Eduardo Lalo

Isla en su Tinta

Por Eduardo Lalo
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El “desto”

Somos el país de la imprecisión, el eufemismo y el diminutivo arbitrarios. En pocas ocasiones nos expresamos claramente y decimos sin cortapisas lo que pensamos.

Preferimos hacerlo en ausencia de los interesados, al manifestarnos solos o ante terceros que asisten entretenidos a nuestra pataleta, a nuestro “brote”, proporcionándonos una aquiescencia tímida y sin consecuencias. Incluso la severidad y la violencia verbal se enmarcan en esta cultura de la hipocresía que no solamente se manifiesta hacia afuera —hacia el que se desprecia pero que no será casi nunca testigo directo del desdén— sino que también practicamos paralelamente la doble faz hacia dentro, porque rara vez nos hacemos responsables de lo que decimos.

Ningún usuario bárbaro de Facebook, ninguno que participe con estos tonos en la sección de comentarios de la versión cibernética de un diario, ningún político bien establecido, admitirá el escándalo ético, humano, cultural o conceptual de lo que ha dicho. No habrá nunca corrección ni expresión de excusas. A lo sumo se dirá que el asunto fue sacado de contexto. La desfachatez, la ignorancia y el trogloditismo quedan continuamente impunes.

Intervenidos por cierto uso de las palabras, éstas circulan por nuestros cuerpos empequeñeciéndose y fragmentándose hasta generalizar la condición del tartamudo. No sólo somos poco proclives a decir lo que pensamos, sino que la torpeza y la dejadez en la expresión ponen en entredicho a la expresión misma. He escuchado a Melba Acosta, la manejadora de nuestra deuda, resumir en la radio un capítulo de ésta con un incapacitado “Bla, bla, bla”; he visto al candidato a la gobernación del PNP quedarse en blanco ante las cámaras y ser socorrido por una correligionaria que le arrebató el micrófono; también lo he escuchado decir “que hay que llevar el mensaje que lo que hay que comenzar a hacer es llevar el mensaje”.

Hace años, cuando sobre este tema podía mentirse sin responsabilidad intelectual ni cívica, escuché al ex gobernador Hernández Colón afirmar que el ELA era soberano, pero que su soberanía no era semejante a la de los estados soberanos. Todos parecen discípulos de Muñoz Marín, nuestro voraz violador de conceptos.

Anestesiados por el colonialismo, muchos puertorriqueños hablan como si acabaran de despertar. Profieren medias palabras, frases interrumpidas por baches. Tanto el que habla como el que escucha distraídamente no han despertado del todo.

No somos un pueblo que hable hasta por los codos, sino uno que lo hace en sueños: en un mundo de impulsos e impunidad. Habitamos el universo del “desto”: la palabra que pugna por encontrar la palabra precisa, pero que en el camino, casi inmediatamente, desiste de hacerlo. Nos es preferible volver a cerrar los ojos y apagar la mente.

El “desto”, ese singular vocablo de nuestra habla capaz de sustituir cualquier otro en un pacto de imprecisión con el interlocutor, expresa además otras manifestaciones de nuestro destino colectivo. El gran “desto”, confuso, “sui generis”, inexistente, inexplicable, ha sido y es el ELA. El “desto” es también la estadidad entendida como una conquista de derechos civiles e “igualdad”. ¿Qué “igualdad” es posible convirtiéndose en una minoría ínfima en una mayoría indiferente y apabullante?

El “desto” es también la Junta de Control Fiscal. PROMESA es una masacre conceptual comparable en su cinismo al ELA. La liquidación del patrimonio estatal, de empleos, del poder adquisitivo de los ciudadanos, es nombrado con un vocablo asociado a la esperanza y al compromiso con la otorgación de un don o de un servicio.

El “desto” no representa solamente la palabra que no viene a la mente, sino que expresa también lastimosamente los poderes y las instituciones que nunca hemos tenido. El “desto” es a la vez un simulacro de presencia y una ocultación de un vocablo. Para ello precisa de una complicidad entre el hablante y el oyente en la que se dará la solución de un acertijo sin que la mayor parte de las veces se llegue a nombrar el concepto buscado.

En su larga historia, el pueblo puertorriqueño no ha dicho muchas palabras. Acaso por esto es por lo que inventó una que patentiza y, a la vez, vuelve sutil este hecho. El “desto” expresa nuestra posición en la historia.

Existe una soberanía que se puede asumir personalmente en cualquier momento. Para ella no hace falta Asamblea Constitucional ni vistas en el Congreso ni triunfos electorales o plebiscitarios. Consiste en la liberación de las palabras, en abandonar las impreciones, los eufemismos, los diminutivos, las múltiples encarnaciones del “desto” puertorriqueño. Dejar atrás el largo tiempo de la impunidad verbal, conceptual, reflexiva, para poder expresarnos con la salud de la claridad.

Puerto Rico no es “Puerto Pequeño” ni tampoco “Puerto Desto”, como tampoco disfruta del ELA ni lo hará de una estadidad inalcanzable que nos convertiría inmediatamente en extranjeros en nuestra tierra. El país no está “malito” ni somos una “islita” ni tampoco Ricardo Rosselló es “Rossellito”.

Somos un gran catálogo de males dejados sin nombrar, el objeto de innumerables abusos cuyos responsables permanecen innombrados. Una gran serie de acciones ineludibles nos attguarda y nuestos actos esperan a ser dichos con todas sus letras.

Tenemos una deuda interna con las palabras. De nada nos ha servido decir “desto”.

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