Elga Castro Ramos

Desde la Diáspora

Por Elga Castro Ramos
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Ese 11 de junio: relato de una boricua de Nueva York

Para Alejandro Molina, quien lo tiene claro

Nacida y criada en el Puerto Rico post Muñoz Marín donde ya los símbolos patrios estaban totalmente aceptados, absorbidos y neutralizados por el sistema, confieso que el Desfile Puertorriqueño al principio me parecía un exceso de simbolismo y afirmación puertorriqueña que no entendía.

Fui el primer verano que estuve en Nueva York; claro está, vestida de bandera de arriba abajo, pero no regresé, porque, primero, no lo entendía como necesario para afirmar quién soy y de dónde vengo, y segundo, y más importante aún, porque no le veía como un acto reivindicativo ni de protesta en torno a los issues de Puerto Rico.

Este año fue diferente; desde que salió Oscar López Rivera y supe que sería uno de los homenajeados, quise ir. Tan pronto comenzaron a ejercer presión las empresas auspiciadoras y a quitarse del evento y comenzaron a retirarse los políticos, sabía que tenía que ir, no solo a apoyar a Oscar y darle la bienvenida a Nueva York, sino como un acto de dignidad y solidaridad.

Hace 60 años, cuando se creó el Desfile Puertorriqueño en 1957, el uso de los símbolos puertorriqueños, como la bandera, tenía connotaciones políticas; en la Isla era asociado al independentismo, y en la diáspora, a la lucha por los derechos de la comunidad puertorriqueña, a vivienda, educación bilingüe, etc.

Poco a poco, se fue desvinculando la ecuación bandera e independencia, o bandera y lucha. El sistema, tanto el gobierno como la empresa privada, se fueron apropiando de estos símbolos, y en el proceso, los fueron vaciando de contenido político. Así, nace la “estadidad jíbara”, comienza el boom de las empresas a usar simbología puertorriqueña para vender productos, ya sean puertorriqueños o extranjeros pero aludiendo a la puertorriqueñidad para su consumo.

En fin, el gobierno y el capitalismo vieron que la nación y el sentimiento patrio también legitiman y venden, así la bandera pasó a ser para uso de todos. Acá en la diáspora, aunque la comunidad puertorriqueña aún sufre desigualdades, las luchas han cambiado. Y aunque el Desfile Puertorriqueño siempre tiene grupos que reclaman justicia social y en muchas ocasiones política, ésta no es la cara principal del evento, al menos la que los medios y los auspiciadores nos hacen creer.

Viendo la transmisión del Desfile por la televisión estadounidense lo más que se presenta es el llamado folclor puertorriqueño: gente vestida de jíbaro, otros de taínos, niñas vestidas de batuteras bailando salsa, entre otros. De más está decir que todas estas estampas son parte del imaginario de lo que es Puerto Rico, pero que dista mucho del día a día actual de la Isla, y también de los millones de la diáspora.

Este año el Desfile no solo era peculiar por la controversia sobre la participación del expreso político Oscar López Rivera, sino porque ese mismo día se celebraba en la Isla un simulacro de plebiscito en el que competía solo uno, el Partido Nuevo Progresista, en una farsa para que ganara la estadidad. Así, el 11 de junio de la esquizofrenia, en la Quinta Avenida de la ciudad de Nueva York más personas afirmaban su puertorriqueñidad desafiando un boicot, que las que votaban en la Isla a favor de anexarse a Estados Unidos.

Mientras esperaba junto a mi hija a que comenzara el Desfile, veíamos a un grupo de bailarines ensayar constantemente, como quien tiene que practicar mucho algo que no sale natural, y que era más una obra actuada que algo espontáneo, una escena recreando una estampa jíbara, el vendedor de pasteles, la que bendice y tiene los rosarios, las parejas con sus pasos coreografiados. Así comenzaba la transmisión, con esta estampa que nunca vemos en el Puerto Rico de hoy pero que es tan inofensiva a los ojos de los poderes económicos y políticos que desearían que el Desfile se quedara así, con música jíbara, banderitas, batuteras, nenas bailando salsa, los reguetoneros en las carrozas y todos felices mientras gritan a los cuatro vientos “!Puerto Rico!”.

