Eduardo Lalo

Isla en su Tinta

Por Eduardo Lalo
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El partido demente

El pasado sábado se celebró en un hotel la Asamblea General del Partido Nuevo Progresista (PNP). La ocasión servía además para conmemorar el 50 aniversario de la organización política. En esas cinco décadas, el PNP ha gobernado durante tres. Cualquier consideración del Puerto Rico de nuestros tiempos, por tanto, debe tomar en cuenta el protagonismo indiscutible de esta colectividad a lo largo de este periodo.

Los años aciagos que apenas comienzan, los de la bancarrota del país y la imposición de la Junta de Control Fiscal, no cayeron del cielo. Fueron el resultado de las acciones de dos partidos gobernantes y el PNP fue el que dispuso de más cuatrienios en La Fortaleza, la legislatura y las alcaldías. Aun si el actual gobierno intenta desentenderse del pasado, su acceso al poder en las últimas elecciones no es más que otro capítulo en una continuidad de prácticas institucionales que han arribado ya al medio siglo.

La Asamblea del PNP, según reportara la prensa, duró poco más de una hora. Una sociedad en crisis no provocó discusión ni debates y se concentró casi exclusivamente en proveerle al gobernador un escenario para que monologara. El gobernador anunció proyectos educativos, económicos y sociales. Sus descripciones fueron vagas y, por esto mismo, ominosas. Ninguna de sus propuestas, sin embargo, llamó tanto la atención como el que asegurara que la estadidad ya sería realidad de aquí a cinco años. Es decir, en 2022, a la mitad de su próximo e hipotético cuatrienio.

En estas declaraciones (o, si se quiere, en estos pasos de comedia) se cifran tanto las peores mañas de la política partidista del país como la fórmula, una y mil veces repetida, que han practicado los gobiernos del PNP durante 30 años.

Este partido ha tenido éxito por sus conscientes e intencionales desconexiones con la realidad. Ha sido y es una pantalla o un papel que aguanta lo que se le ponga. No importa el contenido, porque éste es un simulacro manipulador para ganar elecciones. Medio siglo de historia y 30 años en el poder no han acercado la estadidad a la realidad y, para el PNP, esto no es un problema sino todo lo contrario: un objetivo logrado.

El “ideal” de la estadidad nada tiene que ver con la estadidad real. Un país invadido por Estados Unidos, cuya población está a la merced del poder absoluto de un Congreso que se ocupa de él en el mismo foro deliberativo que reserva a las poblaciones indígenas o esquimales, debería alertar sobre cómo somos considerados por Washington y sus instituciones. Ante esta visión que ha permanecido inalterada por más de un siglo, las cuotas más altas de pitiyankismo no le han hecho mella, como tampoco los muchos millones invertidos en comprar voluntades legislativas o los votos que se disponen en las primarias de los partidos Demócrata y Republicano. Puerto Rico no ha salido del 1898 como lo muestran dolorosamente las decisiones de la Junta. Pero el simulacro del “ideal” sirve para ganar elecciones y el PNP lo ha probado con éxito.

En los últimos meses los presidentes del Senado y la Cámara, ciertos legisladores y alcaldes, han atacado e insultado a varios miembros de la Junta. La violencia y la vulgaridad de estas declaraciones, cuyos contenidos parecían estar en abierta contradicción con el deseo de ser parte de Estados Unidos, demuestran hasta qué punto, contrario a las apariencias, el PNP no es un partido ideológico. El “ideal” de la estadidad no vale lo mismo que la ambición de poder y de “banquete total”.

A diferencia de los políticos del Partido Popular, que han quedado atrapados en las camisas de fuerza de los juegos verbales, retóricos y legalistas inaugurados por Luis Muñoz Marín, los del PNP no están constreñidos. La pantalla o el papel aguanta cualquier simulacro y lo que resulta importante es saber producir con él una buena cosecha. Por esto es por lo que políticos gays adulan al más recalcitrante cristianismo evangélico o alcaldes monolingües “traducen” el nombre de sus municipios o militantes estadoístas pueden animosamente dirigir una federación deportiva olímpica. Las contradicciones y despropósitos no cuentan, porque se sabe que al ignorarlas el campo de acción, influencia y confusión se ensancha y potencia. El PNP sabe que su fórmula más exitosa es la incoherencia como principio. La desconexión con la realidad como realidad alternativa, la demencia como política.

A 50 años de la fundación del PNP es momento de considerar los logros de esta política. El país está en bancarrota y le ha sido impuesta una Junta del más burdo y descarnado colonialismo. Exgobernadores como Carlos Romero Barceló, Pedro Rosselló y Luis Fortuño, cuyos cuatrienios estuvieron plagados por acciones criminales y escandalosas, sobrevivieron a sus mandatos envueltos en un manto de impunidad. Los presidentes legislativos han ido construyendo su “Ciudad Prohibida”: el Distrito Capitolino. Este sector ampliamente vigilado, repleto de velados auto monumentos en el que una tribu heteróclita de hombres de bronce son defendidos por una armada de policías que en guardias sucesivas los custodiarán por la eternidad. Contrario a lo que tantas veces se repite incorrectamente, el PNP ha visto reducirse su base de apoyo. El actual gobernador sólo recibió el 42% de los sufragios en las últimas elecciones y la participación en el plebiscito fue catastróficamente baja. El rebautizado Plan Igualdad proveerá de buenos almuerzos y cenas a sus miembros y sin que estos hayan hecho nada todavía, el actual gobernador nos asegura que seremos un estado en cinco años. Apenas unos días antes, y en la misma Asamblea en la que hizo este anuncio, expresó que no acataría las decisiones de la Junta que representa la voluntad del país al que, según él, estará unido en cinco años.

Tener un partido demente como horizonte y cotidianidad es la tragedia de Puerto Rico. Lo vemos nosotros y lo ven desde Washington. Por eso el Congreso impuso la Junta, pero no para salvarnos, sino para mantener lejos y dejar inutilizados a los enloquecidos.

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