Eduardo Lalo

Isla en su Tinta

Por Eduardo Lalo
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El Estado fallido

En días recientes leí que más de 930,000 puertorriqueños tienen como único ingreso las ayudas del PAN y que este programa atiende a más de 1.3 millones de ciudadanos, lo que constituye más de una tercera parte del total de la población. Según otras estadísticas, el 7.3% de los adultos padece de enfermedades mentales serias y más del 50% de las familias viven en condiciones de pobreza. A 119 años de la invasión estadounidense y 65 de la creación del ELA, estos números nos ofrecen una noción bastante certera de la situación del país. Las estadísticas se calcularon antes de los huracanes Irma y María y han mantenido sus tendencias por muchos años. Sin embargo, al menos por medio siglo, esta situación pareció increíble y un gran número de puertorriqueños estuvo seguro de que la situación lóbrega que transmiten éstas y otras cifras era una ensoñación de sociólogos.

Irma y María han hecho muchas cosas: nos dejaron sin electricidad, sin agua y sin comunicaciones; mostraron la fragilidad de la infraestructura y la inexistencia de la previsión, pero además hicieron algo más pavoroso: destruyeron la vegetación que servía de barrera y ahora la realidad abyecta del territorio no incorporado de Puerto Rico se haya a simple vista. A más de tres semanas de María, todavía nosotros somos los que menos hemos percibido la cara descarnada de nuestra realidad. Debido a nuestra incomunicación, apenas hemos visto los miles de fotografías y vídeos que han inundado los medios de prensa y asombrado al mundo, como tampoco, a pesar de las sesiones de información diarias, hemos tenido a un gobierno dispuesto a decirnos la verdad. Quizá un día podamos ver la documentación de lo que ha ocurrido, pero mientras tanto en nuestros cuerpos y en los de nuestros conocidos cargamos un testimonio que, con cada día que pasa, se hace más atroz.

En las últimas cinco semanas, como cualquier ciudadano, he tenido que hacer enormes filas en los supermercados y las gasolineras, que luchar para conocer la suerte de hijos, amigos y de una madre anciana, que eludir obstáculos para llegar a casa de familiares y descubrir que en la noche previa sufrieron una evacuación con el agua cubriéndolos hasta el pecho. Día a día me he enterado de la pérdida de ventanas, muebles, enseres y carros. Durante jornadas, que se convirtieron en semanas y luego en quincenas, asistí al colapso de un gobierno que no cesaba de afirmar que nos encontrábamos en la Fase I de un plan que parecía constreñirse a la transportación caótica de diésel. Supe de la llegada de Trump y Pence, de sus medias jornadas laborales dedicadas a transmitir a los “ciudadanos estadounidenses residentes en Puerto Rico” la humillación y la indiferencia. Casi 40 días después parecería que nada ocurre y la Fase I a la que alude constantemente el gobierno se ha convertido en una “unión permanente” con la desgracia.

Pero algo más he hecho en estos días. En carro a veces, pero casi siempre en bicicleta, he recorrido el área metropolitana. De Guaynabo al Viejo San Juan, de Puerta de Tierra atravesando Santurce hasta que la arena acumulada en la carretera me impidió llegar a Isla Verde, he visto al Puerto Rico de las estadísticas que ocultaban los árboles. Las casas sin techo y sin ventanas, el sistema eléctrico destrozado, el olor constante a muerte e inmundicia. He visto ancianas empujando coches de bebé, en los que llevan lo que poseen, buscando qué comer en los botes de basura. He visto decenas y decenas de adictos sufriendo la carencia de algo que hoy en más difícil encontrar que agua o comida. El huracán los ha dejado sin escondrijos ni pudor y yacen sobre las aceras consustanciados con las montañas de escombros. Me he sentado en plazas y parques que parecían haber sido bombardeados y en los que convivían palomas, gallinas y gatos en una alfombra de basura. He visto junto al lago de Levittown una acera de más de una milla con los colchones, los juegos de sala, las neveras, las lavadoras destruidas por la inundación de una urbanización entera. He ido hasta el Centro de Operaciones de Emergencia del gobierno y no he encontrado más que un estacionamiento repleto, custodiado por guardias nacionales, al que nadie entró ni del que nadie salió en media hora. He escuchado y sentido el ruido y los gases de innumerables plantas que electrifican los satélites del privilegio. Y sé que no he visto casi nada, porque no he llegado ni a Vieques ni a Orocovis, ni a Toa Alta ni a Lares, porque he tenido agua, comida, salud y un techo.

El 28 de septiembre la administración del aeropuerto informó que habían partido de Puerto Rico 7,500 personas. El 4 de octubre fueron 16,000. Hoy serán muchos más. El largo siglo americano de nuestra historia y los 100 años de ciudadanía estadounidense han desembocado en un Estado fallido. El propio gobernador afirmó hace pocos días que no había Plan B: sólo se puede esperar que FEMA y Estados Unidos hagan algo. Desprovisto de poder, lastrado hasta la incapacidad por la corrupción y los malos manejos de la política, el Estado de Puerto Rico no es diferente de los más de 930,000 ciudadanos que no tienen otro ingreso que las ayudas del PAN. Es lo mismo que Somalia o Siria, sólo que allí Estados Unidos es sustituido por la ONU u otras potencias. Es lo mismo pero sin guerra; aquí bastó la depredación centenaria del país que nos ha dominado y de las mafias políticas y empresariales locales. Pero el resultado es idéntico: una población paupérrima a la que se arrojan suministros insuficientes desde helicópteros; una población acanallada que está dispuesta a robar el diésel de un centro de diálisis; un puente aéreo por el que huyen miles de refugiados en lo que ya se ha convertido en el Mariel puertorriqueño. La vegetación que cayó muestra ahora sin paliativos ni mediatintas lo que somos. En la segunda década del siglo XXI se ha actualizado el “Lamento borincano” de Rafael Hernández.

Muchos cerrarán los ojos para no ver, esperando que vuelvan a crecer los árboles, que vuelvan a ocultar lo que nos han posibilitado ser. Pero un Estado fallido no ofrece tregua. Crea tres tipos de ciudadanos: pobres, emigrantes y déspotas. El huracán no fue una tormenta que nos embistió y se fue, sino una imagen que perdura en el espejo. Del Estado fallido no se sale si no se emprende un plan que use otras letras del alfabeto. Si no se trasciende la A y la B no habrá reconstrucción ni esperanza.

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