Pero no, por suerte este año, no. Al poco tiempo empiezo a ver mucho movimiento y a personas vestidas con la camisa de la bandera de Puerto Rico negra, la que protesta contra PROMESA y la Junta de Control Fiscal, y ahí la carroza que traía a Oscar. Honestamente en el área que estaba lo que escuché fueron vítores y las mismas personas que estaban en los “bleachers” que minutos antes gritaban al contingente taíno “yo soy taíno pa’que tú lo sepas”, ahora gritaban “Oscar, Oscar”. Después pasaron otros grupos también de protesta, un grupo con la cara tapada y el puño en alto, todos con la camisa de bandera negra y luego el grupo de Jíbaros en Resistencia, artistas que vinieron de Puerto Rico y junto con otros de acá, representaron distintos reclamos vestidos de jíbaro con machete en mano y narices de payasos. Y también participaron otros grupos, algunos con carteles en repudio al boicot, y muchos contra La Junta, los recortes, entre otros reclamos.

Obviamente los símbolos cambian, bueno, realmente cambia el que le da valor y el que los recibe. Hace apenas unos meses muchas empresas estaban muy orgullosas de apoyar a “Team Rubio”, el equipo que nos representó en el Clásico de Béisbol. En ese momento, el sector privado enarbolaba la bandera de Puerto Rico con orgullo. Meses después y a la primera presión por la participación de Oscar en el Desfile, muchos abandonaron el barco. En las décadas de 1950 y 1960, tener la bandera de Puerto Rico en un evento era símbolo de resistencia y lucha, ahora en el fin de semana del Desfile está por doquier.

El sábado antes del Desfile estuve en el show final de una clase de bomba y plena que cogió mi hija junto a muchos otros niños y niñas de segunda y tercera generación en el Barrio de Nueva York. En el Julia de Burgos Cultural Center, la tarima estaba decorada con una gigantesca bandera negra de Puerto Rico. Allí, con ese trasfondo de resistencia, vi emocionada a muchos niños y niñas cuyos padres o abuelos nacieron en la Isla, bailando y cantando en español bombas y plenas.

El día del Desfile tuve muchas emociones, no todas buenas. Al principio me sentía un poco como en una reserva para los nativo americanos de este país, rodeada de blancos (técnicos de ABC, policías y dueños de las tiendas carísimas de la Quinta Avenida) que miraban como en un circo en el área determinada el show folclórico y benévolo que presentaban los puertorriqueños, con la tranquilidad que a las 3 pm eso termina, que todo vuelve a la normalidad y ellos, los boricuas, regresan a sus enclaves en el Bronx, Harlem, etc.

Pero me dio tanta alegría ver esa otra parte del Desfile, la reivindicativa, un poco como celebrando los 60 años del Desfile y volviendo a su raíces. En todo este torbellino de emociones, veo a Alejandro Molina, un ilustre ciudadano de Chicago de descendencia mexicana y que ha dedicado más de 30 años a nuestra patria. Ya lo había conocido en Puerto Rico, pero verlo allí, con su camisa de Puerto Rico, la de la bandera negra, la de la lucha, la que hace temblar las autoridades como lo hacía la de colores azul y roja hace 60 años, caminando de espaldas dirigiendo el contingente de Oscar, me eché a llorar cuando lo abracé. Y pensé que realmente la patria la representa quien la lucha y la defiende, y me tranquilizó pensar en ese momento que era él y los demás que protestaban en el Desfile quienes me representaban, y no el medio millón en la Isla que votaba por ser el estado 51.

(Alejandro Luis Molina es un residente de Chicago de familia mexicana quien ha dedicado más de 30 años a la lucha por la auto-determinación de Puerto Rico y sobre todo la campaña por la excarcelación de los presos políticos puertorriqueños en cárceles estadounidenses. Es parte del Comité Coordinador del “National Boricua Human Rights Network” y en los últimos años ha sido una de las voces principales en la campaña de liberación de Oscar López Rivera).

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