Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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El anexionismo humillado

Será porque la historia me resulta contundente pero no dejo de pensar en qué solos se han quedado los anexionistas. Justo en el momento en que contaban con celebrar un referendo que confirmara de manera inequívoca que el estadismo reinaba supremo, llegó una misiva de encargo, firmada por un funcionario federal de segunda para sabotearles una victoria anhelada.

La deshonra no podía ser mayor: la colonia debería figurar entre las opciones —para desgracia de la comisionada residente Jennifer González que reclamaba conexiones directas con la guardia pretoriana republicana. Además, la carta afirmaba que la ciudadanía estadounidense era posible también bajo la insignia del Estado Libre Asociado (ELA), echando por tierra la idea de que sólo la estadidad la garantizaría.

Y para culminar, el gallo de rubia cresta que vive en la Casa Blanca disparaba desde Twitter dos diatribas contra Puerto Rico mientras se cocinaba un remedio parcial al abismo del financiamiento de servicios de salud. Humillado, el anexionismo resolvió emprender una campaña publicitaria para movilizar a sus huestes en pos de una victoria convincente en el plebiscito del 11 de junio, consulta que se mantendría a pesar de aquel oprobio. Para hacerlo, resolvió que su campaña la protagonizaran jóvenes encapuchados que personificaran el temor a la izquierda y a la independencia, como si viviéramos en plena Guerra Fría. Una decisión rebosante de odio e ignorancia. Acudirán solos a la consulta como cuestión de principio en la que arriesgan toda su credibilidad. Pero su desgracia no termina ahí.

En medio de una demostración masiva de rechazo al Gobierno y a la Junta de Control Fiscal el 1 de mayo, y mientras se mantiene a oscuras el presupuesto del próximo año, la Legislatura y el Ejecutivo se embarcaron en una revisión del Código Penal que pretende castigar la protesta con penas fijas de cárcel. La medida dibuja claramente el contorno del pánico que arropa a sus autores que quieren acallar los reclamos porque la intolerancia funciona mejor para doblegar judicialmente al adversario. En otras palabras, la adhesión a la democracia y a sus prácticas consustanciales —las que de verdad la exaltan— valen poco para estos personeros que la degradan intencionalmente, mientras sueñan con una población que ayune, rece y obedezca.

Lo que no consiguen convenciendo lo quieren alcanzar reprimiendo y es justo en esta transacción ingenua que revelan su verdadera ignorancia: si algo se puede admirar de la tradición estadounidense es su respeto a la protesta abierta, clara y confrontacional. Desde Selma hasta Ferguson, desde Berkeley hasta Baltimore discurre un hilo fuerte con el que se tejen los capítulos de una historia llena de coraje que, con altas y bajas, adelanta la discusión sobre los modos democráticos. No se trata de un vehículo perfecto pero sí de un proceso honesto que registra una pluralidad de puntos de vista. Esto, claro está, no se puede esperar de un anexionismo que simplifica, reduce y acalla porque se desprecia a sí mismo.

La verdadera tragedia del anexionismo es la falta de valor para confrontar a quienes los mantienen de rodillas, usándolos para aprovechar sus contribuciones monetarias mientras prolongan su humillante sumisión. Acaso un poco de soberbia y arrojo los conducirían a denunciar el talante desfachatado con que el Departamento de Justicia y el Congreso evitaron comprometerse con una consulta descolonizadora. Pero para eso tendrían que ser más osados y menos obedientes. A fin de cuentas, una verdadera desgracia.

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