Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Entre hostosianos y odiadores

Han pasado 181 años del nacimiento de don Eugenio María de Hostos y aún sus pensamientos nos sirven de aliciente en el comienzo de una era de pronósticos catastróficos. Si, como decía el Maestro, “la virtud fortalece” es necesario aferrarnos a nuestras virtudes y valores ya que “en tiempos de epidemia, la salud de uno solo nos alienta”.

Desgraciadamente, en estos “tiempos de epidemia” hay más odiadores que hostosianos, y es necesario delimitar esos caminos, pues nos conducen a resultados totalmente opuestos.

Los odiadores son como células cancerosas que atacan los medios de comunicación y hacen metástasis en las redes sociales. Definir a los odiadores es más difícil que describirlos. Son como los “ultras” del fútbol, que los propios equipos los aíslan para evitar problemas.

Una mirada a los miles de comentarios que inundan los periódicos y las redes sociales nos da un claro perfil de estos individuos: amargados, envidiosos, aborrecedores, hostiles, despectivos, huraños, desdeñosos; siempre dispuestos a la agresión verbal y hasta física.

A los odiadores les da placer ofender y parten de la premisa de que el único razonamiento correcto es el suyo. Para ellos, cualquier motivo es bueno para odiar, y siempre lo harán, pues es la gasolina que les permite algún grado de notoriedad en su pobre existencia. Pobre de aportación. Eso además les caracteriza: no hacen nada por el país, solo criticar al que sí hace.

El problema es cuando estos odiadores llegan a tener algún grado de poder, cuando los partidos los utilizan para destruir a sus enemigos políticos, o cuando sus diatribas corrosivas las lanzan desde sus propios programas de radio, columnas o blogs, disfrazados de comentaristas o politólogos.

Equivocados están los que creen que los odiadores pertenecen a un solo sector político. Lo que sucede es que germinan proporcional al tamaño de la organización o seguidores del ideal al que han comprometido su fanatismo. Estos especímenes se han apoderado de tal forma de la discusión pública que han atomizado la izquierda y convertido la lucha del bipartidismo tradicional en una a muerte.

En este camino no habrá solución alguna a los problemas de este quebrado país donde necesitamos, ahora más que nunca, remar juntos, aunque sea hasta el más inmediato puerto. Vivimos tiempos en que presidirá a los Estados Unidos un ícono de los odiadores del norte.

Habitamos un país dramáticamente dividido, donde el odio prevalece sobre el propósito colectivo. Decía Hostos “me asusta una revolución que solo tiene odios” y yo añadiría que con odios no es posible ni la República, ni el Estado, ni una Asociación Libre, ni nada que se le parezca.

Conozco mucha gente valiosa que ha sido destruida por los ataques despiadados de los odiadores. Veo ya como los odiadores rojos enfilan sus cañones hacia los flancos débiles de la nueva administración de Ricardo Rosselló. Asimismo, los odiadores azules le restriegan su victoria en la cara a los que no pertenecen a su partido y claman por venganzas mientras que los odiadores de la izquierda siguen en su minuciosa tarea de determinar quién es o no es un patriota puro, inmaculado, concebido sin pecado original.

La crítica fuerte, profunda, en el campo de las ideas, a través de ensayos, discursos, programas de radio y televisión, sátiras, canciones, caricaturas, libros o cualquier otro medio, siempre son necesarias y edifican. El comentario destructivo no tiende puentes ni crea espacios de convergencia y consenso.

Leyendo a Hostos me convenzo de que la educación libera y eleva a los individuos a otros niveles de conciencia. Por eso prefiero educar en lugar de discusiones inútiles, educar en lugar de polemizar a ver quién tiene la razón, educar en lugar de lanzar y contestar improperios, educar en sustitución de perder el tiempo leyendo los comentarios de los odiadores.

La educación es el camino seguro para encontrar los valores que nos servirán de guía para realizar los sueños individuales y colectivos.

Y expresado esto, a trabajar se ha dicho pues, según Hostos, “no hay peor vicio que el de perder el tiempo de la acción en la palabra.” “Y vivamos la moral, que es lo que hace falta”, como decía el Maestro.

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