una boda hubo, quedaron, después de la intervención, desolados. Pero en sus olores y fisonomía se notaba aún lo mucho que se vivió allí. Parecía, en fin, un cuerpo del que recién se apoderó la muerte, pero que no ha perdido aún los rasgos del vivo.

Hubo allí, durante los 12 meses que duró la campaña de desobediencia civil, una experiencia que Puerto Rico, ni tal vez el mundo, ha vivido nunca antes. Grupos radicalmente dispares –pentecostales fundamentalistas, católicos liberales, socialistas ateos, estudiantes idealistas, humildes pescadores, amas de casa, sindicalistas y gente sin rumbo que encontró allí un sentido a su existencia- compartieron techo, vida y comida por 12 meses, sin reservas ni desdenes. Y en el momento de la separación, reaccionaron de forma idéntica al desenlace del proyecto histórico que logró juntarlos: “¡Volveremos!”. 


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