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Para Michelle Hernández de Fraley, la decisión de regresar a Puerto Rico fue un tanto simple. Tras terminar su carrera como soldado en las Fuerzas Armadas de EE.UU. entendió que tenía la experiencia y el talento suficiente para colaborar con su granito de arena a resolver los problemas del País.

Su postura erguida y su hablar pausado denotan a simple vista la disciplina militar que siguió gran parte de su vida. Su pensamiento parece rondar entre lo crítico, lo realista y lo positivo. Reconoce los problemas y las dificultades de las labores que recién comienza en la Policía de Puerto Rico como ayudante especial del superintendente James Tuller.

Su encomienda consiste en reformular la organización y encaminar los procesos de reforma en la Uniformada, que parecen encallar en los problemas económicos del gobierno y en la inestabilidad en el liderato policiaco.

“La Policía de Puerto Rico no es la única que está así (con problemas estructurales y operacionales). Pero sí, las cosas necesitan mejorarse, pero hay que ver que esto pasa en otros lados, no es sólo aquí. Se puede arreglar (los problemas)”, dijo Hernández de Fraley ayer en una entrevista con El Nuevo Día.

Hernández de Fraley, tiene 52 años. Los últimos 30 los pasó dentro de las Fuerzas Armadas de EE.UU., de donde se retiró con el rango de coronel.

En la milicia llegó a estar a cargo de seis comandos, recorrió el mundo en misiones y por dos años formó parte del equipo que estuvo encargado de la informática y las telecomunicaciones en la Casa Blanca. Además, fue la primera militar puertorriqueña graduada de la academia para oficiales del Ejército en West Point, Nueva York.

Su formación académica, sin embargo, comenzó en Puerto Rico. Hernández de Fraley cursó sus grados primarios e intermedios en la Academia Nuestra Señora de la Providencia en Cupey. Su educación de nivel superior fue en la Robinson School en Santurce.

¿Cómo fueron sus primeros años en el ejército?

Hay muchas cosas en la vida que uno no planea. Entré a West Point sabiendo que tenía que cumplir cinco años mandatorios en el servicio. Después que cumplí los cinco años estaba disfrutando mucho lo que estaba haciendo. Estaba aprendiendo mucho y estaba aportando mi pedacito al ejército. Decidí quedarme y 30 años después aquí estamos.

¿Hubo algún tipo de aptitud o algún ejemplo familiar que la llevó a ingresar?

Yo vengo de una familia que nada tiene que ver con lo militar.

Pero eso no es una decisión que viene de la nada. Es un régimen de disciplina que no todos quieren en sus vidas.

Yo antes de entrar era atleta. Yo fui parte del primer equipo de nado sincronizado de Puerto Rico y participé en los (Juegos) Panamericanos del 1979 y pues para ser buen atleta necesitas una buena disciplina.

¿Fue la única competencia internacional en la que estuvo?

Estuve en algunas competencias como los Juegos Centroamericanos, pero al entrar al ejército tuve que cambiar al atletismo porque allí lo que se hace mucho es correr. Me tuve que convertir de nadadora a corredora y en vez de hacer nado sincronizado, pues en la academia de West Point estuve en el equipo de natación.

¿Cuándo se retiró?

El 27 de enero fue cuando terminé y decidí regresar a Puerto Rico.

¿Hubo alguna razón específica para regresar?

Llega un momento en la vida que uno tiene cierta madurez. Tras estar en el ejército por 30 años tenía ganas de regresar al País y seguir sirviendo en el ámbito público. Este trabajo en la Policía ha sido una gran oportunidad para entrar en un aspecto diferente del servicio público porque va más al ciudadano.

¿No la han desalentado para que no regrese a Puerto Rico?

Tengo una familia que ha apoyado mucho la decisión mía y de mi esposo de regresar. Hay muchos puertorriqueños fuera del País que podrían pensar que es una locura regresar, pero imagínese, si todo el mundo pensara así, en dónde estaríamos. El país necesita unos talentos y si uno los tiene, pues tiene un deber con el país.

¿Cómo surgió la oportunidad de ingresar a la Policía?

