Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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Callejón con salida

El treinta y uno de agosto del año mil novecientos noventa y ocho el señor Nelson Rivera Cruz asesinó a su pareja Ada Santiago Aponte. La asesinó a machetazos. Ada tenía treinta y tres años. Según la información de la Prensa, el señor Nelson Rivera Cruz se personó al cuartel policial de Fajardo con la camisa empapada en sangre. Allí confesó el horroroso crimen.

¿Ay bendito o mangó bajito? Vaya usted a saber. Pero, al mismísimo señor Nelson Rivera Cruz debió extrañarle la inesperada benevolencia de la fiscalía, luego de la confesión hecha en el cuartel policial de Fajardo: el cargo por asesinato en segundo grado, más las consabidas bonificaciones, más las sesiones de rehabilitación sicológica y moral, le permitieron cumplir sólo catorce años de encarcelamiento. ¿Catorce años por machetear a la esposa y asesinarla?

Que conste: las sesiones de rehabilitación sicológica y moral no rehabilitaron al sujeto en lo más mínimo. Lo supimos la semana pasada. Que fue cuando el señor Nelson Rivera Cruz reincidió en el uxoricidio, como se bautiza la matanza de una mujer a manos de su marido o compañero.

Dado que el sistema de justicia le “enseñó” que matar a mujeres en Puerto Rico es un guame, el diez de septiembre del año en curso, exactamente la semana pasada, el señor Nelson Rivera Cruz asesinó a su nueva pareja, Nadgie Cintrón Vázquez. Igual que a su víctima previa, la asesinó a machetazos. Nadgie tenía cuarenta y tres años.

Una extrañeza parecida a la que vivió el señor Nelson Rivera Cruz, debió vivirla el señor Rosendo Ortiz Feliciano, quien el seis de febrero del mil novecientos noventa y cinco asesinó a su pareja, Betty Marvel Santiago. La asesinó a tubazos. Betty tenía veintiséis años.

Como el sistema judicial también le “enseñó” que en Puerto Rico matar a mujeres es un mamey, el doce de mayo del dos mil catorce, el señor Rosendo Ortiz Feliciano asesinó a su nueva pareja, Anabel Marrero Pérez. La asesinó con arma blanca, ésa que hiere con el filo o la punta: cuchilla, machete, navaja, puñal.

A diferencia del señor Nelson Rivera Cruz, quien optó por el machete como arma homicida en ambas ocasiones, el señor Ortiz Feliciano hizo gala de versatilidad criminal: a tubazos la primera ocasión, a cuchillazos la segunda ocasión.

Un guame. Un mamey. Un bilí. Un quitao. Las cuatro voces anteriores, de uso regular por los puertorriqueños, transportan una misma idea. La idea de la facilidad feliz. La idea del trabajo que no cuesta trabajo realizar.

Sí, la asombrosa facilidad y la asombrosa prontitud con la cual los señores antes mencionados entraron y salieron del presidio invitan a sospechar que en Puerto Rico matar a mujeres puede llegar a transformarse en pasatiempo siniestro.

Peor aun, el hecho confirma la histórica dejadez gubernativa a la solución de un problema gravísimo: el desmerecimiento de la mujer en laesfera pública y en la esfera íntima.

Como a la mujer se la desmerece de continuo, en cuanto un hombre asesina a su compañera no falta quien acota, con malsana intención: “A lo mejor se lo buscó”. ¡Hasta después de enterrada se pretende mancillar la honestidad de la víctima! ¡Hasta después de sepultada se la vuelve a asesinar!

Alerta roja: en cuanto el interlocutor principie una enunciación con el bochinchero: “Yo no lo digo, lo dicen por ahí”, sepa que se avecina la tanda de desmerecimiento. “Por ahí dicen que se maquillaba demasiado”. “Por ahí dicen que llegaba al hogar más tarde que el marido”. “Por ahí dicen que usaba las faldas demasiado pegás”.

Queda clarísimo que la atrocidad y la salvajada no terminan con las decapitaciones llevadas a cabo por aquéllos a quienes Alá aloca. Tampoco con las humillaciones a la mujer que son uso y costumbre en las machocracias de turbante y caftán: prohibido olvidar a Malala. Menos aún con los secuestros y desapariciones que orquestaron los gorilas suramericanos hace unos cuarenta años.

La violencia en el seno del hogar también engorda la nómina de la atrocidad y la salvajada. Una violencia epidémica, que contagia el edificio total de la sociedad, desde los moradores disfuncionales del sótano hasta los moradores disfuncionales del “penthouse”. Una violencia que se la suele describir, pesimistamente, como de callejón sin salida.

Pero, si el callejón no tiene salida, hay que buscársela a como dé lugar y sin postergar la voluntad de encontrarla. A dicha búsqueda y encuentro sólo conducen los senderos liberadores de la educación. Que consiste en preparar la inteligencia y el carácter para la difícil y problemática vida en sociedad. O educamos o perecemos.

P.D. Educa, que algo queda.

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