Al tomar la decisión de que quería regresar a Puerto Rico escribí mi resumé. En la segunda semana de enero decidí enviar el resumé a la oficina del Superintendente para que pudieran evaluarlo. El resumé fue dado al superintendente y me llamaron para entrevista. Llegué el 27 de enero a San Juan y el 28 de enero estaba en la oficina de Tuller.

¿Cómo ha sido la interacción entre usted, el superintendente y el liderato de la Policía?

Ha sido una experiencia magnífica, porque aunque la misión del ejército y la Policía son muy diferentes, ambas son organizaciones jerárquicas y en ambas se requiere mucha disciplina. Lo otro es que aunque estoy en una función civil y no estoy como coronela en la Policía, entiendo muy bien los rangos porque he estado viviendo con rangos por 30 años. Además, en el ejército recibimos muchos entrenamientos sobre derechos civiles y en ese sentido creo que estoy preparada para manejar los temas y los tópicos.

¿Antes de regresar a Puerto Rico conocía los problemas de criminalidad y de los problemas internos en la Policía?

Sabía un poco. Leía el periódico de aquí, pero no era algo que estudiara. Una de las cosas que pienso que puedo aportar es que el ejército nos entrena muy bien a bregar con caos. Además creo que hay que mirar el asunto con perspectiva. Alguien puede decir que las cosas aquí están fuera de control. Yo que viajé mucho con el ejército puedo decir que estos problemas se ven en muchas partes del mundo. Estos problemas no son únicos de Puerto Rico. Por ejemplo, yo vivía en Maryland y tres semanas antes de salir a Puerto Rico ocurrió una matanza en un centro comercial como a 20 millas de mi casa.

¿Qué exactamente va a aportar?

Creo que hay cosas en las que puedo aportar. Tengo un doctorado en liderazgo de organización. Lo otro es la experiencia. En los 30 años en el servicio tuve a cargo seis comandos. Tuve la formación académica y puse en práctica lo que he aprendido.

¿Cuáles son sus primeras tareas?

Están asociadas con la reforma de la Policía. Tengo una tarea específica para el área de profesionalización y tengo la tarea de examinar los asuntos de la tecnología. Ya estoy a las millas de chaflán estudiando todo. Hay que tener sentido de urgencia en esto. Cuando la gente oye que se está analizando algo puede pensar que vamos a estar por 10 años estudiándolo. No, esto es un análisis que no empieza en cero. Lo que estamos haciendo es tomar lo que se ha hecho y seguir adelante.

Lo que pasa es que el acuerdo establece ciertos roles al monitor que se tienen que llenar para que el proceso fluya.

Sí, pero hay mucho que hacer. El acuerdo dice que es nuestra responsabilidad desarrollar las evaluaciones y los planes de desempeño. Sí, se necesita la aprobación de él, pero ese desarrollo tiene que seguir para que en el momento que llegue la persona que lo sustituya estemos listos. Hay muchas cosas que son deberes de la organización. Es decir, son cosas que normalmente debe hacer una organización.

¿Cómo conjugar todo lo que se necesita en la reforma con la realidad económica? El presupuesto de la Policía no ha aumentado mucho en los últimos 10 años.

Hay dos palabras claves para eso: eficiencia y eficacia. Según vamos revisando los procesos, una de las cosas que tenemos que revisar es, por ejemplo, si una tarea se hace en cinco días por seis personas, cómo cambiando los procesos podemos reducir el tiempo y la cantidad de personas que se necesitan. Ahí es que tenemos que mirar bien la tecnología. Eso genera reinversiones porque son ahorros que se pueden usar en otra área de necesidad.

Hay sectores dentro de la Policía que siguen una cultura muy machista y gran parte del liderato tiende a ser territorial y no se siguen órdenes. ¿Cómo puede sobrellevar esto?

Yo vengo de una cultura machista. Para mí esto no es nada nuevo, en ocasiones habían 138 coroneles en una reunión y yo era la única mujer. El jefe es el que dispone la disciplina. Estamos bregando con un liderato de carrera. No son niños. Son personas que están ahí porque quieren estar ahí. Para mí esa parte no es un problema. La disciplina es importante. También que haya consecuencias por los actos. Si se da una tarea que se tiene que terminar en cinco días y cuando llega el tiempo límite no se ha completado deben haber consecuencias. De lo contrario, nadie toma las instrucciones en serio.